Entre el intimismo y el activismo

Reflexiones sobre la formación laical en Evangelii Gaudium (nros. 73, 173 y 273)

Entre los desafíos que el Papa Francisco plantea para la evangelización en su documento programático Evangelii Gaudium (EG, 2013), se encuentra la formación de laicos para hacer presente el Evangelio en el mundo. Así lo dice expresamente en el n. 102:

“Si bien se percibe una mayor participación de muchos [laicos] en los ministerios laicales, este compromiso no se refleja en la penetración de los valores cristianos en el mundo social, político y económico. Se limita muchas veces a las tareas intraeclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad. La formación de laicos y la evangelización de los grupos profesionales e intelectuales constituyen un desafío pastoral importante”.

Probablemente la pregunta que todos nos hacemos es: ¿cómo se despierta, alienta, forma y acompaña esa vocación laical por transformar la sociedad? Han cambiado las circunstancias y como el mismo Papa reconoce, “tampoco podemos ignorar que en las últimas décadas se ha producido una ruptura en la transmisión generacional de la fe cristiana en el pueblo católico” (n. 70).

Por supuesto, muchos pasajes de EG responden a la pregunta. En esta breve reflexión, quisiera centrarme en algunos de ellos y compartir reflexiones desde la experiencia personal.

La vocación y la misión unidas

Un pasaje de EG nos sirve de punto de partida para la reflexión:

  1. La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar. Allí aparece la enfermera de alma, el docente de alma, el político de alma, esos que han decidido a fondo ser con los demás y para los demás. Pero si uno separa la tarea por una parte y la propia privacidad por otra, todo se vuelve gris y estará permanentemente buscando reconocimientos o defendiendo sus propias necesidades. Dejará de ser pueblo.

El n. 273 aporta, entre otros, dos elementos que quisiera remarcar: la idea de misión y la necesidad de una existencia coherente, no dividida.

Es habitual pensar que Dios llama a una persona a ser monje benedictino, o misionero en África. Es más difícil descubrir que somos enviados por Dios al mundo actual, aquí y ahora, donde se edifica la vida cotidiana en lo social, la cultural, lo político, lo económico. Ese sentido de misión laical parece difícil de despertar, pues no pocas veces las personas trabajan en ámbitos que no les satisfacen plenamente, o incluso algunos están sin trabajo. En otros casos, se percibe una división interior, como si el trabajo fuera algo “necesario”, pero la vida pasara por lo que uno hace en su tiempo libre. En tal sentido, parece difícil descubrirse llamado a un trabajo monótono, o muy “mundano”.

En este sentido, un aspecto a cultivar es descubrir que la dignidad del trabajo, allí donde me toca estar como laico, allí donde se me fueron abriendo puertas y caminos, siempre tiene una dimensión social. No hay trabajo, por más rutinario que sea, que no tenga una proyección hacia los demás, que no sea parte de la gran tarea cotidiana de edificar vínculos para que todos convivamos en paz, con respeto a la dignidad y en orden al bien común.

Además del trabajo remunerado, todos realizamos otras actividades en las que también nos desplegamos. Así encontramos hoy tantos laicos que son voluntarios en ONG’s, o se comprometen en grupos de reflexión y acción, o participan en distintos espacios culturales. También aquí resulta difícil descubrir como “misión” la tarea laical. Ser catequista, ser misionero, ser ministro de la Eucaristía parecen todas “misiones” evangelizadoras en serio. En este punto, la misión nace también cuando Dios nos hace descubrir una necesidad y nos mueve a responder a las urgencias de nuestros hermanos, especialmente los más necesitados. En este punto, es clave la renovación del diagnóstico que pide el Papa en EG. Creo que muchas veces hemos hecho cosas con sentido apostólico pero algo desconectadas de la realidad y ello no genera atractivo ni apasiona. Nadie entrega su vida por objetivos tibios o muy teóricos.

Descubrir que Dios nos envía al mundo para transformarlo con la fuerza del Evangelio es criterio clave de formación laical, para evitar que la búsqueda del sentido de la misión se reduzca a lo intraeclesial. Además, esa búsqueda de la misión ofrece unidad a toda la vida, para que toda nuestra existencia esté atravesada por el envío de Dios.

De allí que un segundo punto que nos deja EG 273 para la formación laical es la necesidad de coherencia, de unidad de vida, de integrar todas las dimensiones de la vida personal para que se coloquen en tensión a la misión.

Aquí también hay un gran campo de trabajo para la tarea formativa. En efecto, probablemente hoy haya muchos laicos que viven con tensión los dilemas cotidianos que enfrentan en el trabajo o en la vida social. Frente a ello, la tentación de la mundanidad está cerca, como opción como criterios distorsionados por ideologías, por la opinión pública o por visiones sesgadas.

El desafío laical es la síntesis entre ser de Dios y estar en el mundo. Como dice el Concilio Vaticano II en Gaudium et Spes: “Los cristianos, en marcha hacia la ciudad celeste, deben buscar y gustar las cosas de arriba, lo cual en nada disminuye, antes por el contrario, aumenta, la importancia de la misión que les incumbe de trabajar con todos los hombres en la edificación de un mundo más humano. En realidad, el misterio de la fe cristiana ofrece a los cristianos valiosos estímulos y ayudas para cumplir con más intensidad su misión y, sobre todo, para descubrir el sentido pleno de esa actividad que sitúa a la cultura en el puesto eminente que le corresponde en la entera vocación del hombre” (n. 57).

Formación en la acción

A partir de la misión y la coherencia, se plantea el problema de cómo formar a los laicos. En este punto, en el capítulo III de EG el Papa conecta formación con acción. Dice así:

“173. El auténtico acompañamiento espiritual siempre se inicia y se lleva adelante en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora. La relación de Pablo con Timoteo y Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en medio de la acción apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de quedarse en cada ciudad para «terminar de organizarlo todo» (Tt 1,5; cf. 1 Tm 1,3-5), les da criterios para la vida personal y para la acción pastoral. Esto se distingue claramente de todo tipo de acompañamiento intimista, de autorrealización aislada. Los discípulos misioneros acompañan a los discípulos misioneros”.

El problema del intimismo: Creo que por aquí pasa otro de los desafíos para la vocación laical. El Papa llama la atención sobre el problema del intimismo espiritual, que es consecuencia de acompañamientos espirituales demasiado enfocados en una autorrealización aislada. La preocupación por el intimismo es una constante del Papa, especialmente cuando se dirige a consagrados, sacerdotes y laicos comprometidos. Recordemos el n. 2 de EG: “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada”. Y en otro pasaje de EG vuelve sobre el tema: “No poner en práctica, no llevar a la realidad la Palabra, es edificar sobre arena, permanecer en la pura idea y degenerar en intimismos y gnosticismos que no dan fruto, que esterilizan su dinamismo” (n. 233).

Frente a este intimismo, el Papa exhorta a aprender de Pablo y su tarea formativa acompañando a Timoteo y Tito. Se trata de confiar una misión y al mismo tiempo dar criterios para la vida persona y para la acción pastoral.

Ciertamente no es fácil acompañar a laicos en su trabajo apostólico. En primer lugar, porque generalmente es una tarea más bien solitaria, cumplida en la cotidianeidad del trabajo y sin esa fuerza comunitaria tan típicamente eclesial. En el día a día, como laicos nos enfrentamos a decisiones importantes a tomar en soledad, bajo la propia responsabilidad. Justamente allí se generan las ocasiones para descubrir la fuerza de la oración, la necesidad de criterios espirituales y de acción bajo la doctrina social de la Iglesia.

Además, las nuevas tecnologías y las demandas de la vida adulta suelen saturar de actividades y responsabilidades a las personas, dejando poco espacio para lo formativo y para esos criterios de fondo para la evangelización. Las personas de acción suelen contar con menos tiempo para “espacios” no activos y puede parecer que eso es pérdida del tiempo.

De alguna manera el Papa pone un acento en la tarea “persona a persona” (EG 127-129). Ello es posible en el marco de comunidades fuertes, con conciencia clara de la identidad laical, que puedan dar criterios y referencias para el despliegue laical.

En este camino, el manejo del tiempo es uno de los factores claves del camino formativo. En el libro de Giussani sobre la educación (Educar es un riesgo), resaltaba la importancia que tiene el uso del tiempo libre, como elemento para verificar la gratuidad de la entrega. Haciendo la analogía, revisar cómo usamos nuestro tiempo libre es una manera de poner en marcha una renovación interior que nos saque del intimismo y nos coloque en tensión a la misión que responde a las urgencias del tiempo presente.

Espacios de oración y comunión

Un riesgo de lo dicho hasta ahora es caer en el activismo. En efecto, si estamos siempre volcados hacia afuera, siempre haciendo cosas sin parar, podemos perder el sentido, cansarnos y hasta perder la conexión con la fuente de la que mana la misión, que es la comunión con Dios mismo en Cristo.

Así, para completar el análisis de EG en clave de formación laical, quisiera ahora citar el n. 73.

“Nuevas culturas continúan gestándose en estas enormes geografías humanas en las que el cristiano ya no suele ser promotor o generador de sentido, sino que recibe de ellas otros lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio de Jesús. Una cultura inédita late y se elabora en la ciudad. El Sínodo ha constatado que hoy las transformaciones de esas grandes áreas y la cultura que expresan son un lugar privilegiado de la nueva evangelización. Esto requiere imaginar espacios de oración y de comunión con características novedosas, más atractivas y significativas para los habitantes urbanos. Los ambientes rurales, por la influencia de los medios de comunicación de masas, no están ajenos a estas transformaciones culturales que también operan cambios significativos en sus modos de vida.

La importancia de estos espacios de oración y comunión vuelve a aparecer en el n. 77: “como hijos de esta época, todos nos vemos afectados de algún modo por la cultura globalizada actual que, sin dejar de mostrarnos valores y nuevas posibilidades, también puede limitarnos, condicionarnos e incluso enfermarnos. Reconozco que necesitamos crear espacios motivadores y sanadores para los agentes pastorales, «lugares donde regenerar la propia fe en Jesús crucificado y resucitado, donde compartir las propias preguntas más profundas y las preocupaciones cotidianas, donde discernir en profundidad con criterios evangélicos sobre la propia existencia y experiencia, con la finalidad de orientar al bien y a la belleza las propias elecciones individuales y sociales»” (EG 77).

Aquí la reflexión se dirige hacia las comunidades de Iglesia que se sienten llamadas a formar laicos. El desafío de generar estos espacios “motivadores y sanadores”, “de oración y comunión”, es darles el suficiente dinamismo y conexión con la acción para evitar caer en algo intimista y de autorrealización aislada.

Temo que muchas veces organizamos retiros, encuentros y otros espacios sin lograr conectar con las urgencias apostólicas, con la necesidad del laico que necesita esos criterios formativos para su acción cotidiana. Me pregunto si algunos de nuestros espacios no terminan demasiado enroscados en enfoques intimistas o de conciencia aislada.

La oración del laico enviado y metido en el mundo es una oración que muchas veces expresa combate interior, tensiones, búsquedas, preguntas a Dios, dilemas existenciales. Es una oración vital, propia de un hijo maduro ante su Padre, a imitación de Cristo. En cambio, la oración intimista muchas veces es propia de un hijo caprichoso que busca soluciones mágicas sin comprometerse personalmente en el dinamismo de amor que Dios quiere suscitar.

No es fácil encontrar la síntesis y el tono. La oración y la liturgia están en función de Dios, no en función de una “utilidad” o de la acción. Adoramos a Dios por sí mismo y porque es el sentido de nuestra vida. Hay una gratuidad propia de la adoración y la alabanza. No podemos caer en una visión utilitarista de la oración, como si lo que rezamos tiene que “servirnos” para la misión. Pero remarcar ello nos deja muy cerca de la tentación de caer en un espacio intimista y encerrado, por momentos demasiado centrado en mí mismo y mis problemas. Por cierto, cuando la oración y la liturgia son verdaderas, no encierran, sino que envían, llaman a compartir y a ser instrumentos de Dios.

Hay que confiar en la acción del Espíritu Santo y en su asistencia para renovar todos los métodos y espacios (EG 27) de modo de poder generar lugares donde se aprenda que toda la vida es misión y que esa misión laical se ordena a transformar el mundo.

La Eucaristía, culmen de la tarea laical

Como laicos vivimos la tensión de estar en el mundo sin ser del mundo (cf. Jn 17). Esa tensión se plasma entre oración y acción, entre formación y apostolado, entre eclesialidad y secularidad. Y tenemos que ser personas de síntesis. La comunión se presenta como una categoría de síntesis. Comunión con Dios en Cristo, que nos abre a los hermanos. Comunión como clave de nuestra tarea en el mundo, para que disponer todas las cosas de modo que todos entren a participar de la comunión trinitaria.

Cuando se descubre la propia vocación laical (¡Yo soy una misión en esta tierra!), todo se ordena en la propia vida en una tensión de amor que no nace de un intimismo voluntarista, o de un desganado esfuerzo apostólico, sino que descubrimos que hay un mundo que nos necesita. Dios nos envía para dar testimonio de su amor revelado en Cristo y, con la asistencia del Espíritu Santo, podemos trabajar para que el mundo se transforme según el plan de Dios.

En ese momento, para el laico, la oración adquiere sentido porque se ordena a responder urgencias concretas, la formación intelectual y espiritual busca encontrar los criterios para lo personal y lo apostólico, y todo se ofrece a Dios en la Eucaristía como centro y culmen, reconociendo que los frutos no vienen de nuestras fuerzas, sino que se trata de cooperar con la acción de Cristo para que todo sea ofrecido al Padre y a la gloria de la Trinidad.

El lugar de síntesis por excelencia para este crecimiento de la conciencia laical es la Eucaristía. En ella, todos los esfuerzos y trabajos que realizamos para transformar el mundo según el Evangelio se unen al sacrificio pascual de Jesús y adquieren valor redentor. No somos activistas si nos ofrecemos en la Eucaristía como instrumentos de Dios. El Dios al que servimos no es puramente imaginario. Se hizo hombre y en su Pascua nos abrió el camino a la vida verdadera. En la Eucaristía entramos en esa comunión de vida verdadera y, de alguna manera, todo el mundo se vuelve partícipe de la comunión trinitaria.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.