Laicidad del Estado, ¿laicidad de la cultura?

En nuestro tiempo, se expande una mentalidad laicista que pretende reducir el fenómeno religioso a la conciencia personal y negarle toda proyección pública. Entre otras causas, esta expansión también puede ser explicada por una creciente politización de toda la vida y la consiguiente pretensión de excluir de todo lo público a lo religioso.

En efecto, mientras que es razonable sostener la laicidad del Estado, entendida como una legítima autonomía de la realidad estatal que no debe ser confesional y que supone la separación Iglesia-Estado, ello no significa sostener la laicidad de la cultura. La cultura, como expresión de la forma en que un pueblo expresa su relación con Dios, con los otros hombres y con la creación, involucra una esencial dimensión religiosa.

Sin embargo, como estamos rodeados de una mentalidad que tiende a considerar todo como público y a identificar lo público como lo estatal, entonces la pretensión de un Estado laico se expande para convertirse en la pretensión de una “cultura” laica. Y si la cultura debe ser laica, hay que quitar toda referencia a lo religioso de lo cultural. Sobran ejemplos de esta pretensión laicista, que no se limita al campo de lo estrictamente estatal, sino que se proyecta sobre temas típicamente culturales. Así, se afirma que la educación tiene que ser laica y no puede incorporar elementos religiosos.

Esta confusión entre Estado laico y cultura laica, además, está potenciada por medios de comunicación que expresan una visión laicista exacerbada por motivaciones que no siempre quedan claras.

El debilitamiento de la sociedad civil, entendida como ámbito propio de encuentro y despliegue de potencialidades por parte de las personas y las familias, se realiza por obra de un Estado que avanza y pretende que todo sea materia de su regulación y control. Así, el Estado expande sus alcances y todo se vuelve “de interés público”. Como consecuencia de ello, se debilitan los cuerpos intermedios y la persona queda más sola y vulnerable frente a un Estado cada vez más poderoso, al perder la protección que significan la familia y las asociaciones intermedias. Distintos autores vienen denunciando este tipo de expansionismo estatal.

Si los católicos no reconocemos las necesarias distinciones que deben existir entre sociedad civil y estado, debilitamos nuestra posibilidad de incidencia en lo público porque somos funcionales a la expansión de una mentalidad laicista que expresa “parte de verdad”. Es decir, es cierto que el Estado no debe ser confesional. Pero esa no confesionalidad no significa que lo religioso no tenga lugar en el ámbito de la cultura.

Como decía el documento de Puebla, “lo esencial de la cultura está constituido por la actitud con que un pueblo afirma o niega una vinculación religiosa con Dios, por los valores o disvalores religiosos” (n. 389). Estas afirmaciones hechas por los Obispos latinoamericanos en 1979 conservan toda su actualidad, a pesar que los embates laicistas nos hagan creer que lo esencial de la cultura es mantenerse es que sea prescindente en todo lo relacionado con Dios.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.