Educar para la entrega: El horizonte de la tarea educativa

Releyendo dos discursos del Papa Benedicto XVI de 2006 y 2007 vinculados de alguna manera al tema educativo[1], anoté algunas ideas que quisiera compartir brevemente a modo de reflexión.

La crisis de la educación no sorprende a nadie en nuestros días. La percibimos cuando leemos noticias sobre el rendimiento académico de los jóvenes en general, la intuimos cuando nos encontramos cotidianamente con adolescentes, la sufrimos al comprobar la dificultad de las nuevas generaciones para insertarse en el mundo laboral y social, la reencontramos en la cada vez más frecuente y preocupante incapacidad de las personas para entablar relaciones humanas ricas y duraderas basadas en el compromiso. En fin, la crisis educativa no se queda sólo en la escuela y en la carencia de contenidos teóricos, sino que se traslada al empobrecimiento de la vida toda y a la apertura de un terreno de lo más apto para las manipulaciones de todo tipo y para el fracaso en la búsqueda del sentido de la propia existencia.

Y cada vez más podemos comprobar que quien no vislumbra -o al menos tiene la esperanza de vislumbrar- un horizonte de sentido para la vida, difícilmente se encuentre en un estado mental que le permita incorporar conocimientos con facilidad, ni adquirir hábitos que impliquen el dominio sobre su persona. “No sólo de pan vive el hombre”, también le es necesaria la serenidad que da el sentirse seguro y caminando en un determinado sentido. Y, con respecto a las nuevas generaciones, de alguna manera “somos deudores también de los verdaderos valores que dan fundamento a la vida”[2].

El Papa habla de una “emergencia educativa”, es decir, de “la creciente dificultad que se encuentra para transmitir a las nuevas generaciones los valores fundamentales de la existencia y de un correcto comportamiento, dificultad que existe tanto en la escuela como en la familia, y se puede decir que en todos los demás organismos que tienen finalidades educativas”[3].

Esta situación golpea también a los colegios de inspiración católica. En efecto, también ella vive esta crisis y se encuentra, de alguna manera, afectada por el pantano cultural del relativismo y el sinsentido. Benedicto XVI se refiere a esta situación como a “una emergencia inevitable: en una sociedad y en una cultura que con demasiada frecuencia tienen el relativismo como su propio credo —el relativismo se ha convertido en una especie de dogma—, falta la luz de la verdad, más aún, se considera peligroso hablar de verdad, se considera “autoritario”, y se acaba por dudar de la bondad de la vida —¿es un bien ser hombre?, ¿es un bien vivir?— y de la validez de las relaciones y de los compromisos que constituyen la vida[4].

Aunque parezca naif, es por cierto refrescante recordar una verdad tan evidente para la Iglesia: “la finalidad esencial de la educación…es la formación de la persona a fin de capacitarla para vivir con plenitud y aportar su contribución al bien de la comunidad”. Y, específicamente, la educación cristiana se identifica con “la educación  para forjar  la propia vida según el modelo de Dios, que es amor”[5].

Quizás aquí radique un principio de respuesta a la situación educativa; es decir, más allá de la legítima preocupación por los contenidos impartidos, pareciera que lo que estuviera fallando fuera el sentido total y profundo de la tarea educativa. En definitiva, los contenidos se adquieren una vez que maestros y alumnos de proponen adquirirlos, los materiales y los libros necesarios se editan y se preparan en forma eficaz cuando hay motivación.

El tema de la motivación es, entonces, clave. Sólo a partir de la certeza del sentido último del hombre puede la educación ayudar a la persona a desplegar todo su potencial ya que, como nos dice el Papa Benedicto XVI, “una educación verdadera debe suscitar la valentía de las decisiones definitivas, que hoy se consideran un vínculo que limita nuestra libertad, pero que en realidad son indispensables para crecer y alcanzar algo grande en la vida, especialmente para que madure el amor en toda su belleza; por consiguiente, para dar consistencia y significado a nuestra libertad. De esta solicitud por la persona humana y su formación brotan nuestros “no” a formas débiles y desviadas de amor y a las falsificaciones de la libertad, así como a la reducción de la razón sólo a lo que se puede calcular y manipular. En realidad, estos “no” son más bien “sí” al amor auténtico, a la realidad del hombre tal como ha sido creado por Dios”[6].

En medio del panorama ciertamente complicado por el que atraviesa la misión formativa en nuestros días, me parece que esta frase del Papa puede marcar un rumbo para ayudar a reencaminar la tarea pedagógica, sobre todo en las escuelas de inspiración cristiana.

¡Qué lejos parecemos estar de la posibilidad de despertar la valentía! ¡Cómo asustan a cualquiera las “decisiones definitivas”, cuya mera cercanía alcanza para paralizar a las personas muchas veces justo a pocos pasos de la plenitud! ¡Qué difícil resulta la negociación con una cultura que promueve una idea de libertad que termina encerrando al hombre en ideales alcanzables pero mezquinos e indignos de su excelencia! ¡Cuántas dificultades encierra la educación para el verdadero amor y la verdadera libertad!



[1] Discurso pronunciado con motivo dela IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (octubre de 2006) y Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[2] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[3] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[4] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[5] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[6] Discurso pronunciado con motivo dela IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (octubre de 2006).

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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