La Iglesia reflexiona a fondo sobre la realidad familiar

Iglesia y familia: una relación entrañable. El bienestar de la familia ha estado siempre en el corazón del pensamiento social de la Iglesia. Como célula básica de la sociedad, la familia fue desde el principio del Cristianismo la realidad social privilegiada y cuidada por excelencia. La Iglesia fue en todo momento consciente de la notable repercusión que ella tiene en todas las realidades humanas. Por esto, la crisis que desde hace decenios golpea a esta institución lleva a la Iglesia a sentirse interpelada en sus presupuestos más fundamentales.

En el último Sínodo, a lo largo de tres semanas obispos y laicos de todo el mundo se han reunido para encarar las problemáticas familiares actuales, intentando volver a encontrar un canal para que la Iglesia pueda conmover con el mensaje evangélico a las familias. El texto final del Sínodo ha sintetizado los puntos principales de los debates e intercambios.

Se han escuchado y leído versiones encontradas sobre lo que se dijo en el Sínodo. Se ha hablado de distintas “líneas” de la Iglesia, y de votaciones con más o menos manos alzadas. Evidentemente la crisis familiar golpea a la Iglesia y a la transmisión de la fe en lo más sensible; de allí cierto desconcierto frente a las actitudes a adoptar y las medidas a desarrollar. Pero, más allá de toda interpretación, debería prevalecer un sentido de auténtica preocupación y solicitud, que cada cual asume como mejor puede, siempre de buena fe.

En esta nota quisiéramos simplemente brindar al lector un breve resumen de los puntos emitidos en la relación final del Sínodo, y de opiniones expresadas con más o con menos vehemencia.

Qué dijo realmente el Sínodo. A pesar de que, en repetidas ocasiones, la relación se ha referido con gratitud y esperanza a todas las familias que responden a su vocación y misión cristianas con fidelidad y generosidad, los Padres sinodales también han reconocido los importantes desafíos que enfrenta el modelo evangélico de familia en la actualidad.

Uno de los principales obstáculos denunciados ha sido el individualismo contemporáneo, que hace a las personas vivir en clave egoísta, y no las ayuda a alcanzar la madurez. La misión eclesial de ayudar a los matrimonios para la maduración emocional y el desarrollo afectivo en un espíritu de virtud y de confianza en el amor misericordioso de Dios, adquiere un enorme valor en este contexto, sobre todo sabiendo que “el compromiso pleno que requiere el matrimonio cristiano puede representar un fuerte antídoto frente a la tentación de un individualismo egoísta”.

La relación final subraya el hecho de que la familia y el matrimonio han sido redimidos por Cristo, restaurados a imagen de la Santísima Trinidad, misterio del cual fluye todo verdadero amor. Por lo tanto, es de Cristo y a través de la Iglesia que el matrimonio y la familia reciben la gracia necesaria para testimoniar el amor y vivir la vida de comunión. Sólo en la fe es posible asumir los bienes del matrimonio como deberes sostenibles mediante la ayuda de la gracia del sacramento.

Sin embargo, en orden a una aproximación pastoral hacia las personas que viven una situación matrimonial no del todo regular, los obispos se proponen profundizar frente a ellas en la pedagogía divina de la gracia en sus vidas, para ayudarlas a alcanzar la plenitud del plan de Dios.

Al referirse a los fieles que rompen en vínculo matrimonial, el texto reafirma su pertenencia a la Iglesia, pero también recalca su necesidad de una atención pastoral misericordiosa y alentadora, que distinga adecuadamente las situaciones.

El texto afirma que hoy se requiere una nueva sensibilidad pastoral, que reafirme la fidelidad al Evangelio de la familia, “reconociendo que la separación y el divorcio son siempre una herida que provoca profundos sufrimientos a los cónyuges que la viven y a los hijos”. Estos nuevos caminos pastorales que recomiendan los Padres sinodales deberían partir “de la efectiva realidad de las fragilidades familiares, sabiendo que ellas, a menudo, son más padecidas con sufrimiento que elegida en plena libertad”. Así, “cuando los esposos experimentan problemas en sus relaciones, deben poder contar con la ayuda y la compañía de la Iglesia”, aprendiendo que la pastoral de la caridad y la misericordia tiende a la recuperación de las personas y las relaciones, y no a su condena: “saber perdonar y sentirse perdonado es una experiencia fundamental en la vida familiar”.

El Sínodo ha prestado una especial atención al acompañamiento de las familias monoparentales, de manera particular a la ayuda de las mujeres que deben llevar solas el hogar y los hijos. Alienta a las personas divorciadas no vueltas a casar “a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado”. Al reflexionar sobre la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar accedan a los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía, el documento afirma que “este eventual acceso debería estar precedido de un camino penitencial bajo la responsabilidad del Obispo diocesano”. Se admite, sin embargo, que la cuestión requiere una mayor profundización todavía.

Una afirmación particularmente incisiva del documento ha sido que en el origen de la crisis del matrimonio y de la familia hay en el fondo una crisis de la fe. Consecuencia de esta crisis sería la interrupción frecuente de la transmisión de la misma fe de los padres a los hijos.

Un tema que los Padres sinodales han marcado con particular insistencia ha sido el referido a la necesidad de una mejor preparación de los novios para asumir el sacramento del matrimonio: “El matrimonio cristiano es una vocación que se recibe con una preparación adecuada en un itinerario de fe, con un discernimiento maduro, y no se considera sólo como una tradición cultural o una exigencia social o jurídica (…). Es necesario recordar la importancia de las virtudes. Entre ellas la castidad resulta condición precios apara el crecimiento genuino del amor interpersonal. Sobre esta necesidad, los Padres sinodales han estado de acuerdo en destacar la exigencia de un mayor compromiso de toda la comunidad privilegiando el testimonio de las mismas familias, además de una radicalización de la preparación al matrimonio en el camino de iniciación cristiana, subrayando el nexo del matrimonio con el bautismo y los demás sacramentos”.

Cómo sigue el camino. En octubre de 2015 se reunirá nuevamente el Sínodo sobre la familia. Esta vez se tratará del Sínodo ordinario, para el cual el que acaba de concluir sirve de preparación. Que el texto aprobado de la Relatio se constituya en un material de reflexión para toda la Iglesia, a fin de que todos los fieles podamos acercarnos a las actuales heridas de la familia con una actitud de empatía y de docilidad a los caminos que muestre el Espíritu Santo.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.