Algunas notas de la vocación laical

Entre los desafíos que enfrenta la Iglesia en el Siglo XXI se encuentra el de vivir a fondo la misión laical de ordenar las realidades temporales según el plan de Dios como pedía el Concilio Vaticano II.

En esta ocasión, quisiera detenerme en algunas notas de esta vocación que considero particularmente importantes en las encrucijadas de este tiempo:

  • Si la primera vocación del laico se encuentra en el orden secular, debería ser prioridad estimular a los fieles a ser competentes en lo profesional y laboral, a destacarse por su excelencia e idoneidad, a descubrir que son los talentos laicales los que debe desplegar y hacer producir para responder al envío que hizo el Señor (Mt 25).
  • La tarea de ordenar las realidades temporales según el plan de Dios se mueve, generalmente, en el campo de lo prudencial y contingente. De allí que el laico no pueda afirmar que su compromiso político o temporal sea la única manera de expresión de las enseñanzas de la Iglesia (GS 43).
  • Al reconocer que las realidades temporales tienen su legítima autonomía, los laicos deberían evitar pronunciarse sobre temas que exceden a su ámbito de competencia, o bien hacerlo sólo luego de haberse interiorizado a fondo y con datos precisos y confiables sobre las problemáticas en juego.
  • La legítima autonomía de las realidades temporales no puede ser entendida como una negación de Dios y de los principios fundamentales de ley natural, y ello se traduce en la necesidad de respetar los valores que Benedicto XVI llamó “no negociables” y que refieren a los principios primeros y decisivos de la convivencia humana.
  • La búsqueda de una síntesis vital entre la fe y lo secular lleva a los laicos a ser expertos en la relación entre fe y razón, recogiendo las claras enseñanzas del Concilio y de los pontífices posteriores. La razón tiene sus ámbitos de autonomía y la fe actúa como una fuerza que purifica y eleva la razón y la hace más sensible para comprender las exigencias de la dignidad humana y el bien común. Se trata de evitar una excesiva separación entre lo natural y lo sobrenatural, por un lado, y por otro, una integración irreflexiva que no respete la legítima autonomía de lo temporal.
  • La espiritualidad de comunión ofrece un horizonte de síntesis que resulta muy adecuado para el cultivo de la vocación propiamente laical. En efecto, el laico, cuando ordena las realidades temporales según el plan de Dios, actúa sobre la legítima autonomía de lo temporal, pero sabe que lo temporal está ordenado a la vocación definitiva de todo hombre y de la Creación, que es entrar en la comunión perfecta de la Trinidad, por la redención realizada por el Hijo bajo la acción del Espíritu para gloria de Dios Padre.
  • La impronta laical generalmente acarrea una experiencia de soledad, máxime en un contexto laicista. Compañeros de trabajo, entornos mediáticos y laborales pueden ser hostiles a la fe. Así, el laico puede experimentar cierta soledad, especialmente en el anonimato de la multitud. De allí que el Papa Francisco en Evangelii Gaudium hable de la necesidad de espacios sanadores y motivadores (77). Es la tentación de vivir con un enfoque muy individual y desprendido de la comunión eclesial, como si lo eclesial fuera un añadido extraño y simplemente limitado a los espacios religiosos de oración y culto. Sin embargo, bien comprendida, la espiritualidad laical requiere esa impronta comunitaria, porque reconoce que el plan de amor de Dios es hacer que todos los hombres entren a participar de la comunión trinitaria. Así, si la Iglesia “es como un sacramento, o sea signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano” (LG 1), el laico descubre que su tarea en el orden temporal contribuye a edificar la comunión del género humano y realiza en parte la misión eclesial.
  • Asumir a fondo la vocación laical también supone transformar la experiencia del laico y la oración, entendida como ocasión para discernir ese plan de Dios para las realidades temporales y lugar de constante intercesión por las personas con las que se interactúa y por tantos desafíos que nos interpelan y nos comprometen.
  • La renovación laical requiere redescubrir la centralidad de la Eucaristía, que es el sacramento por excelencia donde el laico se ofrece y ofrece al Padre, identificado con Cristo, todos los esfuerzos por ordenar las realidades temporales según el plan de Dios. La Eucaristía es vivida con toda su fuerza redentora, de sacrificio que ha vencido a la muerte y renueva el memorial de la Pascua. Esta espiritualidad pascual supone también ese reconocimiento de las realidades temporales, pero leídas a la luz del plan último de Dios, que consiste en recapitular todas las cosas en Cristo Jesús.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.