Un texto de San Bernardo para iniciar el adviento

En el inicio del Adviento, compartimos fragmentos del Sermón Primero de San Bernardo en la Anunciación del Señor, en el que el gran santo cisterciense predica sobre el Salmo 84: “para que la gloria habite en nuestra tierra, la misericordia y la verdad se encuentran, la justicia y la paz se besan”.

“Esta gloria habita también en nuestra tierra si la misericordia y la verdad se encuentran y si la justicia y la paz se besan. Es necesario que la verdad de nuestra confesión salga al encuentro de la misericordia, que siempre se anticipa, y que vivamos consagrados y en paz, sin lo cual nadie verá al Señor. Es decir, cuando uno se arrepiente, es que la misericordia ha venido hasta él. Pero no entrará en él hasta que la verdad de la confesión le salga a su encuentro. He pecado contra el Señor, dijo David al profeta Natán cuando le acusó de adúltero y homicida. Y el Profeta contestó: También el Señor ha perdonado tu pecado. No hay duda que se encontraron la misericordia y la verdad…

Hermanos, nos hallamos ante un gran misterio que merece toda nuestra atención, aunque desborda nuestro entendimiento y nuestras palabras. A pesar de ello, diré lo poco que comprendo, aunque parezca que doy la impresión de saberlo. Yo me imagino, hermanos, al primer hombre cubierto con estas cuatro virtudes desde su creación y envuelto en el manto de la salvación, como dice el Profeta. La salvación exige las cuatro, y, si falta alguna de ellas, no hay lugar a la salvación, porque las virtudes no son realidades distintas ni independientes…

Al hombre le despojaron de las cuatro virtudes… El hombre perdió la justicia cuando Eva prefirió las palabras de la serpiente y Adán obedeció a Eva antes que a Dios. Tenían todavía la posibilidad de aprovechar el pequeño remedio que el Señor le insinuó en el interrogatorio. Pero también lo rechazaron, y recurrieron a la mentira, alegando excusas a su pecado. La primera exigencia de la justicia es no pecar y la segunda es reparar el pecado con la penitencia. Eva perdió la misericordia cuando se excitó tanto en sus deseos que no tuvo compasión de ella misma, ni de su esposo, ni de sus hijos futuros. A todos los entregó a una terrible maldición y a la fatalidad de morir. Adán también expuso a la mujer -causa de su pecado- a la indignación divina, usándola de parapeto para soslayar el dardo… Inmediatamente perdieron la paz, porque dice el Señor: No hay paz para los malvados. ¿No sintieron en su cuerpo unos criterios contrarios a la razón cuando comenzaron a avergonzarse de su desnudez?…

Podemos pensar que había surgido una grave discordia entre las virtudes. Por una parte, la Verdad y la Justicia atormentaban a este pobre hombre; y la Paz y la Misericordia, ajenas a este rigor, se inclinaban a perdonarle…

La síntesis de todo el coloquio puede resumirse en esto: ‘La criatura racional necesita compasión -dice la Misericordia- porque vive en la más absoluta miseria. Ya es hora y tiempo de compadecerse de ella’. La verdad replicó: ‘Señor, conviene que se cumpla lo que dijiste. Es preciso que muera totalmente Adán con todos los que estaban con él el día en que se rebeló y comió la manzana’. ‘Entonces, ¿para qué me engendraste, Padre mío, insiste la Misericordia, si voy a morir tan pronto? Sabe muy bien la Verdad que, si tú no practicas alguna vez la compasión, tu misericordia muere y queda reducida a la nada’…

Aquello, hermanos, fue un careo terrible y una disputa muy enredada. Cualquier testigo ocular habría pensado: ‘¡Cuánto mejor nos sería que este hombre no hubiera nacido!’ Todo esto, hermanos, todo esto ocurrió. Y no aparecía el modo de dar la razón a la Misericordia y a la Verdad…

El Juez se inclinó y escribía con el dedo en la tierra. Eran unas palabras de la Escritura, y la Paz, que estaba sentada la más próxima a él, las leyó para todas. Una dice: ‘Si Adán no muere, dejo de existir’. Y la otra replica: ‘Si no alcanzo misericordia, pereceré. Haya una buena muerte, y ambas obtendrán lo que piden’. Todos quedaron asombrados por tanta sabiduría y por esta sentencia de reconciliación y de juicio. Ninguna de las dos podía quejarse, porque se iban a realizar sus deseos, es decir, el hombre moriría y alcanzaría misericordia.

‘¿Y cómo puede ser esto? -dicen las dos-. ¿Es posible que la muerte cruel y amarguísima, la muerte terrible y horrorosa, pueda convertirse en algo bueno?’. ‘La muerte de los pecadores es pésima -contestó él-, pero la muerte de los justos puede ser maravillosa. ¿No será estupenda si se convierte en puerta de la vida y entrada de la gloria?’. ‘Podría suceder -añade él- que alguien que no tuviera que morir muriese por amor. La muerte no podría detener al inocente, y, como dice la Escritura, la quijada del Leviatán quedaría agujereada; esto es, se derribaría el muro de la separación y desaparecería la sima tan inmensa que existe entre la muerte y la vida. El amor es tan fuerte como la muerte, por no decir que es mucho más fuerte…

El plan pareció ideal, justo y aceptable para todos. Pero ¿dónde encontrar ese inocente, dispuesto a morir sin haberlo merecido? ¿Quién daría espontáneamente su vida sin ser culpable? La Verdad recorrió la tierra, y ni uno solo está limpio de mancha, ni el niño que acaba de nacer. La Misericordia registra el cielo, y ve que los ángeles no tienen culpa, pero carecen de ese amor tan inmenso. Este triunfo estaba reservado para otro: para aquel cuyo amor era tan grande que daría su vida por unos siervos indignos e inútiles. Y, si ya no nos llama siervos, es precisamente por la inmensidad de su amor y su infinita condescendencia. Porque nosotros, aunque hiciéramos cuanto se nos manda sólo podemos considerarnos unos siervos inútiles. ¿Pero quién se atrevería a proponerle el Proyecto? La Misericordia y la Verdad vuelven el día señalado, llenas de congoja por no encontrar al que deseaban.

En ese momento, las consuela a solas la Paz y les dice: ‘Vosotras no entendéis ni discurrís. No hay uno que obre bien, ni uno solo. El que dio el consejo que ponga el remedio’. El Rey comprendió y dijo: ‘Cuánto me pesa haber creado al hombre. Me embarga la pena. Debo soportar la pena y hacer penitencia por el hombre que creé’. Y añadió: ‘Aquí estoy. Es imposible que pase este cáliz sin que yo lo beba’. Llamó inmediatamente a Gabriel y le dijo: ‘Ve y di a la hija de Sión: Mira, viene tu rey’. Salió al instante y se lo transmitió: ‘Sión, adorna tu tálamo y recibe a tu Rey’.

Pero antes de venir el Rey se adelantaron la Misericordia y la Verdad, como lo expresa la Escritura: ‘La misericordia y la verdad te preceden’. La justicia, afirma el Profeta, le preparó el trono: La justicia y el derecho preparan su trono. Y la Paz acompañó al Rey para hacer veraz al Profeta, que había dicho: Cuando venga habrá paz en la tierra. Y así lo confirmaron los coros angélicos, cantando en el nacimiento del Señor: Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.

Y en ese mismo momento se besaron la Justicia y la Paz, que hasta entonces habían sido bastante rivales… Ahora, en cambio, carísimos míos, abracémonos con todo nuestro ardor a la justicia, pues la justicia y la paz se han besado y han hecho un pacto indisoluble de amistad. Y todo el que posee el testimonio de la justicia será recibido por la paz con un rostro risueño y festivos abrazos para dormir y descansar en su regazo.

Fuente: San Bernardo, Obras completas. Tomo III. Sermones litúrgicos (1º), BAC, Madrid, 1985, p. 643-661.

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