San Ignacio de Loyola, un hombre obediente a Dios

El 31 de julio la Iglesia celebra la memoria de San Ignacio de Loyola, quien nació en el País Vasco y vivió entre 1491 y 1556. Militar de profesión, abandonó la milicia de los Tercios españoles, después de ser herido en una hazaña guerrera durante el cerco de Pamplona. Fundó, en 1534, la Compañía de Jesús que, desde un comienzo, buscó la expansión y el crecimiento del Reino de Dios: pastores, misioneros, teólogos, educadores fueron impulsados por el espíritu apostólico y misionero de San Ignacio.

Para recordar a este santo, proponemos unas palabras pronunciadas por el Papa Juan Pablo II en Loyola en 1982:

“Al hablar de San Ignacio en Loyola, cuna y lugar de su conversión, vienen espontáneamente a la memoria los ejercicios espirituales, un método tan probado de eficaz acercamiento a Dios, y la Compañía de Jesús, extendida por todo el mundo, y que tantos frutos ha cosechado y sigue haciéndolo, en la causa del Evangelio.

El supo obedecer cuando, recuperándose de sus heridas, la voz de Dios golpeó con fuerza en su corazón. Fue sensible a las inspiraciones del Espíritu Santo, y por ello comprendió qué soluciones requerían los males de su tiempo. Fue obediente en todo instante a la Sede de Pedro, en cuyas manos quiso dejar un instrumento apto para la evangelización. Hasta tal punto que esta obediencia la dejó como uno de los rasgos característicos del carisma de su Compañía.

Acabamos de escuchar en San Pablo: “Sed imitadores míos, como yo lo soy de Cristo…; como procuro yo agradar a todos en todo, no buscando mi conveniencia, sino la de todos para que se salven”.

Estas palabras del Apóstol podemos ponerlas en boca de San Ignacio hoy también, a distancia de siglos. En efecto, el carisma de los fundadores debe permanecer en las comunidades a las que han dado origen. Debe constituir en todo tiempo el principio de vida de cada familia religiosa. Por ello, justamente ha indicado el último Concilio: “Reconózcanse y manténganse fielmente el espíritu y propósitos propios de los fundadores, así como las sanas tradiciones, todo lo cual constituye el patrimonio de cada instituto”.

Desde esa fidelidad a la propia vocación peculiar dentro de la Iglesia, vivida en el espíritu de adaptación al momento presente según las pautas que establece el mismo Concilio, cada instituto podrá desplegar las múltiples actividades que son más congeniales a sus miembros. Y podrá ofrecer a la Iglesia su riqueza específica, armónicamente conjuntada en el amor de Cristo, para un servicio más eficaz al mundo de hoy” (Juan Pablo II, Loyola, 6 de noviembre de 1982).

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