Una reflexión sobre la Eucaristía. Joseph Ratzinger

Con motivo de la celebración de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, compartimos pasajes de un texto de Joseph Ratzinger titulado “La Eucaristía, centro de la Iglesia”, ubicados en el subtítulo “La presencia real de Cristo en el sacramento de la eucaristía”:

“¿Puede realmente suceder que un cuerpo se comunique de manera que esté en multitud de hostias, y que superando todo tiempo y lugar ese mismo cuerpo esté siempre presente? Debemos ahora en primer lugar ser bien conscientes de que nunca podremos comprender plenamente tal cosa, pues lo que aquí sucede proviene del mundo de Dios y del mundo de la resurrección. Nosotros no vivimos en el mundo de la resurrección, sino que vivimos a este lado de las fronteras de la muerte…

Pero podemos intentar aproximarnos. Una aproximación se nos ofrece cuando consideramos que la palabra ‘cuerpo’ -‘Esto es mi cuerpo’- en el lenguaje de la Biblia no significa simplemente el cuerpo en oposición al espíritu. En el lenguaje bíblico la palabra ‘cuerpo’ significa más bien la totalidad de la persona, en la cual cuerpo y espíritu son una cosa inseparable. Por eso, ‘esto es mi cuerpo’ significa: esto es la totalidad de mi persona que vive en el cuerpo. Pero, ¿cómo está caracterizada esta persona? Lo podemos reconocer a partir de las palabras que siguen: ‘que se entrega por vosotros’. Esto significa que esta persona es ser-para-los-demás. Su esencia más íntima es entregarse. Y por eso, como se trata de la persona, y como ella misma desde su interioridad consiste en ‘estar abierta’, en entregarse, puede ser compartida.

Podemos comprender algo más todo esto desde la experiencia de nuestra propia corporalidad. Si reflexionamos sobre lo que significa el cuerpo para nosotros, notaremos que éste conlleva una cierta contradicción. Por un lado, el cuerpo es la frontera que nos separa de los demás. Donde está este cuerpo, no puede haber ningún otro. De este modo, el cuerpo es la frontera que nos separa a unos de otros; él mismo implica que seamos, de algún modo, extraños unos para otros. No podemos mirar dentro del otro; la corporalidad vela su interior y él permanece oculto para nosotros; incluso podemos decir que somos extraños para nosotros mismos. Tampoco podemos ver dentro de nosotros mismos, en nuestra propia profundidad. Por un lado, pues, el cuerpo es la frontera que nos hace mutuamente opacos, impenetrables unos a otros, que nos sitúa a unos enfrente de otros y nos impide ver y palpar el reducto íntimo del otro. Pero al mismo tiempo es válida una segunda cosa: el cuerpo es también el puente, pues a través del cuerpo nos encontramos unos a otros, a través de él nos comunicamos con la materia común de la creación; gracias a él podemos vernos, sentirnos, estar próximos unos de otros. En los gestos corporales se revela quién es el otro y cómo es. En su manera de mirar, de observar, de actuar, de entregarse, nos reconocemos; el cuerpo nos conduce hacia los otros: el cuerpo es, a la vez, frontera y comunión. Por eso la corporeidad puede ser vivida de diversos modos: se puede vivir más orientado hacia el aislamiento o más hacia la comunión. Uno puede vivir su corporeidad, y en ella su misma vida, tan recluido y tan en la dirección del egoísmo que ésta permanezca casi exclusivamente como frontera, sin abrirse a ningún encuentro con los demás. Sucede entonces lo que Albert Camus describió una vez como la trágica situación de los hombres en sus relaciones con los demás: es como cuando dos personas están separadas por la pared de cristal en una cabina telefónica. Se ven, están muy próximas, y, sin embargo, está esa pared que las hace mutuamente inaccesibles… El hombre puede, por tanto, vivir orientado al ‘cuerpo’; puede cerrarse egoístamente de tal manera que su cuerpo solamente sea obstáculo y frontera que excluya toda comunión y que no se encuentre realmente con nadie, porque no permita el acceso a su interioridad cerrada.

Pero la corporeidad también puede vivirse del modo contrario: como una apertura, como una liberación del hombre que se entrega. Todos sabemos que esto también se da, que también nosotros traspasamos las fronteras para hacernos interiormente accesibles unos a otros, cercanos unos a otros. Eso que llamamos telepatía es solo un caso más superficial de lo que de modo mucho más profundo se da en todos nosotros: el hecho de sentirnos tocados en nuestro centro interior, el estar cerca del otro en la distancia. En realidad, hablar de resurrección significa, muy sencillamente, que desaparece el cuerpo como obstáculo y que permanece todo lo que hay en él de comunión. Por ese motivo Jesús pudo resucitar y resucitó, porque él, como el Hijo y como el que ama desde la cruz, llegó a ser absoluta entrega de sí mismo. Haber resucitado significa ser comunicable; significa ser apertura, ser el que se regala. Comprenderemos así también que Jesús, en el discurso eucarístico transmitido por Juan, ponga juntos eucaristía y resurrección y que los santos Padres digan que la eucaristía es la medicina de la inmortalidad. Comulgar significa entrar en comunión con Jesucristo y significa introducirse, por él, el único que pudo superar las fronteras, en la apertura y, así, con él, desde él mismo, ser capaces de resucitar” (Ratzinger, Joseph, Obras Completas, Tomo XI. Teología de la Liturgia, BAC, Madrid, 2012, p. 254-256).

Entradas relacionadas