Poner en el centro a la Caridad. 1ra Jornada Mundial de los Pobres

Para comenzar viene bien recordar lo que san Agustín nos decía respecto a las lámparas encendidas: El aceite de las mismas significa algo grande, muy grande. ¿No será acaso la caridad? (cfr. SAN AGUSTÍN, Sermón 93, 5). Poner en el centro a la caridad nos vincula y compromete con el Día Mundial de los Pobres, el cual responde a una fuerte intuición del Papa Francisco en el sentido de que, al clausurarse el Año Santo de la Misericordia, esta Jornada se manifestará en toda la Iglesia como una última señal de dicho Año Santo, y como la mejor preparación para la fiesta de Cristo Rey, quien no vino a ser servido sino a servir (cfr. MT. 20, 28).

Cuando corremos el riesgo de considerar como superado todo lo referente a las llamadas obras de misericordia, el Papa nos invita, como escribe en su Mensaje del 13 de junio pasado, a recibir la mano extendida de los pobres hacia nosotros como una llamada a no encerrarnos en nuestras propias certezas y comodidades (cfr. n. 3), siempre desde el espíritu de la parábola lucana del buen samaritano, aprendiendo “a detenernos” y a “ser compasivos ante toda miseria humana”, como pide la Oración para el Sínodo de la Arquidiócesis de Buenos Aires.

El Papa Francisco, en su Mensaje arriba mencionado, traza como objetivo de esta 1ª Jornada Mundial de los Pobres “en primer lugar, estimular a los creyentes para que reaccionen ante la cultura del descarte y del derroche, haciendo suya la cultura del encuentro” (n. 6): ¡cuánta vigencia y actualidad tiene este llamado de Francisco en medio de nuestra, a veces, sociedad fragmentada y agrietada! Además, somos movilizados a compartir con los pobres cualquier gesto solidario que se encarne como signo de fraternidad (cfr. n. 6), iluminados por la parábola de los talentos de este domingo, en la que Jesús nos convoca a administrar los dones que nos son regalados, para ser administrados generosamente según nuestra capacidad (cfr. MT. 25, 15).

Los pobres “nos muestran de modo sobrio, y con frecuencia alegre, lo importante que es vivir con lo esencial y abandonarse a la providencia del Padre”, nos dice el Papa en el n. 7 de su Mensaje, lo que nos interpela a vivir una auténtica pobreza de espíritu en el camino de las Bienaventuranzas, no presentándonos ante Dios como si fuéramos sus socios en pie de igualdad, reclamando la compensación correspondiente a nuestra aportación, sino como personas que aceptamos con sencillez lo que Dios nos da, presentándonos, como santa Teresita, con las manos vacías y abiertas hacia Él (cfr. BENEDICTO XVI, Jesús de Nazaret, p. 103-104), con los talentos dispuestos en la convicción de que lo que hacemos con uno de nuestros hermanos más pequeños lo hacemos con el mismo Jesús (cfr. MT. 25, 40).

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