El Papa y las culturas femeninas

El sábado 7 de febrero pasado, el Papa pronunció un largo discurso a los participantes de la Asamblea Plenaria del Pontificio Consejo para la Cultura, que concluían cuatro debates sobre el tema “Las culturas femeninas: igualdad y diferencia”.

Si bien la Iglesia tiene muchos y muy interpelantes textos sobre las mujeres, la agenda del Pontificio Consejo para estos días de reflexión asumió de manera muy directa una temática de la mayor actualidad. El borrador de trabajo, en efecto, desarrolló una tarea estructurada en cuatro etapas temáticas. La primera, titulada “Entre igualdad y diferencia: a la búsqueda de un equilibrio”, encara la justa demanda de formas de conciliar la vida profesional y los compromisos familiares de las mujeres. Asume la existencia de dos extremos peligrosos de este proceso: la uniformidad y la marginación, extremos entre los que se debate hoy la subjetividad femenina. Se denuncia, sin embargo, que la neutralidad no es una salida a esta encrucijada, sino que se convierte en “una forma de despotismo, y nos hace salir de lo humano”. El texto lleva a preguntarse por las raíces de la desigualdad radical que se ha generado entre varones y mujeres, por la cuestión del “género”, por la posibilidad de ofrecer las categorías de “reciprocidad” y “complementariedad” como clave de lectura e itinerario posible de vida, y por el lenguaje más apropiado para hacer comprensible la visión cristiana sobre el varón y la mujer.

La segunda etapa temática, “La ‘generatividad’ como código simbólico”, fue utilizada para abordar la especial relación de la mujer y de su cuerpo con la vida. Relación que se plasma en los debates actuales sobre la subrogación de vientres y la fecundación asistida, pero que no se agota en el hecho físico de dar la vida, sino que “puede expresarse en cualquier relación y en todo momento, entre los cuales se menciona la promoción de una vida buena; la impronta femenina en la familia, en los lugares de la educación, de la atención médica, de la información y de la empresa. Se advierte que esta disposición femenina está “en la base de un futuro plenamente humano, baluarte contra la involución de la especie humana”, que hoy corre el riesgo de cultivar “sin armonía la lógica de la competición y del poder”. El borrador de trabajo se pregunta si hoy se reconoce el papel central de las mujeres en la sociedad y en la Iglesia.

La tercera etapa temática aborda la cuestión de “El cuerpo femenino: entre cultura y biología”. Se parte de la base de que “el cuerpo representa, en sentido cultural y biológico, simbólico y natural, el lugar de la propia identidad. Es sujeto, medio, espacio del desarrollo y de la expresión del yo, lugar de convergencia de racionalidad, psicología, imaginación, funcionalidad natural y tensión ideal”. Se encara la cuestión de las cirugías estéticas como “una de las muchas posibles manipulaciones del cuerpo que exploran sus límites respecto al concepto de identidad”. Así también se mencionan situaciones y patologías como la dismorfofobia, los trastornos de la alimentación y la depresión, la prostitución, la explotación, la violencia doméstica y la discriminación. Se encara el “feminicidio”, como homicidio de la mujer “en cuanto mujer”, el aborto selectivo, el infanticidio, las mutilaciones genitales, los matrimonios forzados, la trata de mujeres y demás flagelos. Se denuncia especialmente el daño de la manipulación por parte de los medios de comunicación, que han hecho arraigar en la cultura la explotación del cuerpo femenino con fines comerciales. El texto propone con fuerza la necesidad de promover “una cultura de la convivencia entre varones y mujeres, conscientes de que el mundo está confiado a unos y otras en igual medida”. A partir de la interpelación que hoy genera el “horizonte científico”, el texto termina preguntándose si “un escenario donde se engendra sin tener en cuenta el cuerpo, sobre todo femenino, donde la llamada a la existencia de un ser humano acontece sin relación, primero con los padres y después entre madre e hijo, ¿no significa una deriva hacia el cuerpo como productor y no como engendrador?”.

La cuarta etapa temática, “Las mujeres y la religión: ¿fuga o nuevas formas de participación en la vida de la Iglesia?”, indaga sobre la existencia de un anuncio kerigmático para las mujeres “que no se reduzca a una visión moralista”, sino que considere “la nueva conciencia de sí que han adquirido las mujeres”. El texto afirma que, en Occidente, “las mujeres de edad entre 20 y 50 años van menos a misa, optan cada vez menos por el matrimonio religioso, pocas siguen todavía una vocación religiosa y en general muestran una cierta desconfianza hacia la capacidad formativa de los hombres de religión”. Y se pregunta por qué una presencia tan grande de mujeres en la Iglesia no ha incidido en sus estructuras: “¿qué es lo que no funciona hoy, cuando la imagen de mujer que tienen los hombres de Iglesia en general no corresponde ya a la realidad?”. No se discute el sacerdocio femenino, pero se pide superar la instancia “de calificar automáticamente toda petición femenina con la etiqueta de feminismo”. Entonces, “¿qué espacios se proponen a las mujeres en la vida de la Iglesia?”. “¿Nos hemos preguntado qué tipo de mujer necesita hoy la Iglesia (…) o se les entregan modelos ya elaborados que no responden a sus expectativas o responden a preguntas hoy superadas?”.

 

El discurso del Papa Francisco

El Papa en su discurso ha hecho un llamamiento a buscar “un equilibrio que sea armónico, no sólo balanceado” entre varones y mujeres. Y ha puesto en guardia contra la constitutiva debilidad de las ideologías para tratar este tema. Con lucidez, Francisco constata que hoy hemos superado varios modelos de relación entre varón y mujer: el de la subordinación social de la mujer al hombre es uno de ellos, aunque este modelo “no ha agotado nunca del todo sus efectos negativos”. También el ideal “de la simple y pura paridad, aplicada mecánicamente, y de la igualdad absoluta”. Actualmente, reflexiona el Pontífice, se ha configurado cada vez con más fuerza “un nuevo paradigma: el de la reciprocidad en la equivalencia y en la diferencia”.

Francisco ha reconocido que las mujeres “saben encarnar el rostro tierno de Dios, su misericordia, que se traduce en disponibilidad a donar tiempo más que a ocupar espacios, a acoger en lugar de excluir”. También se refirió con dolor al hecho de que el cuerpo femenino, símbolo de vida, “lamentablemente no pocas veces es agredido y estropeado también por parte de aquellos que deberían ser sus custodios y compañeros de vida”. Y no faltó la mención avergonzada a “las tantas formas de esclavitud, de mercantilización, de mutilación del cuerpo de las mujeres”, que impulsan “a trabajar para vencer esta forma de degradación que lo reduce a puro objeto para ser vendido en varios mercados”, y a ser víctima de la cultura del descarte.

Finalmente, el Pontífice reflexionó sobre “la urgencia de ofrecer espacios a las mujeres en la vida de la Iglesia”, así como sobre el rol insustituible de la mujer en la familia y la fuerza genuina que, para la vida de todas las personas, representan “las dotes de delicadeza, sensibilidad particular y ternura, de las cuales es rico el espíritu femenino”.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.