¿Es que Dios no responde ante las injusticias?

En el corazón de las críticas a la religión se encuentra el drama del mal y las injusticias que experimentamos en el mundo. Es una sensación de impotencia que indigna y clama al cielo, porque parece que el mal triunfa. Al respecto, un pasaje extraordinario de Benedicto XVI en Spe Salvi puede ayudarnos a la reflexión.

En el apartado dedicado al juicio final como una realidad en la que aprendemos la esperanza, comienza Benedicto XVI explicando cómo se configura este reclamo contra Dios: “el ateísmo de los siglos XIX y XX, por sus raíces y finalidad, es un moralismo, una protesta contra las injusticias del mundo y de la historia universal. Un mundo en el que hay tanta injusticia, tanto sufrimiento de los inocentes y tanto cinismo del poder, no puede ser obra de un Dios bueno. El Dios que tuviera la responsabilidad de un mundo así no sería un Dios justo y menos aún un Dios bueno” (Spe Salvi, 42).

Ante esta protesta, el ateísmo ofrece una falsa respuesta. Sigue el Papa emérito: “Y puesto que no hay un Dios que crea justicia, parece que ahora es el hombre mismo quien está llamado a establecer la justicia. Ahora bien, si ante el sufrimiento de este mundo es comprensible la protesta contra Dios, la pretensión de que la humanidad pueda y deba hacer lo que ningún Dios hace ni es capaz de hacer, es presuntuosa e intrínsecamente falsa. Si de esta premisa se han derivado las más grandes crueldades y violaciones de la justicia, no es fruto de la casualidad, sino que se funda en la falsedad intrínseca de esta pretensión. Un mundo que tiene que crear su justicia por sí mismo es un mundo sin esperanza. Nadie ni nada responde del sufrimiento de los siglos. Nadie ni nada garantiza que el cinismo del poder –bajo cualquier seductor revestimiento ideológico que se presente– no siga mangoneando en el mundo” (Spe Salvi, 42).

Frente a este reclamo y la falsa respuesta del ateísmo que condujo a peores injusticias, Benedicto XVI señala que la gran respuesta del cristiano es Cristo, que es la imagen que Dios ha dado de sí mismo al hombre: “En Él, el Crucificado, se lleva al extremo la negación de las falsas imágenes de Dios. Ahora Dios revela su rostro precisamente en la figura del que sufre y comparte la condición del hombre abandonado por Dios, tomándola consigo” (Spe Salvi, 43).

Es Cristo, muerto y Resucitado, la respuesta a las injusticias que claman al cielo, una respuesta de fondo y esperanzadora. Así lo explica Benedicto: “Este inocente que sufre se ha convertido en esperanza-certeza: Dios existe, y Dios sabe crear la justicia de un modo que nosotros no somos capaces de concebir y que, sin embargo, podemos intuir en la fe. Sí, existe la resurrección de la carne. Existe una justicia. Existe la « revocación » del sufrimiento pasado, la reparación que restablece el derecho. Por eso la fe en el Juicio final es ante todo y sobre todo esperanza, esa esperanza cuya necesidad se ha hecho evidente precisamente en las convulsiones de los últimos siglos” (43).

Y llegamos así al fondo de su argumento: “Estoy convencido de que la cuestión de la justicia es el argumento esencial o, en todo caso, el argumento más fuerte en favor de la fe en la vida eterna. La necesidad meramente individual de una satisfacción plena que se nos niega en esta vida, de la inmortalidad del amor que esperamos, es ciertamente un motivo importante para creer que el hombre esté hecho para la eternidad; pero sólo en relación con el reconocimiento de que la injusticia de la historia no puede ser la última palabra en absoluto, llega a ser plenamente convincente la necesidad del retorno de Cristo y de la vida nueva” (43). Lo dicho no significa que seamos “pasivos” ante la injusticia. Estamos llamados a configurarnos con Cristo y amar a todos y luchar contra la injusticia, pero no como si fuera nuestra obra, sino dejando que Cristo obre en nosotros y sabiendo que no hay una respuesta total a las injusticias mientras peregrinamos en este mundo. Así, cuando parece que el mal triunfa y nuestros esfuerzos de nada valen, la esperanza de Cristo Resucitado y el juicio final, nos recuerdan que el demonio no tiene la última palabra, que la muerte ha sido vencida y que Dios se revela como Redentor justo.

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