El transhumanismo y la salvación cristiana

 

La Congregación para la Doctrina de la Fe ha publicado la Carta Placuit Deo sobre algunos aspectos de la salvación cristiana (22 de febrero de 2018). El documento busca responder a dos ideologías en boga en nuestro tiempo: el neo-pelagianismo y el neo-gnosticismo. Si bien el documento no hace referencia al transhumanismo, las referencias que hace Placuit Deo a ambas ideologías son oportunas como respuesta a ese otro movimiento de ideas y acción que emerge en nuestro tiempo y tiene creciente incidencia. En este breve comentario, haremos una sintética descripción del transhumanismo y luego presentaremos algunos elementos para una apreciación crítica a partir del citado documento vaticano.

El transhumanismo

Los impresionantes desarrollos tecnológicos que se despliegan en este siglo XXI tienen profundas proyecciones sociales. Junto con las aplicaciones orientadas a curar y garantizar el derecho a la vida y la salud de las personas, se expanden usos que pretenden crecer en el dominio sobre el cuerpo humano, incluso para potenciarlo y reconfigurarlo más allá de los fines de su propia naturaleza.

En efecto, la alianza entre las biotecnologías, la ingeniería genética, la nanorobótica y las neurociencias, potenciadas por las ciencias de la información y su capacidad de almacenamiento y procesamiento de datos, permiten penetrar los secretos del orden biológico, y ello incluye lógicamente al cuerpo humano. De la mano de una ideología materialista, el cuerpo pierde peso ontológico y es visto cada vez más como mera materia disponible.

Engreído de sus propias fuerzas, el hombre pretende dar un salto definitivo en el camino de la vida, superando todo límite y conquistando, aquí en la tierra, la felicidad y el mundo perfecto. En su libro “Homo Deus”, Harari describe agudamente los procesos que están en marcha en nuestro tiempo y considera que la nueva agenda de la especie humana comprende la búsqueda de la inmortalidad (a través de la ingeniería genética, la medicina regenerativa y la nanotecnología), la felicidad (por la solución bioquímica) y la divinidad (a través de la ingeniería biológica, ingeniería cyborg e ingeniería de seres no orgánicos) (Harari, Y.N., Homo Deus. Breve historia del mañana, Buenos Aires, Debate, 2016).

Uno de los movimientos de ideas que impulsa esta agenda es el llamado Transhumanismo. Según Mariano Asla, “el transhumanismo, aunque es un movimiento en expansión, de fronteras difusas y compuesto por corrientes múltiples y heterogéneas (Ferrando 2013), reconoce un núcleo fundamental que es la intención de aplicar las nuevas tecnologías a la modificación directa y radical de la causa de todos esos límites: la corporeidad humana. Mediante la utilización convergente de la nanotecnología, de la biología (en especial la edición génica), de la informática y de las denominadas ciencias cognitivas y neurales, los transhumanistas confían en que se podría mejorar (enhance) la naturaleza humana, no sólo a fin de extender significativa o incluso indefinidamente la expectativa de vida (Kurzweil y Grossman 2005), sino también potenciar nuestras capacidades físicas, psicológicas, intelectuales y morales (Bostrom 2017)” (Mariano Asla, “Luces y sombras del programa transhumanista”, Universidad Austral, 18 de mayo de 2017, publicado en academia.edu).

El transhumanismo sería una de esas corrientes de pensamiento que busca la felicidad en base a un despliegue tecnológico que supere los límites de lo humano y nos trascienda más allá. Esa búsqueda de la felicidad se basa en la idea de manipular la naturaleza, y sobre todo el cuerpo humano en orden a superar sus límites.

El transhumanismo y su relación con el neo-pelagianismo y el neo-gnosticismo

De alguna manera, en el transhumanismo encontramos elementos del neo-pelagianismo que denuncia el documento Placuit Deo, pues hay una confianza en el individuo radicalmente autónomo, que pretende salvarse a sí mismo, sin reconocer que depende, en lo más profundo de su ser, de Dios y de los demás. “La salvación es entonces confiada a las fuerzas del individuo, o las estructuras puramente humanas” (n. 3).

Pero también hay elementos propios del neo-gnosticismo, pues se busca también “liberar a la persona del cuerpo y del cosmos material, en los cuales ya no se descubren las huellas de la mano providente del Creador, sino que ve sólo una realidad sin sentido, ajena de la identidad última de la persona, y manipulable de acuerdo con los intereses del hombre” (n. 3).

La salvación cristiana ante la fe en el progreso transhumanista

Detrás de este tipo de movimientos existe una búsqueda de la felicidad y de la vida eterna, aunque se lo hace en forma equivocada. Es una confianza en el progreso basado en las propias fuerzas humanas y por medio de una manipulación del cuerpo, buscando la superación de todo límite.

En el documento Placuit Deo encontramos elementos que permite una valoración de este movimiento. Así, por ejemplo, se denuncia que “el gnosticismo, de hecho, se asocia con una mirada negativa en el orden creado, comprendido como limitación de la libertad absoluta del espíritu humano. Como consecuencia, la salvación es vista como la liberación del cuerpo y de las relaciones concretas en las que vive la persona” (n. 14).

Al respecto, es legítima la búsqueda de superar las enfermedades y buscar la salud por los desarrollos biotecnológicos. Pero, como afirma Asla, existen límites que son constitutivos de la identidad del ser humano y que nos hacen ser tales. Por otra parte, buscar la vida eterna en este mundo se presenta como un objetivo inmanentista que conduce a resultados paradójicos, como bien lo denunciaba Benedicto XVI: “¿De verdad queremos esto: vivir eternamente? Tal vez muchas personas rechazan hoy la fe simplemente porque la vida eterna no les parece algo deseable. En modo alguno quieren la vida eterna, sino la presente y, para esto, la fe en la vida eterna les parece más bien un obstáculo. Seguir viviendo para siempre –sin fin– parece más una condena que un don. Ciertamente, se querría aplazar la muerte lo más posible. Pero vivir siempre, sin un término, sólo sería a fin de cuentas aburrido y al final insoportable” (Spe Salvi, 10).

Ante este panorama, la fe cristiana ofrece una respuesta mucho más plena y de fondo a las búsquedas de felicidad corporal, interior y comunitaria. Es el encuentro con la persona de Cristo, que nos hace partícipes de la comunión trinitaria y nos otorga la verdadera vida.

Así lo explica nuestro documento: “En cuanto somos salvados, en cambio, «por la oblación del cuerpo de Jesucristo» (Hb 10, 10; cf. Col 1, 22), la verdadera salvación, lejos de ser liberación del cuerpo, también incluye su santificación (cf. Ro 12, 1). El cuerpo humano ha sido modelado por Dios, quien ha inscrito en él un lenguaje que invita a la persona humana a reconocer los dones del Creador y a vivir en comunión con los hermanos. El Salvador ha restablecido y renovado, con su Encarnación y su misterio pascual, este lenguaje originario y nos lo ha comunicado en la economía corporal de los sacramentos. Gracias a los sacramentos, los cristianos pueden vivir en fidelidad a la carne de Cristo y, en consecuencia, en fidelidad al orden concreto de relaciones que Él nos ha dado. Este orden de relaciones requiere, de manera especial, el cuidado de la humanidad sufriente de todos los hombres, a través de las obras de misericordia corporales y espirituales”.

Benedicto XVI expresa con hondura este misterio: “De algún modo deseamos la vida misma, la verdadera, la que no se vea afectada ni siquiera por la muerte; pero, al mismo tiempo, no conocemos eso hacia lo que nos sentimos impulsados. No podemos dejar de tender a ello y, sin embargo, sabemos que todo lo que podemos experimentar o realizar no es lo que deseamos. Esta « realidad » desconocida es la verdadera « esperanza » que nos empuja y, al mismo tiempo, su desconocimiento es la causa de todas las desesperaciones, así como también de todos los impulsos positivos o destructivos hacia el mundo auténtico y el auténtico hombre… Podemos solamente tratar de salir con nuestro pensamiento de la temporalidad a la que estamos sujetos y augurar de algún modo que la eternidad no sea un continuo sucederse de días del calendario, sino como el momento pleno de satisfacción, en el cual la totalidad nos abraza y nosotros abrazamos la totalidad. Sería el momento del sumergirse en el océano del amor infinito, en el cual el tempo –el antes y el después– ya no existe. Podemos únicamente tratar de pensar que este momento es la vida en sentido pleno, sumergirse siempre de nuevo en la inmensidad del ser, a la vez que estamos desbordados simplemente por la alegría. En el Evangelio de Juan, Jesús lo expresa así: « Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará vuestra alegría » (16,22). Tenemos que pensar en esta línea si queremos entender el objetivo de la esperanza cristiana, qué es lo que esperamos de la fe, de nuestro ser con Cristo” (Spe Salvi, 12).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.