El poder de Dios, nuestra esperanza: una reflexión de Joseph Ratzinger

En la Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, queremos compartir un pasaje del entonces Cardenal Joseph Ratzinger, hoy Papa Emérito Benedicto XVI, sobre el poder de Dios, nuestra esperanza.

“¿Tiene Dios poder en el mundo y es este poder esperanza para nosotros? Debemos a este respecto decir en primer lugar que hay un tipo de poder, que es al que habitualmente nos referimos, que se sitúa en contraposición con Dios y por tanto piensa no necesitar de él, desconectarse de él. La esencia de este poder consiste en transformar al otro y a los otros en mero objeto, en pura función y tomarlo al servicio de la propia voluntad. Lo otro y el otro no se contemplan como realidades vivas en sí mismas con derechos propios, ante cuya individualidad me debo inclinar; se tratan como una función, es decir, a la manera de la máquina, como algo muerto. Este poder es así, a fin de cuentas, poder de muerte, y empuja también a aquel que lo obtiene, inevitablemente, en el ámbito de la ley de la muerte y del matar. La ley que él impone sobre otros se convierte en su propia ley. De este modo, se aplican aquí realmente las palabras de Dios a Adán: si comes de este fruto, morirás (Gén 2,17). Esto no puede ser de otro modo allí donde el poder se comprende en contraposición a la obediencia, pues el hombre no es señor del ser, ni siquiera allí donde él puede desmontarlo en grandes bloques como una máquina y volver a montar de nuevo. El hombre no puede vivir contra el ser, y cuando se empeña en ello, corre el riesgo de caer en manos del poder de la mentira, es decir, del no ser, de la apariencia de ser y, por tanto, en el poder de la muerte.

Este poder, ciertamente, solo puede imponerse con muchos ardides y con impresionantes gestos. Sus éxitos son solamente éxitos temporales, pero este tiempo puede ser largo y cegar a los hombres que viven en ese instante. Con todo, este poder no es el auténtico ni el verdadero poder. El poder que reside en el mismo ser es más fuerte. Quien está de su parte tiene todo a su favor. pero el poder del ser no es poder propio, es el poder del creador.

Por la fe, sabemos que el creador no es solamente la verdad, sino también el amor, y que ambos no pueden ser separados. Dios tiene tanto poder en el mundo cuanto tienen poder la verdad y el amor. Esta podría ser ciertamente una sentencia melancólica si solamente pudiéramos conocer del mundo todo lo que nosotros mismos podemos contemplar en el ámbito de nuestra vida y nuestras experiencias. Pero a partir de la nueva experiencia que Dios nos ha regalado en Jesucristo con él mismo y con el mundo, es una sentencia de esperanza triunfante. Pues ahora podemos también dar la vuelta a esta sentencia: la verdad y el amor son idénticos al poder de Dios, pues él no solamente tiene amor y verdad, sino que es ambas cosas. Verdad y amor son por tanto el genuino, el definitivo poder en el mundo. Aquí es donde se apoya la esperanza de la Iglesia, y aquí es donde se apoya la esperanza del cristiano. O bien, diciéndolo todavía mejor: por ello la existencia cristiana es esperanza. La Iglesia puede pasar de todo en este mundo, puede sufrir grandes y dolorosas derrotas. Hay también en ella continuamente muchas cosas que la alejan de lo que ella realmente es. Una y otra vez se le escapan cosas de las manos. Pero ella misma no sucumbe; al contrario, su esencia aparece solamente con esto de nuevo y adquiere fuerza renovada. La barca de la Iglesia es la nave esperanza. Nos podemos subir a ella con esperanza. El mismo Señor del mundo la dirige y la protege”.

Fuente: Ratzinger, Joseph, Obras Completas. Tomo X. Resurrección y vida eterna, B.A.C., Madrid, 2017, p. 416-417.

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