Una múltiple y abrumadora oferta de consumo

En su mensaje de Cuaresma de este año, el Papa nos llama a estar atentos al corazón frío, que se deja llevar por los falsos profetas y no se abre al amor de Dios. En ese camino, es bueno volver a reflexionar sobre cuáles son las causas que enfrían el amor y puede ser valioso recordar el nro. 2 de la exhortación apostólica Evangelii Gaudium:

“El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien. Los creyentes también corren ese riesgo, cierto y permanente. Muchos caen en él y se convierten en seres resentidos, quejosos, sin vida. Ésa no es la opción de una vida digna y plena, ése no es el deseo de Dios para nosotros, ésa no es la vida en el Espíritu que brota del corazón de Cristo resucitado”.

El problema del consumismo está en el centro de la preocupación del Papa Francisco. Ahora bien, mientras que el abordaje de este tema puede realizarse en clave de “cuestión social” (http://tiempodeevangelizar.org/?p=2940), en relación a la inequidad social (http://tiempodeevangelizar.org/?p=2949), o a la cultura del descarte (http://tiempodeevangelizar.org/?p=2951), remarcando las implicaciones económicas y sociales de una sociedad consumista, uno de los giros interesantes que ofrece el enfoque del Papa Francisco es que su denuncia del consumismo también apunta a la conversión de cada persona concreta, y en particular, de los creyentes. En efecto, el Papa como buen maestro espiritual, quiere interpelar los corazones para que no se enfríen en el amor activo a los demás.

Francisco no nos dice que el consumo sea un mal en sí mismo. Lo que nos dice es que tomemos conciencia que vivimos en un tiempo donde la oferta de consumo parece haberse salido de su cauce y ahora se presenta como “múltiple y abrumadora”. Y todos los días podemos comprobar esa tentación de “perder” el tiempo en cosas superfluas, a lo mejor divertidas, pero que nos distraen de lo esencial, que nos alejan de las personas que tenemos alrededor, que nos impiden descubrir las necesidades concretas y reales de los que nos rodean.

Es como si socialmente se impusiera una lógica de consumo y del entretenimiento que nos atrapa, nos cautiva y genera una conciencia aislada y autorreferencial. Esta lógica de a poco nos encierra en nuestras pequeñas comodidades y nos aísla de los demás y sus necesidades. Y bajo esta lógica de consumo, también las relaciones humanas terminan rigiéndose por el criterio del interés, del provecho. En el mensaje de Cuaresma 2018, el Papa advierte: “Cuántos se dejan cautivar por una vida completamente virtual, en que las relaciones parecen más sencillas y rápidas pero que después resultan dramáticamente sin sentido”.

En cambio, Dios quiere que entremos en una lógica distinta, la de la comunión. Comunión que comienza por descubrir su amor y desde ese amor revelado en Cristo, nace la urgencia por amar a los demás. Así, antes que el “consumo”, las relaciones bajo una lógica de comunión buscan el amor, el bien, que se realice el plan de Dios. En la lógica de la comunión disfrutamos de los bienes, hay espacio para la gratuidad y la celebración, para la alegría, pero ello viene dado por el amor de Dios que no instrumentaliza a nadie y que ayuda a que todo encuentren un sentido en su plan de salvación.

Entrar en comunión real con las personas que Dios nos pone a nuestro alrededor es una manera de romper la lógica abrumadora del consumo que nos encierra. Ello no es fruto de un esfuerzo personal, sino que es don de Dios. De allí que la salida pasa por descubrir que la única lógica que libera y plenifica es la que viene de Dios, quien ama apasionadamente a cada uno y nos invita a entrar en su comunión de amor, en Cristo Jesús. Si dejamos a Dios obrar en nosotros, descubriremos la plenitud de vida que viene de su amor y entonces no extrañaremos nada de la lógica del consumo, sino que viviremos la alegría del darse y recibir que sigue una lógica pascual.

Para entrar en esa lógica, el Papa nos pide que nos abramos a las necesidades concretas de los demás. Conectar con esas necesidades es un gran antídoto contra la lógica del consumo. En el otro que sufre descubro un hermano a quien Dios me envía para que le testimonie el amor. En el otro que sufre me siento urgido a poner en juego mis talentos para ayudarlo y que entre a participar de la comunión de Dios.

Cuaresma es un tiempo para revisar nuestro manejo del tiempo, nuestros hábitos cotidianos. ¡Con qué frecuencia nos descubrimos perdiendo muchas horas del día en tonterías o cosas banales! En Cuaresma, dedicar tiempo de calidad a la oración puede ser un antídoto ante la abrumadora oferta de consumo que nos distrae. En la oración, ponemos una pausa en la búsqueda frenética de lo útil o consumible y nos abrimos a la lógica de Dios y su plan de amor. En la oración, antes que estar buscando frenéticamente cuál es el próximo deseo a satisfacer, procuramos ponernos como hijos maduros en las manos del Padre para hacerle llegar nuestras inquietudes, pedir su ayuda para nosotros y los demás, y buscar su plan para nuestra vida.

Por cierto, también podemos caer en una visión consumista de lo religioso, como el mismo Papa advierte en otros pasajes de EG (http://tiempodeevangelizar.org/?p=2953). Por eso, para no caer en un intimismo aislado, la Iglesia nos invita a vivir la limosna y el ayuno, que también nos preparan para enfrentar mejor la oferta de consumo.  La limosna nos hace pensar en las necesidades de los demás y ofrecerles una ayuda concreta, renunciando a algo legítimo que podríamos consumir para darlo a los demás. El ayuno nos recuerda la primacía del ser sobre el tener, nos hace más sensibles a las carencias y nos mueve a ayudar a los que más lo necesitan. El ayuno tiene valor redentor cuando lo hacemos asociados a la Pascua de Cristo, porque reafirmamos que la muerte ya ha sido vencida. En tal sentido, ante el riesgo de un activismo consumista, el ayuno, especialmente asociado a la Eucaristía, brinda el sentido último a todos nuestros esfuerzos.

Ojalá en esta Cuaresma crezcamos en la vida de la gracia, para que respondamos con fidelidad a los grandes desafíos que nos plantea la cultura de nuestro tiempo y seamos buenos instrumentos del amor de Dios.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.