Las tensiones del compromiso cristiano por edificar un mundo mejor

La urgencia y desproporción de los desafíos que encierran los cambios legislativos y culturales profundos que vive nuestra sociedad en estos tiempos interpelan a los cristianos. Intentos de legalizar el aborto, la fecundación artificial, el alquiler de vientres, la selección y descarte de embriones, el vaciamiento del matrimonio y la violación de los derechos de los niños son temas que mueven a un compromiso decidido con la edificación de la sociedad.

El deber de comprometerse con la ciudad terrena: Por un lado, sabemos que no nos podemos desentender de la responsabilidad por generar una sociedad más justa y ello supone un compromiso integral. Lo decía proféticamente el Concilio Vaticano II en la Constitución Pastoral Gaudium et Spes: “El Concilio exhorta a los cristianos, ciudadanos de la ciudad temporal y de la ciudad eterna, a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico. Se equivocan los cristianos que, pretextando que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuanta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno. Pero no es menos grave el error de quienes, por el contrario, piensan que pueden entregarse totalmente del todo a la vida religiosa, pensando que ésta se reduce meramente a ciertos actos de culto y al cumplimiento de determinadas obligaciones morales. El divorcio entre la fe y la vida diaria de muchos debe ser considerado como uno de los más graves errores de nuestra época” (n. 43).

La herida del pecado: Sin embargo, este esfuerzo por edificar la ciudad terrena no tiene que hacer perder de vista que, lograr una sociedad perfecta es un objetivo que nunca se conseguirá plenamente, pues la realidad humana está herida por el pecado. También el Concilio reconoce este punto cuando dice: “La Sagrada Escritura, con la que está de acuerdo la experiencia de los siglos, enseña a la familia humana que el progreso altamente beneficioso para el hombre también encierra, sin embargo, gran tentación, pues los individuos y las colectividades, subvertida la jerarquía de los valores y mezclado el bien con el mal, no miran más que a lo suyo, olvidando lo ajeno. Lo que hace que el mundo no sea ya ámbito de una auténtica fraternidad, mientras el poder acrecido de la humanidad está amenazando con destruir al propio género humano. A través de toda la historia humana existe una dura batalla contra el poder de las tinieblas, que, iniciada en los orígenes del mundo, durará, como dice el Señor, hasta el día final. Enzarzado en esta pelea, el hombre ha de luchar continuamente para acatar el bien, y sólo a costa de grandes esfuerzos, con la ayuda de la gracia de Dios, es capaz de establecer la unidad en sí mismo” (Gaudium et Spes, nro. 37).

El error de la visión privatista del compromiso cristiano: Creo que esta tensión entre compromiso por lograr un mundo mejor y conciencia de que nunca se logrará ese perfecto estado está muy presente en nuestros días. Por un lado, cuando nos desentendemos de la realidad y nos encerramos en una visión privatista de la vida religiosa, privamos a la sociedad de la riqueza del Evangelio, de la fuerza de la Gracia, de la “sal” que es el amor de Dios que es la única fuerza capaz de forjar relaciones humanas verdaderas.

El error de perder la mirada trascendente: Pero también podemos caer en el otro error, cuando enfatizamos demasiado la visión “temporal” y perdemos de vista que el sentido último de todo está en Cristo y que nunca será posible lograr un mundo perfecto por la herida del pecado. Ello brinda mucha esperanza especialmente en momentos como los que nos toca vivir, en que muchas leyes y costumbres están sumamente alejadas del ideal evangélico y expresan valores diametralmente opuestos a la cosmovisión cristiana.

El Papa Benedicto XVI tiene plena conciencia de esta situación y nos dice en la Encíclica Spe Salvi: “Puesto que el hombre sigue siendo siempre libre y su libertad es también siempre frágil, nunca existirá en este mundo el reino del bien definitivamente consolidado. Quien promete el mundo mejor que duraría irrevocablemente para siempre, hace una falsa promesa, pues ignora la libertad humana. La libertad debe ser conquistada para el bien una y otra vez. La libre adhesión al bien nunca existe simplemente por sí misma. Si hubiera estructuras que establecieran de manera definitiva una determinada –buena– condición del mundo, se negaría la libertad del hombre, y por eso, a fin de cuentas, en modo alguno serían estructuras buenas” (nr. 24).

Una síntesis brindada por el Concilio Vaticano II: Podemos por tanto sintetizar la misión cristiana en otro extraordinario pasaje de Gaudium et Spes: “La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior” (n. 58).

“Estos temas están en la base del camino de formación laical que, desde el Movimiento FUNDAR, queremos proponer para el Año de la Fe y que tendrá en el Congreso “La nueva evangelización a los 50 años del Concilio Vaticano II” un hito fundamental a realizarse los días 2 y 3 de noviembre de 2012 en Buenos Aires.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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