La misericordia como pauta para la credibilidad de la Iglesia: la  mirada del Papa ante la inminencia del Jubileo

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En la Bula de convocatoria el Jubileo que se iniciará el próximo 8 de diciembre, el Papa coloca a la misericordia como pauta de credibilidad para la Iglesia.

Francisco sostiene con vehemencia que “la tentación de pretender siempre y solamente justicia ha hecho olvidar que ella es el primer paso, necesario e indispensable”, pero la Iglesia “necesita ir más lejos para alcanzar una meta más alta y más significativa”. Esta meta se materializa con el redescubrimiento del perdón, sin el cual “queda sólo una vida infecunda y estéril, como si se viviese en un desierto desolado”. El perdón nos permite “retornar a lo esencial para hacernos cargo de las debilidades y dificultades de nuestros hermanos”. El Papa insta a la Iglesia a que, con su lenguaje y sus gestos, transmita la misericordia “para penetrar en el corazón de las personas y motivarlas a reencontrar el camino de vuelta al Padre”.

El Pontífice pone particular empeño en aclarar la relación entre la justicia y la misericordia, tantas veces equivocadamente opuestas en la actualidad. Justicia y misericordia no se oponen; por el contrario, se trata de un único momento “que se desarrolla progresivamente hasta alcanzar su ápice en la plenitud del amor”. Es preciso entender que el papel de la justicia en la sociedad civil, entendido como respeto a un orden jurídico a través del cual se aplica la ley constituye un mínimo en la relación entre los hombres. Es un primer paso, necesario, pero llamado a ser superado por la vivencia de la misericordia y de perdón, verdaderamente liberadora. Absolutizar la visión de la justicia que tiene cada sociedad, respetable en sí misma, conduce a olvidar la verdadera dignidad y vocación de todas las personas, aquella que siguen teniendo aún quienes delinquen. No es el hombre la mera suma de sus faltas -aunque “quien se equivoca deberá expiar la pena”-, sino un ser llamado a vivir en plenitud el amor del Padre y la fraternidad con los demás seres humanos.

Por eso Jesús mismo se hace cargo de buscar a los pecadores “para ofrecerles el perdón y la salvación”. En cada hombre -varón y mujer- hay un hijo de Dios y un hermano nuestro. En todos ellos esta realidad divina y salvífica prima sobre la multitud de sus pecados. Por eso, dice el Papa, “el reclamo a observar la ley no puede obstaculizar la atención por las necesidades que tocan la dignidad de las personas”. Se comprende así, continúa Francisco, que “en presencia de una perspectiva tan liberadora y fuente de renovación, Jesús haya sido rechazado por los fariseos y por los doctores de la ley”. Y se comprende también que esta visión de la Justicia que la Iglesia intenta reflejar y reproducir en la relación con los fieles pecadores no sea comprendida por la justicia del mundo, limitada cada vez más a la marginación y al desentendimiento social de la persona que delinque y a la pretensión de una reparación que generalmente es imposible y que sólo se alcanza verdaderamente en el perdón sanador que, aunque cueste tremendamente, cuando se da con autenticidad restablece la fraternidad entre ofendido y ofensor, por más grave que esta ofensa haya sido. ¿Quién no ha vivido alguna vez -de un lado o de otro- la inesperada y extraordinaria experiencia de liberación interior que produce el acontecimiento del auténtico perdón? Dolor y gozo, grandeza y miseria, humanidad y divinidad se mezclan y amalgaman para generar ese absoluto misterio que engendra la reconciliación.

En la vivencia de este don se nos va la vida, como se fue la vida de tantos santos y de la Iglesia toda. Pero también en esta vivencia la existencia adquiere una dimensión sobrenatural. Por eso no nos extrañemos de que una mezquina visión de la justicia se rebele contra el testimonio interpelante de la misericordia cristiana. Porque, como dice Francisco, “la justicia por sí misma no basta, y la experiencia nos enseña que apelando solamente a ella se corre el riesgo de destruirla”. Dios engloba y supera la justicia “en un evento superior donde se experimenta el amor que está a la base de una verdadera justicia”.  Dios nos dé fortaleza para testimoniar hasta el fin este don en la vida de la Iglesia.

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