Ser como niños: reflexiones de Von Balthasar

El Evangelio del domingo XXV del ciclo B del tiempo ordinario nos propone el pasaje de San Marcos en el que Jesús invita a sus discípulos a evitar las disputas sobre quién es el más importante y hacerse servidores, recibiendo a los niños como si fueran el mismo Jesús. Este pasaje guarda relación con otros textos del Evangelio en el que Jesús nos invita a ser como niños, e incluso a “nacer de nuevo” (cf. Jn 3)

Ante la centralidad de los niños en la predicación de Jesús puede ser bueno compartir algunos pasajes de un breve pero profundo libro de Hans Urs Von Balthasar publicado por Fundación San Juan en español que se titula “Si no os hacéis como este niño” (2006). Allí se recorre la experiencia humana de los niños y se profundiza en la novedad que significa que el Hijo de Dios se hace hombre y transita los caminos de la infancia. El paralelo entre la filiación divina del Hijo y la filiación humana de Jesús, que nos abre a todos la posibilidad de entrar en el corazón del misterio trinitario, nos interpela y llena de sentido la invitación a hacerse como niños.

Para Von Balthasar, “los modos de ser del niño -sepultados ya para los adultos- muestran y miran hacia una zona originaria en la que todo acontece hacia lo correcto, lo verdadero y lo bueno, en un estado de protección escondida que no se puede devaluar como ‘pre-ética’ o ‘inconsciente’…, sino que manifiesta en realidad una esfera del originario ser sano e íntegro” (p. 14). Y si bien Jesús saber que el hacerse maduro es el camino ineludible de todo ser humano, aspira a “un recogimiento y atesoramiento salvadores de los bienes santos ‘supra-morales’ del origen en -y para- el tiempo de la madurez” (p. 17).

La experiencia infantil de todo niño expresa valores humanos muy profundos como la identidad originaria con la madre y la distinción, la conciencia de la fragilidad y la protección en la madre. “Para el niño es normal y evidente recibir dones buenos y preciosos, entonces la docilidad y la obediencia, la confianza y la ductilidad no son virtudes conscientemente practicadas, sino lo normal y evidente. Y esto es tan así, que él hace suya como correcta la actitud de donación de la madre y cuando tiene algo para dar, lo da sin cálculo” (p. 30).

Pero las experiencias humanas han quedado tapadas por el pecado y hace falta la encarnación de Dios para que pueda vivirse esta realidad. Jesús conoce muy bien el modo de ser particular y la dignidad propia de la infancia, sobre todo porque su experiencia infantil es absolutamente única. “Es el Hijo eterno de Dios el que se hace hombre y es su eterna disponibilidad amorosa a seguir y realizar todo plan del Dios Trinitario la que se concretiza, por el Espíritu Santo, en un niño singular del linaje humano” (p. 41).

Von Balthasar aclara que hacerse como niños no es infantilismo, sino es la disponibilidad del amor del Hijo eterno al mandamiento del Padre que el cristiano vive “en el amparo, la entrega confiada, el ofrecimiento y agradecimiento de sí con Cristo al Padre. Todo esto, según el ejemplo del Hijo, desde una madurez y responsabilidad plenas en la misión” (p. 59). “En los grandes santos puede verse y comprobarse que pueden convivir sin tensión alguna la inocencia filial e infantil cristiana y la plena madurez” (p. 59).

El autor reflexiona sobre las dificultades que esto supone en nuestros tiempos tecnocráticos. “La exigencia cristiana de mantener viva en todo momento y en toda circunstancia nuestra filiación divina se hace, quizá, tanto más difícil cuanto más el hombre técnico intenta configurarlo y gobernarlo todo por sí mismo” (p. 63). A ello se contrapone “la imagen directriz cristiana del nacer de Dios, de la filiación de Dios, aun del hombre maduro, activo y creador” (p. 64).

Para Von Balthasar hay un primado del ser niño que nos dice que “toda la acción de redención, con su seriedad extremamente madura, solo puede ser realizada, en definitiva, en los sentimientos y en la actitud infantil del Dios hombre y en la fe infantil de su Esposa, la Iglesia” (p. 95).

Y finalmente nuestro autor dirige su meditación a María, que como niña fue preparada para ser la Madre de Dios. Y nos dice que “María, bajo la cruz, será destinada y designada por su Hijo para ser Madre-Iglesia (‘He aquí a tu hijo’), y que ella deberá poseer como Iglesia ejemplar los mismos rasgos infantiles que tenía desde el inicio y sin los cuales no hubiera podido formar y perfeccionar a los cristianos para ser hijos-niños de Dios por medio de los sacramentos y la doctrina” (p. 99).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.