“Y la red se llenó de peces…”

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Pbro. Leandro Bonnin

Escrito por un sacerdote de la Arquidiócesis de Paraná, este libro juega, ya desde su título, con los dos sentidos del término “red”: la que se echa al agua para pescar; y las redes virtuales, alrededor de las cuales “nadan” también los peces.

Al leer estas páginas, uno nota la fuerte impronta apostólica del autor. Evidentemente su deseo es que la red vuelva a llenarse de peces, y para ello nos hace partícipes de su experiencia cotidiana, la que comparte también a través de las redes sociales.

El libro, a mi entender, tiene la virtud de hacer dialogar la Fe con episodios propios de la vida cotidiana, que nos pueden pasar a todos si tenemos la mirada y el corazón disponibles para comprenderlo. En pocas páginas, se barajan principios teológicos de honda densidad. Así, uno palpita cómo la Fe se puede vivir cada día sin necesidad de grandes estudios ni declamaciones. Sólo hace falta la capacidad de hacer trascendente cada momento, por ordinario que parezca, superando la trivialidad aparente de lo cotidiano para entrar en la eternidad. Y al revés, entrar en lo cotidiano con la mirada fresca de quien ha contemplado el sentido.

Quizás uno de los desafíos más peligrosos para el cristiano de hoy sea la vivencia rutinaria de la propia vida. La rutina, el conformismo, la progresiva pérdida de la capacidad de ahondar en cada momento para encontrarle su especial sentido sobrenatural. Y, poco a poco, la desconexión de la Fe con lo cotidiano. Y claro, como lo cotidiano y lo ordinario es muchas veces lo único que vivimos –no vivimos nada demasiado extraordinario-, si la Fe está lejos de eso, entonces no vivimos la Fe. Y esa desconexión entre la Fe y la vida diaria nos cala hasta los huesos, y nos hace personas distintas, más frías y distantes, menos reflexivas, con menos capacidad para descubrir las necesidades del otro y los llamados de Dios. No nos vamos a asombrar ante el amor de Dios, por más que lo declamemos los domingos en Misa, porque en realidad no lo habremos descubierto.

En una época en la cual el discurso racional pierde peso, reemplazado por la atracción estética y el discurso autorreferencial, el autor intenta presentar imágenes, pinceladas, vivencias, historias… En un mundo tan autorreferencial y amante de los relatos con los que podamos identificarnos, este libro nos presenta pequeñas historias. Porque la vida misma de la Iglesia se teje con el hilo de las cotidianas historias personales y comunitarias de los fieles. Aprovechando esta característica del mundo de hoy, el autor intenta (con éxito) reconducir esa necesidad de “escape” hacia Dios.

Así, como se titula una de las partes del libro, podremos decir que “lo cotidiano se vuelve mágico”, podremos vivir a fondo los encuentros con los demás, podemos extraer grandes lecciones del fútbol y demás deporte. El libro nos ayuda también a asumir con naturalidad y sentido los tiempos litúrgicos, desde la propia vivencia del tiempo que tenemos nosotros.  Adviento, Navidad, Cuaresma, Semana Santa, Pascua, son “recreados” también desde lo cotidiano, con esa pedagogía propia del Señor que nos va conduciendo desde lo que conocemos hasta lo que no conocemos, y que en realidad nunca conoceremos del todo, pero nos deja siempre con el gusto de lo incompletamente conocido y con el anhelo de conocer a fondo.

No podía faltar en el libro una reflexión sobre la Iglesia en nuestros tiempos. Pero es una reflexión que se pone al margen de disputas ideológicas tan comunes hoy. El autor destaca la misión de la Iglesia de ser lugar de refugio  de descanso, capaz de recordar al hombre su llamado más profundo y, por lo tanto, de hacerse eco de sus anhelos (el autor expresa ese anhelo varias veces a través de “metáforas culinarias”). Y, vinculado con la reflexión sobre la Iglesia, el autor comparte algunos aspectos de su vocación, sobre todo aspectos de gratitud y de gozo por el llamado. La alegría por el llamado y por el don de haber sido capaz de responder a la “vida apasionante” que implica ser “un cura de verdad”, es decir, Otro Cristo, y seguir al Señor con radicalidad sirviendo a los demás, ser Maestro, Sacerdote y Pastor.

El capítulo sobre “Mandinga”, con un lenguaje coloquial y campechano intenta “desenmascarar” la acción concreta del demonio en la vida de los hombres. Sin prácticamente darnos cuenta, hoy vivimos esta acción casi en lo cotidiano. Los cuatro sencillos relatos de este capítulo nos ayudan a desarrollar la capacidad de percibirlo y de no dejarnos engañar.

El anteúltimo capítulo, dedicado a la Patria, toca algunas problemáticas sociales, siempre para dejarnos alguna reflexión: la violencia y el miedo, la sexualidad desfocada y el amor mal entendido, y la temática de la mujer.

Finalmente, como no podía ser de otra manera, María, “la mujer más hermosa del  mundo”, a quien el autor invoca con filial confianza.

Es éste un libro “eclesial”: palpita con la Iglesia, con sus necesidades y sus desvelos, con sus luces y sus sombras. Si tuviera que privilegiar algún fragmento de esta obra, y con esto quisiera terminar, elegiría aquel que dice:  “Hoy Jesús necesita muchos ‘obedientes’, que, sin impacientarse, sin esperar resultados inmediatos, trabajando callados, gambeteando las dudas y tentaciones que puedan aparecer, sigan adelante, llevando agua a las tinajas… hasta llenarlas, hasta el momento en que el Señor quiera realizar su milagro”.

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