Celebrar la Vida, desde la Encarnación hasta la Pascua

Como todos los 25 de marzo, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Anunciación del Ángel Gabriel a María y la Encarnación del Verbo. Y como viene sucediendo desde hace ya más de 20 años, en Argentina y en muchos otros países en esa fecha se conmemora el día del Niño por Nacer. Una fiesta que es ocasión para manifestaciones públicas del valor de la vida ante tantas amenazas que se ciernen sobre ella, especialmente ante la gravísima pretensión de legalizar el aborto.

Defender la vida por nacer no es sólo una cuestión religiosa. Al contrario, es primero que nada un compromiso que nace de las exigencias de la justicia y el bien común, pues el respeto a la vida física es un derecho inviolable que encuentra fundamento en la dignidad humana.

Pero junto con los múltiples motivos de orden natural, hay razones de fe para defender la vida que se vinculan con la Encarnación y también con la Pascua. La encíclica Evangelium Vitae de San Juan Pablo II puede ayudarnos en nuestra reflexión.

Dios asume la naturaleza humana y recorre todo el camino de la vida, desde la concepción. Por eso, en la Encarnación no sólo celebramos a Dios que viene a salvarnos, sino a Dios que asume lo humano y se une a todo hombre. Cuando Dios se hace hombre, el hombre se abre a la posibilidad de participar en Cristo en la misma vida divina. Así lo explica san Juan Pablo II: “Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre » (GS 22). En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana” (EV 2).

Pero Dios asume también el drama de la muerte. Por eso, junto con la Encarnación, la fe cristiana se plenifica en la Pascua, cuando la vida se dona totalmente y es liberada de las ataduras de la muerte en la Resurrección del Señor.

Así lo dice Juan Pablo II: “Jesús es clavado en la cruz y elevado sobre la tierra. Vive el momento de su máxima « impotencia », y su vida parece abandonada totalmente al escarnio de sus adversarios y en manos de sus asesinos: es ridiculizado, insultado, ultrajado (cf. Mc 15, 24-36). Sin embargo, ante todo esto el centurión romano, viendo « que había expirado de esa manera », exclama: « Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios » (Mc 15, 39). Así, en el momento de su debilidad extrema se revela la identidad del Hijo de Dios: ¡en la Cruz se manifiesta su gloria! Con su muerte, Jesús ilumina el sentido de la vida y de la muerte de todo ser humano… También hoy, dirigiendo la mirada a Aquél que atravesaron, todo hombre amenazado en su existencia encuentra la esperanza segura de liberación y redención” (EV 50).

También hoy, cuando tantos niños por nacer son eliminados, la esperanza de la Resurrección ofrece un sentido redentor al sufrimiento. También hoy, la esperanza de la Resurrección anima a las madres que valerosamente superan adversidades para dar vida. También hoy la esperanza de la Resurrección sostiene a los médicos que se esfuerzan por cuidar la vida de la madre y de su hijo por nacer.

Que este 25 de marzo renovemos todos nuestro compromiso de anunciar, celebrar y servir al Evangelio de la Vida.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.