Educar para las grandes decisiones

El resultado de la educación basada en el relativismo y en el encierro del hombre sobre sí mismo ha dado como resultado personas temerosas, que no se animan a jugarse en una relación para siempre, que no terminan de comprometerse con valores que les exijan grandes renuncias, que no logran alcanzar la excelencia porque no se animan ni saben cómo desprenderse de ideas muy mediáticas, pero de muy corto alcance sobre el fin del hombre. “A los muchachos y los jóvenes –nos asegura el Papa- se les puede ayudar a librarse de prejuicios generalizados y a darse cuenta de que el modo cristiano de vivir es realizable y razonable, más aún, el más razonable, con mucho”[1].

El Papa nos habla de valentía y de decisiones definitivas[2]. Y nos dice que sin la capacidad de tomar estas decisiones no es posible crecer y alcanzar algo grande en la vida, no es posible tampoco que madure el amor, ni que la libertad alcance consistencia y significado.

Es que la educación, precisamente, debe prepararnos para tomar esas grandes decisiones. Desde niños educamos nuestra libertad. Pero es necesario tener un concepto pleno de libertad, a la medida del hombre. La libertad que consiste en la capacidad de perseguir el objetivo, el sentido, la plenitud, con todo nuestro ser, con nuestra inteligencia, con nuestros sentidos, con nuestros afectos, con nuestro cuerpo, con nuestra voluntad. Se es más libre cuando uno es capaz de dominarse a sí mismo y, por ejemplo, callarse ante una injusticia, sonreír y hacer un favor a quien nos trata mal, ceder ante quien tiene menos derecho que nosotros, que cuando nos imponemos ante otra persona y la doblegamos, o cuando cedemos a nuestro temperamento y decimos cosas fuertes pero injustas. No es más libre quien impone su derecho que quien es capaz de dejar paso serenamente al derecho del otro, aún a costa del propio derecho. Es más libre el mártir que muere en paz y perdonando, que quien renuncia a sus ideales para salvar su vida, o su libertad o bienestar… Quien no es capaz de renunciar a sus cosas por algo que vale más, no termina de ser libre.

Pero la renuncia no significa pusilanimidad, sino todo lo contrario: exige la máxima fortaleza. No es nada fácil renunciar a algo que consideramos propio. Quien diga lo contrario, o ha alcanzado un nivel importante de santidad, o no ha experimentado la verdadera renuncia en realidad. Cuando se realiza en el pleno dominio de la libertad, la propia entrega no deja resabio amargo, ni sentimiento de inferioridad, ni bronca por haber sido desplazado o avasallado. Ésta es una cuestión clave, que diferencia la renuncia de la pusilanimidad: quien renuncia no se siente inferior, ni lo hace porque no se anime a reivindicar lo suyo. Porque no se puede renunciar a todo, pero no por razón de uno mismo -la renuncia justamente enseña a no priorizarse uno mismo-, sino por la objetividad del bien y la verdad. Los mártires renunciaron a sus vidas, pero nunca a la verdad. No fueron libres para negar lo que sabían verdadero y bueno; sí lo fueron para ofrecer sus personas a Aquél de cuyo amor y de suya verdad estaban absolutamente seguros.

Así, la educación en la entrega presupone muchas cosas antes. En cuanto es educación para la verdadera libertad, implica la educación más profunda de la persona. Significa educar la inteligencia para saber distinguir lo que es importante de lo que no lo es tanto, para renunciar a lo de menos valor y quedarse con aquello más valioso. ¡Cuánto cuesta a los padres educar a sus hijos para la renuncia! Es lógico: nadie quisiera que su hijo sufra, y la mayor parte de los padres sufrirían gustosos ellos para evitar a sus hijos un solo momento de amargura. Pero quien no aprende el valor de la entrega desde chico, tiene enormes dificultades en aprenderlo después. Y a la larga se sufre mucho más y, lo que es peor, sin horizonte de sentido.

Por último, el Papa se refiere a la máxima entrega posible: la de la propia vida en respuesta a un llamado. Es el culmen de la entrega: cuando somos capaces de darnos nosotros mismos, porque Otro nos llama. Me parece que la educación tiene mucho que ver con el desarrollo de la capacidad de dar esa respuesta, de la que depende la plenitud de todos. Así, nos dice Benedicto, “de manera siempre delicada y respetuosa, pero también clara y valiente, debemos dirigir una peculiar invitación al seguimiento de Jesús a los chicos y chicas que parecen más atraídos y fascinados por la amistad con él”[3].

Es el Señor quien nos termina de enseñar la entrega: “en Jesucristo esa actitud alcanza su forma extrema, inaudita y dramática, pues en él Dios se hace uno de nosotros, nuestro hermano, e incluso sacrifica su vida por nosotros. Así, en la muerte en la cruz, aparentemente el mayor mal de la historia, se realiza ese ponerse Dios contra sí mismo, al entregarse para dar nueva vida al hombre y salvarlo: esto es amor en su forma más radical”[4].

Pero, como nos sigue diciendo el Papa, “sabemos bien que esta opción de la fe y del seguimiento de Cristo nunca es fácil; al contrario, siempre es contestada y controvertida” [5]. Dios quiera que la educación católica sea capaz de afrontar el reto que supone el mundo en este sentido; sólo así podrá cumplir su específico servicio a tantos jóvenes.



[1] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[2] Discurso pronunciado con motivo dela IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (octubre de 2006).

[3] Discurso en la inauguración de los trabajos dela Asamblea Diocesana de Roma (junio de 2007).

[4] Discurso pronunciado con motivo dela IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (octubre de 2006)

[5] Discurso pronunciado con motivo dela IV Asamblea Eclesial Nacional Italiana (octubre de 2006)

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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