Audacia y fervor en la defensa de las dos vidas

El avance del proyecto de legalización del aborto en la Argentina, que recibió media sanción en Diputados de la Nación y ahora será tratado en el Senado, es un hecho que produce una profunda conmoción en muchas personas por las profundas implicaciones que tiene en el futuro del país.

Los cristianos estamos particularmente interpelados por esta realidad. Es una situación que se presenta como preocupante por la posibilidad de que nuestro país admita que se pueda quitar la vida a ciertas personas. Además, parece que las fuerzas a favor de la ley son poderosas y se imponen sin importar los medios. Experimentamos una cierta desproporción.

Ante esta situación, estamos llamados a renovar la audacia y el fervor, notas que el Papa Francisco propone para vivir la santidad en este tiempo. En efecto, el resultado adverso puede llevarnos a pensar que no es posible cambiar la realidad, que los poderosos terminarán imponiendo su voluntad. Ante esta tentación, nos toca movilizarnos desde nuestras distintas vocaciones para procurar que se rechace la ley y se promuevan medidas positivas para salvar las dos vidas.

En el n. 137 de Gaudete et Exsultate dice el Papa: “La costumbre nos seduce y nos dice que no tiene sentido tratar de cambiar algo, que no podemos hacer nada frente a esta situación, que siempre ha sido así y que, sin embargo, sobrevivimos. A causa de ese acostumbrarnos ya no nos enfrentamos al mal y permitimos que las cosas «sean lo que son», o lo que algunos han decidido que sean. Pero dejemos que el Señor venga a despertarnos, a pegarnos un sacudón en nuestra modorra, a liberarnos de la inercia. Desafiemos la costumbre, abramos bien los ojos y los oídos, y sobre todo el corazón, para dejarnos descolocar por lo que sucede a nuestro alrededor y por el grito de la Palabra viva y eficaz del Resucitado.”

Y en otro pasaje dice: “Necesitamos el empuje del Espíritu para no ser paralizados por el miedo y el cálculo… Cuando los Apóstoles sintieron la tentación de dejarse paralizar por los temores y peligros, se pusieron a orar juntos pidiendo la parresía: «Ahora, Señor, fíjate en sus amenazas y concede a tus siervos predicar tu palabra con toda valentía» (Hch 4,29). Y la respuesta fue que «al terminar la oración, tembló el lugar donde estaban reunidos; los llenó a todos el Espíritu Santo, y predicaban con valentía la palabra de Dios» (Hch 4,31)” (n. 133).

Esta audacia es la obra de Jesús y del Espíritu en nuestra vida: “el mismo Jesús viene a nuestro encuentro y nos repite con serenidad y firmeza: «No tengáis miedo» (Mc 6,50). «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos» (Mt 28,20). Estas palabras nos permiten caminar y servir con esa actitud llena de coraje que suscitaba el Espíritu Santo en los Apóstoles y los llevaba a anunciar a Jesucristo. Audacia, entusiasmo, hablar con libertad, fervor apostólico, todo eso se incluye en el vocablo parresía, palabra con la que la Biblia expresa también la libertad de una existencia que está abierta, porque se encuentra disponible para Dios y para los demás (cf. Hch 4,29; 9,28; 28,31; 2Co 3,12; Ef 3,12; Hb 3,6; 10,19)” (n. 129).

Una tentación es pensar que la compasión y la misericordia supone una actitud “pasiva” y que no se compromete. Ante este riesgo, el Papa responde: “Miremos a Jesús: su compasión entrañable no era algo que lo ensimismara, no era una compasión paralizante, tímida o avergonzada como muchas veces nos sucede a nosotros, sino todo lo contrario. Era una compasión que lo movía a salir de sí con fuerza para anunciar, para enviar en misión, para enviar a sanar y a liberar. Reconozcamos nuestra fragilidad pero dejemos que Jesús la tome con sus manos y nos lance a la misión. Somos frágiles, pero portadores de un tesoro que nos hace grandes y que puede hacer más buenos y felices a quienes lo reciban. La audacia y el coraje apostólico son constitutivos de la misión” (n. 131).

Y el Papa concluye: “Pidamos al Señor la gracia de no vacilar cuando el Espíritu nos reclame que demos un paso adelante, pidamos el valor apostólico de comunicar el Evangelio a los demás y de renunciar a hacer de nuestra vida cristiana un museo de recuerdos. En todo caso, dejemos que el Espíritu Santo nos haga contemplar la historia en la clave de Jesús resucitado. De ese modo la Iglesia, en lugar de estancarse, podrá seguir adelante acogiendo las sorpresas del Señor” (n. 139).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.