Francisco, Benedicto y el valor de ofrecer las pequeñas mortificaciones

La dinámica de selección de contenidos que domina la comunicación a veces nos priva de valiosos aspectos del mensaje que los documentos pontificios nos ofrecen y que serían de gran utilidad para la vida cotidiana. En este sentido, una lectura atenta de la exhortación Gaudete et Exsultate del Papa Francisco sobre el llamado a la santidad nos permite constatar la importancia que el Santo Padre considera que tiene ofrecer a Dios los contratiempos y dificultades de la vida cotidiana. Y en este punto encontramos una continuidad con el pensamiento de Benedicto XVI.

Sobre el punto dice Francisco en Gaudete et Exsultate:

119. No me refiero solo a las situaciones crudas de martirio, sino a las humillaciones cotidianas de aquellos que callan para salvar a su familia, o evitan hablar bien de sí mismos y prefieren exaltar a otros en lugar de gloriarse, eligen las tareas menos brillantes, e incluso a veces prefieren soportar algo injusto para ofrecerlo al Señor: «En cambio, que aguantéis cuando sufrís por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios» (1 P 2,20). No es caminar con la cabeza baja, hablar poco o escapar de la sociedad. A veces, precisamente porque está liberado del egocentrismo, alguien puede atreverse a discutir amablemente, a reclamar justicia o a defender a los débiles ante los poderosos, aunque eso le traiga consecuencias negativas para su imagen.

120. No digo que la humillación sea algo agradable, porque eso sería masoquismo, sino que se trata de un camino para imitar a Jesús y crecer en la unión con él. Esto no se entiende naturalmente y el mundo se burla de semejante propuesta. Es una gracia que necesitamos suplicar: «Señor, cuando lleguen las humillaciones, ayúdame a sentir que estoy detrás de ti, en tu camino».

Por su parte, en la encíclica Spe Salvi, Benedicto XVI explicaba:

40. Quisiera añadir aún una pequeña observación sobre los acontecimientos de cada día que no es del todo insignificante. La idea de poder «ofrecer» las pequeñas dificultades cotidianas, que nos aquejan una y otra vez como punzadas más o menos molestas, dándoles así un sentido, era parte de una forma de devoción todavía muy difundida hasta no hace mucho tiempo, aunque hoy tal vez menos practicada. En esta devoción había sin duda cosas exageradas y quizás hasta malsanas, pero conviene preguntarse si acaso no comportaba de algún modo algo esencial que pudiera sernos de ayuda. ¿Qué quiere decir «ofrecer»? Estas personas estaban convencidas de poder incluir sus pequeñas dificultades en el gran com-padecer de Cristo, que así entraban a formar parte de algún modo del tesoro de compasión que necesita el género humano. De esta manera, las pequeñas contrariedades diarias podrían encontrar también un sentido y contribuir a fomentar el bien y el amor entre los hombres. Quizás debamos preguntarnos realmente si esto no podría volver a ser una perspectiva sensata también para nosotros.

Estos pasajes nos hablan del valor de las pequeñas mortificaciones. Estas negaciones de nuestra voluntad se ubican en la mejor tradición espiritual de la Iglesia y responden al pedido del Señor de renunciar a uno mismo. Desde ya, como dice el Papa Francisco, no se trata de un masoquismo, sino de vivir a fondo la lógica del amor. Ese amor que nos identifica con Cristo que quiere entregarse gratuitamente para salvar al mundo.

Las mortificaciones tienen una doble dimensión: por un lado, son una forma de ascesis personal, de purificación disciplinaria de nuestra voluntad para volvernos más disponibles al plan de Dios. Como somos conscientes que estamos heridos por el pecado, sabemos que tenemos que disciplinar nuestro cuerpo para que podamos cumplir la voluntad de Dios. Por el otro, en lo que es su sentido principal, las pequeñas mortificaciones nos identifican con Cristo en su Pascua redentora. En este segundo aspecto, las mortificaciones adquieren un valor redentor, por méritos de Cristo.

Algunas veces, las dificultades surgen por injusticias que nos toca sufrir. Otras veces, nosotros mismos nos privamos de algo legítimo y renunciamos a nosotros mismos en pequeñas cosas de la vida. El ejemplo típico de este tipo de privaciones es el ayuno que hacemos en cuaresma y los viernes del año. Otras veces las dificultades vienen de la vida, como ocurre cuando sufrimos una enfermedad o un imprevisto. En todos los casos, podemos vivir estas pequeñas pruebas con resignación, o bien leerlas a la luz del plan redentor de Dios y saber que, asumidas en el amor de Dios, adquieren un valor salvífico.

Dios quiera que aprendamos a vivir estas pequeñas contrariedades de la vida con el amor de Dios, por obra del Espíritu Santo.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.