El matrimonio cristiano en un contexto adverso

Por Fernando J. Nasazzi

Un contexto jurídico adverso

Desde mi propia experiencia como profesor de Derecho de Familia, puedo afirmar el progresivo vaciamiento jurídico de la institucional matrimonial. Un hito decisivo en esta tendencia es el Código Civil y Comercial de la Nación Argentina, que entró en vigencia el 1 de agosto de 2015, que en la configuración del matrimonio torna irrelevante las obligaciones de fidelidad y cohabitación entre los esposos, incorpora el “divorcio express”, optando directamente por legislar desde el principio que favorece las rupturas matrimoniales, y no busca la estabilidad del vínculo matrimonial[1]. En el artículo 431 la fidelidad es enunciada como un mero deber moral (es decir, que busca no ser exigido jurídicamente). Por supuesto, como subsisten valores de fondo en la cultura, se han considerado admisibles acciones por daño moral en caso de infidelidad, ameritando una reparación.

De este modo, actualmente el matrimonio Civil en Argentina se asemeja a un mero contrato sobre bienes y se aleja de la unión estable y permanente abierta a la transmisión de la vida. A tal punto es así que la protección del Matrimonio y la Familia, a la cual nuestro país se obligó en numerosos tratados internacionales, ya no está entre las políticas que promueve el Estado.

Matrimonio y Familia bajo la presión cultural

En el libro Matrimonio y Familia escrito por Juan Ignacio Bañares y Jorge Miras, explican claramente los diversos focos de la crisis del matrimonio y la familia, especialmente en los países de raíces cristianas. A modo de síntesis enumeramos algunos puntos críticos:

a) Se difunde un concepto de libertad subjetivo e individualista, desligado de la verdad del ser humano. Esto, entre otras consecuencias, lleva a rechazar todo compromiso, como contrario a la libertad.

b) Se desvincula la sexualidad de cualquier exigencia propia de la dignidad de la persona: el sexo, así trivializado, sería un objeto disponible para la manipulación y uso.

c) Se sostiene que el matrimonio no es más que un formalismo convencional, una tradición social superada, que condiciona la libertad imponiendo derechos y deberes al amor y al sexo.

d) La familia misma se considera un modelo de convivencia impuesto por circunstancias culturales e históricas, sin fundamento permanente en la naturaleza humana. Por tanto, debe rechazarse todo modelo rígido especialmente la llamada, no sin intención, familia tradicional, para redefinir la familia de modo abierto: con múltiples modelos de familia, igualmente válido según el conjunto de relaciones elegidas por quienes conviven[2]

Esta realidad nos interpela y nos obliga a replantearnos hasta dónde ha llegado también a incidir la ideología de género en el matrimonio y las teorías “queer”. Estas ideologías constructivistas y relativistas proponen un fenómeno cultural donde no existe sexo (varón o mujer), como realidad natural. Solo existe género: estilos o roles opcionales (“papeles” que se asumen) en la conducta sexual del individuo. Por tanto, cada uno podría no ya “hacer”, sino “ ser” lo que quisiera: varón o mujer, heterosexual u homosexual, transexual o bisexual; y cambiar cuando y como quisiera, porque el sexo no forma parte de la “identidad” personal[3].

El matrimonio, una realidad humana profunda

En el libro Matrimonio y Familia los autores afirman que la naturaleza del matrimonio no es una institución puramente humana a pesar de las numerosas variaciones que ha podido experimentar a lo largo de los siglos en las diferentes culturas, estructuras sociales, familiares y hasta espirituales.

 Así pues, el matrimonio, como el propio ser humano, queda oscurecido y perturbado por las heridas del pecado: esto explica las deformaciones y errores, teóricos y prácticos, que se ha dado- y se dan- en la vida de los hombres respecto a la naturaleza, propiedades y fines de la unión conyugal.

Pero – del mismo modo que el ser humano- el matrimonio no pierde totalmente su valor y significado genuinos, porque, a pesar de las consecuencias del pecado, la verdad de la creación subsiste profundamente arraigada en la naturaleza humana. Precisamente por esto, en todas las épocas, las personas de buena voluntad se sienten íntimamente inclinadas a no conformarse con cualquier versión deshumanizada de la unión entre varón y mujer. Y esa profunda connaturalidad con que el ser humano intuye y añora el verdadero sentido del amor al que está llamado- a pesar de las dificultades que experimenta- es lo que permite a Dios apoyarse en la imagen del matrimonio para darse a conocer a los hombres y realizar su plan de salvación[4].

Un santo que intercede por los matrimonios:San Juan de Britto Misionero[5]

Por esta razón, debemos buscar respuestas, ya no desde el plano jurídico sino desde el plano espiritual, y porque no decirlo, religioso para vivir el matrimonio cristiano.

Para ello, debemos conocer a Dios, para conocer el misterio sacramental del Matrimonio. Es realmente consolador como Dios nos inspira en este tiempo de cuaresma, que es un misterioso camino de preparación para Semana Santa.

La misión de anunciar y atestiguar el Evangelio nos compromete como laicos. Además, el Espíritu Santo nos enseña a discernir, sabiendo que, como dice Cristo, el viento sopla donde quiere, es decir, que debemos dejarnos conducir por Él.

Esto significa que todo cristiano por haber recibido el bautismo como don de fe, tiene una misión. Para comprender esta misión vocacional es oportuno recordar a un santo mártir que dio su vida por defender con vigor al matrimonio como una vocación divina y una llamada a la santidad.

San Juan de Britto nació en Portugal en el año 1647. Siendo muy niño enfermó gravemente y su madre lo encomendó al gran misionero San Francisco Javier y el niño curó milagrosamente. En recuerdo de este notable favor, toda la vida deseó ser un fiel imitador de San Francisco Javier.

A la edad de 15 años pidió ser admitido en la Comunidad de los Padres Jesuitas. Sus familiares se le oponían fuertemente porque eran ricos y esperaban para Juan honrosos puestos oficiales. Pero el joven insistió fuertemente y al fin consiguió el permiso de hacerse religioso jesuita. Desde 1673 hasta 1693, por veinte años estuvo misionando incansablemente en la India. Y fue tanto el entusiasmo con el cual se dedicó a las actividades misioneras que lo nombraron superior de las Misiones de la India, el cual recorrió por miles de kilómetros, a pie, evangelizando.

En 1886, el éxito del padre Juan de Britto, en la evangelización de Maravar, indigna a los brahamanes, que ordenan matarlo por haber predicado una religión extranjera y haberse negado a invocar al dios hindú. Ese mismo día es flagelado, dejándolo por muerto. Un pagano misericordioso le realiza algunas curaciones. Finalmente el prisionero es liberado, sin que nadie sepa la causa.

Posteriormente, un jefe hindú, Tadiyathevar, con clase real, en un principio enemigo del misionero pero que había caído gravemente enfermo y se hallaba al límite de la muerte, lo manda a llamar para que lo cure. A pesar de los riesgos de una nueva persecución por parte de la nobleza, acepta reunirse con el jefe hindú. Éste jefe hindú es polígamo con cinco esposas, motivo por el cual, no podía recibir el Bautismo sin antes regularizar su situación conyugal mediante Matrimonio Cristiano. Sin embargo, despedir a las esposas legítimas suponía un riesgo para el propio jefe hindú, quien verá en ello una perturbación al orden social establecido en su reino. Finalmente se deja convencer, despide a todas sus mujeres, excepto a la más antigua a la que considera como esposa legítima; permite al misionero organizar la ceremonia para contraer Matrimonio y recibir el Bautismo junto a ésta última, el 6 de enero de 1693.

Una de las antiguas concubinas de aquel hombre, sobrina del rey perseguidor, le expresa sus quejas; éste termina por considerar ese despido como una ofensa personal siendo condenado a muerte el padre Juan de Britto. El 8 de enero es arrestado: cuando se acercan los soldados, lo golpean y lo obligan a invocar a Shiva, pero él invoca a Jesús. Lo llevaron a la cárcel y desde allí escribió a sus superiores en Roma: Con alegría y gran esperanza espero la muerte. Mi gran deseo ha sido siempre morir mártir por Cristo Jesús. Morir mártir es la recompensa más preciada por los trabajos que he logrado hacer por la evangelización. Morir mártir es lo que le he pedido muchas veces a Dios en mis oraciones. El padre Juan de Brito escribe entonces a su amigo, el padre Juan da Costa, una última misiva llena de fe, de humildad y de esperanza:me han conducido a Oriyur para ser decapitado; he sufrido mucho durante el trayecto, pero he podido finalmente llegar. Presentado ante el tribunal, he padecido un largo interrogatorio sobre la fe, que he confesado. De allí, me han conducido de nuevo a prisión, desde ahora espero el día de la felicidad.

El 4 de febrero de 1693 un gran gentío se reunió para ver la ejecución del santo misionero, a quien se le acusaba de enseñar doctrinas que no eran las de los sacerdotes de los dioses de ese país. El gobernador estuvo varias horas demorando la sentencia porque sentía miedo de ordenar semejante crimen. El nuevo apóstol de las indias es decapitado el 4 de febrero de 1693, miércoles de cenizas. El soldado que lo ejecuta, y que el padre abraza antes, se convertirá y recibirá el Bautismo junto a una multitud de personas de ese país. Beatificado el 21 de agosto de 1853 por el Beato Pío IX y canonizado por Pío XII el 22 de junio de 1947. Oriyur se ha convertido en un lugar de peregrinación por los cristianos del sur de la India”.

La firmeza del Padre Juan de Brito en cuanto a la santidad del matrimonio ha sido comparada con la de San Juan Bautista, quien pagó con su vida su adhesión a la ley de Dios, y, especialmente, a la prohibición absoluta de cualquier unión adultera. En la encíclica Redemptoris missio, Juan Pablo II afirma “que el respeto a las enseñanzas del Evangelio conduce al hombre a su verdadera libertad y al verdadero amor a los que inspira: La Iglesia ofrece a los hombres el Evangelio, documento profético, que responde a las exigencias y aspiraciones del corazón humano y que es siempre “Buena Nueva”. La Iglesia no puede dejar de proclamar que Jesús vino a revelar el rostro de Dios y alcanzar, mediante la cruz y la resurrección, la salvación para todos los hombres, dando sentido y alegría a nuestra vida.


[1] Centro de Bioética Persona y Familia. Documento de trabajo. Serie: Proyecto de Código Civil (2012)

[2] Matrimonio y Familia/ Jorge Miras y Juan Ignacio Bañares- 1 ed- Rosario: Ediciones Logos Ar, 2011, página 22-23

[3] Matrimonio y Familia/ Jorge Miras y Juan Ignacio Bañares- 1 ed- Rosario: Ediciones Logos Ar, 2011, página 23

[4] Matrimonio y Familia/ Jorge Miras y Juan Ignacio Bañares- 1 ed- Rosario: Ediciones Logos Ar, 2011, página 19

[5] ABADÍA San José de Clairval, carta del 27 de febrero de 2019, Francia, Fiesta de San Gabriel de la Dolorosa . E-mail: abadia@claivar.com- página web: http// www.claivar.com/

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