La moral cristiana, camino de plenitud

No pocas veces los creyentes experimentamos la tarea de vivir la moral cristiana como algo desproporcionado y que supera nuestras fuerzas. Otras veces descuidamos esta importante dimensión de la vida, como si fuera algo secundario o irrelevante frente a la importancia decisiva de la fe. En todo caso, siempre es uno de los desafíos más importantes del crecimiento y maduración cristiano el procurar conformar toda la vida con el plan de Dios y con su amor.

Parte de la dificultad para encarar esta dimensión fundamental de la vida cristiana se encuentra en una visión legalista de los mandamientos. Se trata de un peligro sobre el que nos advertía san Juan Pablo II en su encíclica Veritatis Splendor (6 de agosto de 1993).

El gran Papa que condujo a la Iglesia al siglo XXI comienza este documento profético con un comentario al pasaje evangélico del joven rico. Así, cuando el joven responde a Jesús señalando que ya cumple los mandamientos, el Papa llama la atención sobre esa respuesta:

“Aunque el joven rico sea capaz de dar una respuesta tal; aunque de verdad haya puesto en práctica el ideal moral con seriedad y generosidad desde la infancia, él sabe que aún está lejos de la meta; en efecto, ante la persona de Jesús se da cuenta de que todavía le falta algo. Jesús, en su última respuesta, se refiere a esa conciencia de que aún falta algo: comprendiendo la nostalgia de una plenitud que supere la interpretación legalista de los mandamientos, el Maestro bueno invita al joven a emprender el camino de la perfección: «Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dáselo a los pobres, y tendrás un tesoro en los cielos; luego ven, y sígueme» (Mt 19, 21)” (Veritatis Splendor, n. 16).

Esta breve cita nos permite comprender algunos aspectos centrales de la moral cristiana.

Los mandamientos tienen un valor fundamental en el camino cristiano y, a su vez, tienen que ser vividos correctamente. Ese es el trasfondo de la expresión de san Juan Pablo II: interpretación legalista. Es legalista la interpretación que vive los mandamientos como una represión y los asume como una carga, o incluso una sanción, que Dios impone al hombre.

Alertar sobre una interpretación legalista no significa que los mandamientos no deban ser cumplidos. Por el contrario, se trata de vivirlos en plenitud. “Los mandamientos indican al hombre el camino de la vida eterna y a ella conducen” (VS, 12). Y sigue san Juan Pablo: “Los mandamientos constituyen, pues, la condición básica para el amor al prójimo y al mismo tiempo son su verificación. Constituyen la primera etapa necesaria en el camino hacia la libertad, su inicio” (VS, 13).

Los mandamientos nacen de la alianza de Dios con el hombre y revelan el plan de amor de Dios. De allí que sean ese primer paso en el camino moral. Ahora bien, ese camino tiene su expresión más plena en la configuración con Jesús, porque es Jesús, el Hijo de Dios, el modelo de hombre. En Jesús el hombre descubre el sentido mismo de su existencia. Ante Jesús, se abre un horizonte nuevo y plenificante, que supera esa visión legalista y nos señala la plenitud del amor que se entrega.

Jesús lleva a cumplimiento los mandamientos de Dios —en particular, el mandamiento del amor al prójimo—, interiorizando y radicalizando sus exigencias: el amor al prójimo brota de un corazón que ama y que, precisamente porque ama, está dispuesto a vivir las mayores exigencias. Jesús muestra que los mandamientos no deben ser entendidos como un límite mínimo que no hay que sobrepasar, sino como una senda abierta para un camino moral y espiritual de perfección, cuyo impulso interior es el amor (cf. Col 3, 14)” (VS, 15).

Así, la moral cristiana no es el fruto de un puro esfuerzo ascético personal, sino que es un camino de progresiva configuración con Jesús por la acción del Espíritu Santo en nuestra vida. Esa configuración con Jesús no desconoce los mandamientos, sino que propone cumplirlos como camino que nos lleva a superar nuestros límites  y entrar en el dinamismo del amor de Dios. Es un camino que comienza descubriendo la “nostalgia de plenitud” que anida en nuestro corazón y que nace del encuentro con Jesús. Es camino que conduce a la configuración con Jesús para entrar en el dinamismo de amor trinitario.

En definitiva, se trata de descubrir al amor como plenitud de la ley. Se trata de vivir la gracia, como la participación del cristiano en la vida misma de Dios por el don del Espíritu Santo en nuestros corazones.

La vida moral se descubre entonces conectada con toda la experiencia cristiana. Enraizada en la fe, celebrada en los sacramentos, vivida en la gracia, y sostenida con la fuerza de la oración.

Dios nos conceda vivir así y emprender el camino de la santidad.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.