Los laicos y la consagración del mundo a Dios

Uno de los grandes aportes del Concilio Vaticano II a la tarea de renovación de la misión de la Iglesia fue la profundización de la vocación propia de los laicos en la Iglesia. Si releemos el capítulo IV de la Constitución Dogmática sobre la Iglesia “Lumen Gentium” (LG) dedicado a los laicos advertimos que, frente a algunas tendencias a definir a los laicos en un sentido negativo (los que no son clérigos), el Concilio señala que “a los laicos pertenece por propia vocación buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según Dios, los asuntos temporales” (n. 31).

Por supuesto, cómo deben los laicos realizar su misión es una cuestión amplia y compleja. En este breve comentario, quisiera llamar la atención sobre una de misiones del laico que señala LG: la “consagración del mundo” (n. 34).

Ya en el n. 31 de LG se anuncia que la misión de los laicos es participación -a su manera- de la función sacerdotal, profética y real de Jesucristo. Esta triple función se despliega luego en los nro. 34 (sacerdotal), 35 (profética) y 36 (real/servicio).

Con su característica cristocéntrica y trinitaria, LG comienza a hablar de la consagración del mundo a Dios a partir del Señor: “Cristo Jesús, Supremo y eterno sacerdote porque desea continuar su testimonio y su servicio por medio de los laicos, vivifica a éstos con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a toda obra buena y perfecta” (n. 34).

Y luego de diferenciar la misión propia de los clérigos, explica que “todas sus obras, preces y proyectos apostólicos [de los laicos], la vida conyugal y familiar, el trabajo cotidiano, el descanso del alma y de cuerpo, si se realizan en el Espíritu, incluso las molestias de la vida si se sufren pacientemente, se convierten en “hostias espirituales, aceptables a Dios por Jesucristo” (1 Pe 2,5), que en la celebración de la Eucaristía, con la oblación del cuerpo del Señor, ofrecen piadosísimamente al Padre. Así también los laicos, como adoradores en todo lugar y obrando santamente, consagran a Dios el mundo mismo” (n. 34).

¿Y la legítima autonomía de las realidades temporales?

A más de 50 años del Concilio no dejan de llamar la atención estas palabras. En efecto, es legítimo preguntarse: ¿En qué sentido pueden los laicos consagrar el mundo a Dios? ¿No es ello un avasallamiento de la autonomía de las realidades temporales?

Una lectura atenta de la Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el mundo actual “Gaudium et Spes” (GS) permite advertir la profunda coherencia que atraviesa a los documentos conciliares. En efecto, en el n. 36 GS dice: “Si por autonomía de la realidad se quiere decir que las cosas creadas y la sociedad misma gozan de propias leyes y valores, que el hombre ha de descubrir, emplear y ordenar poco a poco, es absolutamente legítima esta exigencia de autonomía. No es sólo que la reclamen imperiosamente los hombres de nuestro tiempo. Es que además responde a la voluntad del Creador”.

Pero el n. 36 termina con una firme aclaración: “Pero si autonomía de lo temporal quiere decir que la realidad creada es independiente de Dios y que los hombres pueden usarla sin referencia al Creador, no hay creyente alguno a quien se le oculte la falsedad envuelta en tales palabras. La criatura sin el Creador desaparece”.

El laico por su vocación secular vive en el corazón de esta tensión entre la legítima autonomía de las realidades temporales y la arrogante pretensión de construir el mundo sin Dios. Justamente por ello se vuelve indispensable redescubrir el sentido sacerdotal de la función laical, que no desmerece ni disminuye el compromiso por trabajar en las realidades humanas para ordenarlas según la dignidad de la persona y el bien común, sino que compromete a darles su sentido más hondo que es participar de la comunión trinitaria realizada en Cristo.

La purificación por la Pascua de Cristo

Además, esta dimensión “sacerdotal” se entronca con el sentido purificador de la fe ante la debilidad humana herida por el pecado. Lo reconoce el n. 37 de GS: “hay que purificar por la cruz y la resurrección de Cristo y encauzar por caminos de perfección todas las actividades humanas, las cuales, a causa de la soberbia y el egoísmo, corren diario peligro. El hombre, redimido por Cristo y hecho, en el Espíritu Santo, nueva criatura, puede y debe amar las cosas creadas por Dios. Pues de Dios las recibe y las mira y respeta como objetos salidos de las manos de Dios. Dándole gracias por ellas al Bienhechor y usando y gozando de las criaturas en pobreza y con libertad de espíritu, entra de veras en posesión del mundo como quien nada tiene y es dueño de todo: Todo es vuestro; vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios (I Cor 3,22-23)”.

¿Qué es consagrar?

Por eso, podemos decir que consagrar es trabajar para que todas las personas y todas las realidades se ordenen a dar gloria a Dios. Consagrar es darle a las tareas cotidianas, a las alegrías y tristezas, su sentido último y más perfecto. Consagrar es reconocer que no son nuestros esfuerzos los que realizan el plan de Dios, sino que es Dios operante en la historia quien obra poderosamente para que todos entremos en la comunión de amor de la Trinidad. Consagrar es reconocer que este mundo está llamado a una plenitud de vida en la Trinidad, que ya es posible experimentar en este tiempo a pesar de las limitaciones y el aparente poder del mal. Consagrar es tener fe en la Resurrección de Cristo que ya venció a la muerte y abre un horizonte de comunión y vida verdadera. Consagrar supone reconocer que es la Eucaristía el sacramento que “nos compromete en la realidad cotidiana para que todo se haga para gloria de Dios” (Benedicto XVI, Sacramentum Caritatis, n. 79).

Laicado y culto

Por supuesto, para vivir esta misión sacerdotal laical hace falta profundizar el sentido de la Eucaristía y reconocer que es un misterio en el que se realiza y consuma nuestra fe. Lo enseña GS en el n. 38: “El Señor dejó a los suyos prenda de tal esperanza y alimento para el camino en aquel sacramento de la fe en el que los elementos de la naturaleza, cultivados por el hombre, se convierten en el cuerpo y sangre gloriosos con la cena de la comunión fraterna y la degustación del banquete celestial”.

Ratzinger enfatiza la importancia de una teología del laicado que arranque “de la renovada teología y realidad del culto” (Obras Completas, BAC, Madrid, 2016, Tomo VII/2, p. 933). Enseña así: “La nueva teología del laicado, ofrecida por el Concilio, y la apertura al mundo, que ella entraña, no pueden consistir en que la Iglesia se transforme ahora de una comunidad espiritual, reunida en torno a la Palabra de Dios y al cuerpo del Señor, en una asociación para ayuda al desarrollo y mejora del mundo… La ‘utilidad’ de la Iglesia consiste realmente en que, superando y relativizando la región de lo simplemente útil, asegura al hombre la libertad de la esclavitud frente a lo simplemente útil. Esa libertad, en última instancia, puede ser dada sólo por la adoración, que no necesita responsabilizarse ante el metro de lo útil, porque Dios, para el que ella vale, es más que toda utilidad de este mundo. ‘Apertura al mundo’ por parte de la Iglesia significa, por consiguiente, que sea puesta de nuevo a la luz la común llamada y capacitación para el servicio de la adoración frente a una falsa clericalización… Apertura al mundo por parte de la Iglesia significa igualmente que el compromiso de los cristianos crezca y que sea haga más insistente y total; no que disminuya” (Id.).

Podemos concluir con el párrafo final del n. 39 de GS: “Pues los bienes de la dignidad humana, la unión fraterna y la libertad; en una palabra, todos los frutos excelentes de la naturaleza y de nuestro esfuerzo, después de haberlos propagado por la tierra en el Espíritu del Señor y de acuerdo con su mandato, volveremos a encontrarlos limpios de toda mancha, iluminados y trasfigurados, cuando Cristo entregue al Padre el reino eterno y universal: “reino de verdad y de vida; reino de santidad y gracia; reino de justicia, de amor y de paz”. El reino está ya misteriosamente presente en nuestra tierra; cuando venga el Señor, se consumará su perfección”.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.