La familia, un hospital donde los seres queridos enfermos reciben las caricias de Dios

Unas de las situaciones que ponen a mayor prueba a una familia es, sin dudas, cuando uno de sus integrantes tiene una enfermedad grave. Se trata de instancias de angustia y de dolor y que tienen el “plus” de ser vividas por seres queridos. Y aquí la afectividad de los vínculos incide de manera notable. Así, por ejemplo, para una mamá y un papá los malos síntomas de un hijo son experimentados con mayor preocupación que si alguno de ellos estuviera enfermo. O un cónyuge sufre con toda su alma, al pie de la cama, si su compañero de vida tiene un tumor terminal. Y de esta manera pueden enumerarse otras situaciones que la mayoría de las familias, en algún momento de sus historias, atraviesan…

Y es en estas experiencias en las que abunda el dolor, donde también abunda –valga la redundancia- el amor en las familias. ¡Cuánto bien hacen los cuidados de los padres, abuelos, hermanos, tíos, primos y amigos cercanos! Y qué decir, sobre todo, en aquellos lugares en el mundo en los que, a causa de escenarios de pobreza, no existen los hospitales o las salas sanitarias de emergencia. Allí las familias son, como enseña el Papa en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, verdaderos “hospitales de campaña”.

Es muy interesante, al leer el Evangelio, cómo Jesús cura y sana permanentemente a personas enfermas. De hecho, Él mismo durante su vida pública se presentó como quien vino a salvar al hombre de todo mal: físico y espiritual. Y, así, jamás pasó –y pasa- de largo entre quienes precisan alivio, consuelo y cuidados. El Señor actúa, se acerca con Misericordia y “toca” la realidad de los enfermos. No se detiene en conversaciones ni discusiones estériles sobre qué hacen los demás, sino que se compromete con quien sufre. Y esto es lo que les mandó a realizar a los discípulos.  Y lo que debe hacerse, en primera instancia, en los hogares.

Y sobre esto, Francisco dio una catequesis profunda y sencilla en la Audiencia General del 10 de junio de 2015: “Debemos tener bien presente en la mente lo que dijo (Jesús) a los discípulos en el episodio del ciego de nacimiento (Jn 9, 1-5). Los discípulos –con el ciego allí delante de ellos- discutían acerca de quién había pecado, porque había nacido ciego, si él o sus padres, para provocar su ceguera. El Señor dijo claramente: ni él ni sus padres; sucedió así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Y lo curó”. Y, a continuación, el Santo Padre subrayó la actitud que deben tener los cristianos en sus familias y con aquellas que tienen personas enfermas: “He aquí la tarea de la Iglesia. Ayudar a los enfermos, no quedarse en habladurías, ayudar siempre, consolar, aliviar, estar cerca de los enfermos; esta es la tarea”.

Enfermedad y vínculos familiares

Es cierto que en situaciones de enfermedad, a veces, surgen dificultades. La convivencia puede crisparse. Y los índices de tolerancia y sensibilidad pueden agudizarse, a causa de la debilidad y fragilidad humanas. Pero también es preciso señalar que constituyen, en el contexto de la tensión de la prueba, una oportunidad para fortalecer los vínculos familiares y crecer en ellos. ¡Y qué importante es, en este sentido, el ejemplo que los adultos pueden dar en las familias a los chicos! Las actitudes de cercanía y compromiso con los seres queridos débiles deben ser parte fundamental de la educación de los hijos, nietos o sobrinos. Como bien enseñó el Papa en la misma Audiencia mencionada, “una educación que deja de lado la sensibilidad por la enfermedad humana aridece el corazón”. Y otro tanto para los adolescentes y jóvenes, quienes precisan de este tipo de ejemplos para desarrollar hábitos de empatía con quienes sufren y no quedar, así, anestesiados ante el dolor de aquéllos –o en momentos en que la vida les ofrece experiencias límites-.

Qué gran riqueza es poder detenerse con el corazón ante aquellas madres que van a trabajar con pocas horas de sueño, luego de una noche larga por quedarse cerca de sus hijos con fiebre. O en aquella situación en que una abuela permanece en un hospital junto a su marido, que está frágil y en el final de su vida. O en aquellos papás que, contra el ritmo natural de la vida, abrazan a su pequeño que enfrenta una enfermedad irreversible. ¡Es en estas situaciones donde está el Amor de Dios! ¡Y no hay mejor antídoto y consuelo para los enfermos que el del amor que Jesús! ¡Ese amor que les brinda a través de la familia! Son las caricias de Dios.

El 11 de febrero de 2018 se celebrará, como todos los años, la Jornada Mundial de los Enfermos. Y la comunidad cristiana sabe que a las familias que tienen personas enfermas no se las puede dejar solas. Se las debe acompañar, en clave bergogliana, “familia a familia”. Y una de las maneras, junto con las visitas y gestos concretos, es el de la oración. ¡Recemos, en preparación a esta Jornada, por todos aquellos que precisan alivio y consuelo! ¡Y también por quienes alivian y consuelan!

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Pedro Crespi

Periodista. Posgraduado en Conducción de Recursos Humanos. Director de ONG (amplia experiencia en gerenciamiento y desarrollo de Programas de Responsabilidad Social y gestión de comunicaciones externas e internas). @pcrespi78