La misericordia en el matrimonio y la familia

La misericordia divina puede considerarse como uno de los ejes centrales de la Iglesia en este inicio del nuevo milenio, como lo ha dicho reiteradamente el Papa Francisco. Así, también se espera que sea uno de los ejes de la reflexión durante el próximo Sínodo de los Obispos sobre “Los desafíos pastorales de la familia en el contexto de la nueva evangelización” que se realizará en Roma en octubre de 2014.

La pastoral de la misericordia: Parecen perfilarse dos grandes destinatarios del llamado a ser misericordiosos como el Padre es misericordiosos. Por un lado, se constata un creciente pedido para que la Iglesia misma sea “misericordiosa” ante la debilidad humana y que la misericordia acompañe los procesos y situaciones difíciles e irregulares. Este enfoque prima, a mi entender, en el Instrumentum Laboris que se ha dado a conocer y que menciona a la misericordia como nota de una nueva pastoral desde la parroquia entendida como “familia de familias” (n. 46). Igualmente se habla del Evangelio de la misericordia proclamado por la comunidad cristiana ante “las familias particularmente vulnerables” (n. 79), como eje central de la pastoral familiar ante “las situaciones pastorales difíciles” (n. 80). Se menciona la misericordia ante el caso de personas divorciadas en una nueva unión (n. 92 y 94) y para acompañar a los hijos de quienes han sufrido un fracaso matrimonial (n. 103). Sin embargo, no nos enfocaremos en este tema en estas breves reflexiones.

La misericordia al interior de la familia: Los otros destinatarios del llamado a la misericordia son los esposos y los miembros de la familia. En efecto, en el Instrumentum Laboris se recuerda cómo el Papa Francisco “en sus encuentros con las familias, estimula siempre a mirar con esperanza el propio futuro, recomendando aquellos estilos de vida a través de los cuales se cuida y se hace crecer el amor en la familia: pedir permiso, agradecer y pedir perdón, sin dejar jamás que el sol se oculte sobre un litigio o una incomprensión, sin tener la humildad de excusarse” (Premisa del Instrumentum Laboris). Sin embargo, este segundo llamado a la misericordia “al interior de las familias” no vuelve a hacerse presente con tanta fuerza durante el resto de ese documento preparatorio.

Una comunión que se construye desde el perdonar y el ser perdonado: quizá sea el Evangelio de la misericordia el más decisivo principio que anime a la vida matrimonial y familiar. En la convivencia cotidiana, en la que nos mostramos con nuestras virtudes y defectos, es imposible evitar que haya roces, discusiones, faltas mutuas. Tal experiencia de vulnerabilidad y, en definitiva, de la condición pecadora propia de todo hombre, nos interpela. Así, la gracia del sacramento y la fuerza del amor cristiano, ofrecen una nueva perspectiva ante ese mal presente en la cotidiana vida: nos señalan que el perdón mutuo es camino de reconciliación, es el dinamismo propio que tiene todo amor verdadero.

En el perdón mutuo, los miembros de la familia llevan unos las cargas de los otros. El que ofende, al pedir perdón, se humilla como pide Jesús y ablanda su corazón contra el orgullo. El que perdona, se identifica con Dios mismo que nos perdonó en Jesús y configura su corazón con la blandura del amor. Recordemos que Jesús, cuando tiene su polémica con los fariseos sobre el matrimonio, reprocha “la dureza de corazón” (Mt 19, 8).

La misericordia, antídoto contra los profetas de la ruptura: la disposición a perdonar y ser perdonado también edifica al matrimonio cuando arrecian las dificultades. En este sentido, en muchos lugares, se ha generado una generalizada mentalidad que suele aconsejar a los esposos la ruptura ante la primera dificultad, ante la primera adversidad. ¡Qué distinto es el camino de la misericordia! Es un camino que invita a poner la otra mejilla, a perdonar, a pedir perdón, a agradecer, a dar una nueva oportunidad, a reconocer que todos somos débiles y pecadores y que todos necesitamos el perdón de Dios.

En definitiva, se trata de vivir cotidianamente al interior de las familias la invocación cotidiana del Padre Nuestro: “perdónanos nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.