La espiritualidad cristiana: entre el intimismo y el activismo

En un mundo dominado fuertemente por intereses materiales, la idea de “espiritualidad” gana terreno como si fuera el último baluarte de la “humanidad”, como un clamor en medio de tanto materialismo. Así, se habla de un cierto renacer de lo espiritual o religioso, como lo hacía el querido y recordado Siervo de Dios Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte: “¿No es acaso un « signo de los tiempos » el que hoy, a pesar de los vastos procesos de secularización, se detecte una difusa exigencia de espiritualidad, que en gran parte se manifiesta precisamente en una renovada necesidad de orar?” (NMI, 33).

Pues bien, no siempre tal renacer “espiritual” responde a las verdades más hondas del ser humano y al plan de Dios. En efecto, muchos conciben la “espiritualidad” como espacio de “liberación” de la opresión de los intereses, como lugar de lo “inmaterial”, como huida o rechazo de lo “material”. Otros tienden a ver lo espiritual como “interioridad reflexiva”, un retiro a lo profundo del “yo”, un “abismarse” en la propia subjetividad para allí encontrarse con una cierta “divinidad”. En estas visiones, “espiritualidad” equivale a una experiencia intimista que se “aparta” del mundo, al que “condena”, del que quiere liberarse o que es “tolerado” como un mal necesario.

No pocas veces, tales visiones de la espiritualidad penetran la mentalidad e informan la experiencia de muchos cristianos, que conciben su vida fragmentada: por un lado, el mundo, con sus “pecaminosos” intereses materiales que hay que tolerar y, por otro lado, la espiritualidad, un “oasis” en el camino, un paraíso al que “fugarse” para “estar bien”. En tales experiencias, la concepción sobre la espiritualidad cristiana tiene una influencia decisiva en la vida concreta, de tal modo que la persona concibe su “religiosidad” como escindida del compromiso social y cultural, como una “fuga” o “espacio” de bienestar y paz que no compromete otros aspectos de la vida, que son tolerados mientras dura esta “peregrinación”.

Por otro lado, otra concepción errada de espiritualidad es aquélla que aparece en personas bien intencionadas en la búsqueda de un accionar personal y comunitario que se oriente al bien común, a la justicia, la paz y la reconciliación, pero que colocan todas sus esperanzas en un mero “hacer pragmático”, casi “voluntarista”, confiado en las propias fuerzas humanas.

Para esta tendencia, la “espiritualidad” se da por supuesta, acentuándose la dimensión de despliegue hacia el mundo de la persona, pero con el riesgo de que tal despliegue no nazca de una fuerza interior o dinamismo de amor que lo impulsa y le da un horizonte. De esta forma, la espiritualidad queda reducida a un vago sentimiento religioso, a un conjunto de prácticas privadas o a una simple “escala de valores”.

Esta tendencia se verifica, por un lado, en ciertas experiencias voluntaristas, que viven lo religioso como mandato o imperativo ético, y por otro, en algunas formas de diálogo interreligioso que vacían tal diálogo de una identidad clara y terminan produciendo una gran confusión entre religiones, como si lo único que importara fuera el “ponerse de acuerdo” en hacer el bien, ser buena persona y realizar la justicia. Una primacía de lo “natural” por sobre lo “sobrenatural” se encuentra en el fondo de esta forma deformada de “espiritualidad”.

A mi entender, muchas veces estas visiones incurren en una suerte de visión algo simplista de la realidad, ingenua, que no “calcula” ni logra responder a las múltiples y complejas situaciones de vida y a las fuertes tentaciones que acechan a los que se proponen trabajar por el bien común. Benedicto XVI recoge algo de estas dificultades en su encíclica Deus Caritas est, cuando propone la fe como fuerza purificadora de la razón en la realización de la justicia, pues “para llevar a cabo rectamente su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar totalmente” (DCE, 28). Así, la fe “es una fuerza purificadora para la razón misma. Al partir de la perspectiva de Dios, la libera de su ceguera y la ayuda así a ser mejor ella misma. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio” (DCE, 28).

Entre estas tendencias, desde FUNDAR, nos sentimos llamados creemos que es oportuno volver a presentar la riqueza de la espiritualidad cristiana. Ella es encuentro con la persona de Cristo, configuración con Él, identificación con sus mismos sentimientos. Dios, comunión de personas, quiso hacer al hombre partícipe de esa misma comunión en la persona de Jesucristo. Por eso, la vida cristiana es encuentro con Jesús y en Jesús encuentro con la Trinidad.

La espiritualidad cristiana nace, además, del don del Espíritu, que obra en nuestro corazón, “nos guía a la verdad completa”.

Así, “espiritualidad” es la vida toda animada por el Espíritu Santo, la vida toda animada por el dinamismo del Espíritu.

Esta espiritualidad cristiana resuelve plenamente muchas de las tensiones que hemos presentado anteriormente. En efecto, la espiritualidad cristiana ofrece a la persona una síntesis vital que une contemplación y acción, oración y misión, comunión y encarnación. Dentro de esta visión, podemos reflexionar sobre algunos ejes claves para vivir a fondo la espiritualidad cristiana:

  • Encuentro real con la divinidad y no meramente ilusorio o psicológico, en el encuentro con la persona de Jesucristo.
  • Dinámica de amor y de encuentro, que colma el corazón de sentido y de paz.
  • Dinámica de amor y de entrega, que lanza a la persona hacia los demás, para compartir el don.
  • Experiencia religiosa comunitaria, en la dinámica de fraternidad propia de la Iglesia, que no encierra en los horizontes pequeños de la propia individualidad sino que nos abre a una rica convivencia con diferentes vocaciones y personalidades.
  • Fuerza del Espírítu Santo, por tanto opuesta al voluntarismo.
  • Confianza en la cooperación humana con la gracia y por tanto, valoración de la libertad personal y la responsabilidad en la respuesta de amor al Dios que se revela y comunica
  • Espiritualidad de la salvación, que coloca a la experiencia de dolor en el horizonte redentor de Jesucristo.
  • Espiritualidad de la plenitud, que colma el anhelo de felicidad que posee el corazón humano.

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