Ratzinger: Eucaristía y misterio pascual

Con motivo de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo, queremos compartir unas reflexiones de Joseph Ratzinger:

“Para la institución de la eucaristía no basta solo la Cena. Las palabras pronunciadas allí por Jesús son anticipación de su muerte, transformación de lo carente de sentido en un sentido que se nos ofrece. Pero esto significa también que estas palabras solo tienen importancia, solo son creativas por encima de todo tiempo, porque no han quedado como palabras, sino que han sido validadas con su muerte real. Y, por otra parte, esta muerte quedaría vacía de contenido si las palabras hubieran quedado en simple pretensión no realizada; si no se hubiera podido probar verdaderamente que su amor es más fuerte que la muerte, que el sentido tiene más poder que el sinsentido. La muerte habría quedado vacía de contenidos y las palabras hubieran quedado en nada, si no hubiera llegado la resurrección, en la que se hizo visible que estas palabras habían sido pronunciadas desde la autoridad divina; que su amor, de hecho, es lo suficientemente fuerte como para extenderse más allá de la muerte. Así, quedan mutuamente enlazadas la palabra, la muerte y la resurrección. La tradición cristiana llama misterio pascual a esta trinidad de palabra, muerte y resurrección, que nos permite captar algo del misterio mismo del Dios trino. Solo las tres, mutuamente unidas, constituyen la totalidad; solo estas tres, mutuamente unidas, constituyen la verdadera realidad; y este único misterio pascual es el origen del que proviene la eucaristía.

Esto, sin embargo, significa que la eucaristía es mucho más que una mera comida, porque ha costado una muerte, y la majestad de la muerte está presente en ella. Y cuando nosotros la celebramos debemos experimentar una profunda reverencia ante dicho misterio, el espanto ante el misterio de la muerte, que se hace presente en medio de nosotros. Ciertamente al mismo tiempo se hace presente el hecho de que la muerte ha sido vencida por medio de la resurrección, y que nosotros, por tanto, podemos celebrar esta muerte como la fiesta de la vida, como la transformación del mundo. En última instancia, los hombres de todos los tiempos y de todos los pueblos han intentado siempre en sus fiestas sobrepasar el umbral de la muerte. Una fiesta se mantiene en la superficialidad, como vago esparcimiento y anestesia, mientras no toca ese último interrogante. La muerte es la pregunta de todas las preguntas, y allí donde no se toma en consideración, no se ofrece en el fondo ninguna respuesta definitiva. El hombre puede llegar a ser libre y hacer fiesta verdaderamente, solo donde se responde a esa pregunta. La fiesta cristiana, la eucaristía, alcanza esta profundidad de la muerte. No es mero pasatiempo piadoso, ni mera evasión, un cierto embellecimiento y adorno religioso para el mundo; llega a ese abismo más profundo que llamamos muerte, y abre el camino a la vida que supera la muerte. Pero con eso resulta ya expresado aquello sobre lo que queremos tratar en esta reflexión y que la tradición resumen en la frase: la eucaristía es sacrificio, actualización de la cruz de Jesucristo” (Ratzinger, Joseph, Obras Completas, Tomo XI, BAC, Madrid, p. 233).

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