A propósito de interpretaciones mediáticas

Mucho se habla siempre sobre los dichos e intervenciones públicas del Papa y de altos funcionarios eclesiásticos. Y no siempre esos comentarios son atinados porque, en general, presentan una cierta ignorancia sobre la naturaleza de la Iglesia y de la función de quienes la orientan y pastorean.  Esos juicios o referencias serían más útiles si se elaboraran sobre la base de los criterios que rigen a la Iglesia. Pero, como no siempre es el caso, entonces muchas veces sólo confunden o sirven a dialécticas ideológicas o intereses diversos.

Comprendiendo la misión de la Iglesia. La Iglesia no es una organización cualquiera: no puede ser vista como una institución benéfica al estilo social, ni como un factor de poder, ni como una herramienta al servicio de los poderosos, ni como una bandera religiosa para concepciones ideológicas, ni como un elemento de discordia en la historia de la Humanidad. Consecuentemente, el Papa y los Obispos no pueden ser considerados como presidentes, o jefes de un partido político, ni siquiera como líderes sociales o comunicadores exitosos (o no).  Como dice el Papa Francisco en forma reiterada, la Iglesia no es una ONG (http://tiempodeevangelizar.org/?p=2842).

Quien así opine, estará perdiendo de vista la misión más importante de la Iglesia, que debería marcar y condicionar las actitudes de los hombres y mujeres de Iglesia: ser instrumento del amor apasionado de Dios que quiere que todos, en Cristo y comprendiendo el sentido verdadero de sus vidas, alcancen la comunión con Dios mismo y con sus hermanos, ya desde ahora y para siempre en la plenitud trinitaria.

Al servicio de este objetivo están todas las herramientas de que dispone la Iglesia: desde las más espirituales hasta las más materiales; desde el Derecho hasta las obras de caridad; desde los Sacramentos hasta la organización institucional; desde sus autoridades máximas hasta el último converso; desde la reivindicación del reconocimiento de la dignidad de todo hombre hasta su intermediación con los poderes humanos.

Y es por esta alta misión que la Iglesia ha reivindicado una justa autonomía; porque, si bien actúa en el mundo, sus criterios rectores no son los de las organizaciones seculares, lo cual no significa que se trate de parámetros opuestos, sino complementarios, e incluso muchas veces más exigentes. Esta realidad, dicha hasta el hartazgo, necesita ser comprendida y hecha carne por los hombres y mujeres de hoy, que ven cómo la Iglesia es sacudida con juicios y descalificaciones que tienen su raíz en la falta de comprensión de esa realidad última de la Iglesia.

Los riesgos. La misión para servir a la cual fue instituida la Iglesia es sumamente delicada; se encuentra en un puente delicado entre los estándares evangélicos y las pautas culturales epocales que condicionan la interpretación de las personas, cristianos y no cristianos. Esta misión debe teñir la manera del cristiano de mirar y encarar todas las realidades humanas: desde la relación personal con el hermano hasta la forma y el sentido de enseñar, de considerar el Derecho y las leyes, de aplicar sanciones, de ofrecer ayuda, de combatir la pobreza, de rescatar y poner siempre en primer plano la dignidad de todas las personas. La Iglesia no se guía (o no debería hacerlo) por criterios de adulación de los poderosos, ni por miedo a ser perseguida, ni por estándares de ganancias económicas, ni de prestigio, ni de estima social. Se guía (o debería guiarse) por la fidelidad radical a su misión, la cual muchas veces le ocasionará molestias, dolores, persecuciones y hasta el martirio.

Existe siempre un alto riesgo de incomprensión y malinterpretación, cuando no de interferir con pretensiones no tan desinteresadas. Pero la Iglesia no puede renunciar a ser fiel a la tarea que el mismo Señor le encomendó: ayudar a que todos los hombres en Cristo entren a participar de la comunión trinitaria.

Lógicamente, a los hombres y mujeres de Iglesia se les exige una mayor coherencia y la lupa de la observación mediática y la opinión pública nos sigue muy de cerca, presionando mucho más que a ciudadanos cualquiera, llevando a veces al borde de la resistencia humana a quienes están al frente del cuidado pastoral.

Fortalezas y debilidades. A estas dificultades se suma el hecho de que nadie, ni siquiera el Papa, es perfecto y, por consiguiente, siempre es posible cometer errores. La diferencia está en cómo éstos son asumidos, en tener la valentía y la humildad de pedir perdón e intentar reparar, y en cuán comprometida esté realmente nuestra intención en la búsqueda del bien de todas las personas.

Porque la verdad es que ni el Papa, ni los Obispos o los sacerdotes tienen -ni deberían tener- como el pilar de su formación al marketing o al manejo de la opinión pública o de las situaciones de crisis. Su fuerte está en otro lado: en el profundo conocimiento de la naturaleza humana desde la enseñanza de Cristo en los Evangelios, en la capacidad de perdonar todas las ofensas de manera absoluta y de no hacer de ninguna persona -por más complicada que sea su experiencia de vida- objeto de descarte, en la contemplación amorosa de todas las situaciones particulares, en el querer proporcionar un ámbito seguro e incondicional de misericordia y de perdón siempre y para todos, en la cercanía particular para con quienes más sufren.

Es según estos criterios que los cristianos seremos juzgados, en un juicio ultraterreno que contempla y considera las intenciones más profundas y las heridas más estigmatizantes. Y ésa -creo yo- es una de las razones por la que a veces se malinterpretan los comentarios y actitudes de quienes conducen a la Iglesia: porque, por un lado, ellos intentan mirar más allá de la visión meramente humana y, por otra parte, buscan incluir a todos en el abrazo final de la redención y del perdón final. Y no siempre estamos fácilmente dispuestos a dejar de lado consideraciones naturales para hacer primar la mirada sobrenatural, o a incluir en el derecho a la salvación hasta a aquella persona que me hirió de la manera más dolorosa e injusta.

La revelación final. Sin negar las luces y sombras de su presente y de su pasado, el largo y muchas veces arduo peregrinar de la Iglesia de Cristo en el mundo es para muchos un recordatorio permanente de que nuestro destino está más allá y que el sentido de nuestra vida no se cumple en esta tierra. Por más verdad que esto sea, quien predique algo así no puede menos que prepararse para ser dejado a un lado e incluso perseguido. Pero, al mismo tiempo, sabe que al final de los tiempos esta verdad aparecerá con claridad frente a toda la Humanidad redimida.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.