El Sagrado Corazón de Jesús, símbolo del amor divino y humano de Cristo

El culto al Sagrado Corazón de Jesús tiene una rica tradición en la Iglesia Católica y en tal tradición ocupa un lugar muy relevante la Encíclica Haurietis Aquas del Papa Pío XII sobre el Culto al Sagrado Corazón de Jesús que fue publicada en Roma el 15 de mayo de 1956 a los 100 años del decreto de Pío IX donde se extendía a todo el mundo el culto al Sagrado Corazón de Jeús.

La encíclica comienza con la fundamentación teológica, asumiendo las dificultades y objeciones que se han puesto al culto al Sagrado Corazón y respondiendo a las mismas con la doctrina de los papas. La encíclica explica los fundamentos del culto y recurre al Antiguo Testamento. El segundo capítulo de la encíclica aborda este culto en el Nuevo Testamento y la Tradición, incluyendo a los Santos Padres. La encíclica se detiene en el amor divino y humano de Jesús y en su corazón físico, y habla del símbolo del triple amor de Cristo (Haurietis Aquas, n. 15): “es considerado el corazón del Verbo Encarnado como signo y principal símbolo del triple amor con que el Divino Redentor ama continuamente al Eterno Padre y a todos los hombres.

a) Es, ante todo, símbolo del divino amor que en El es común con el Padre y el Espíritu Santo, y que sólo en El, como Verbo Encarnado, se manifiesta por medio del caduco y frágil velo del cuerpo humano, ya que en «El habita toda la plenitud de la Divinidad corporalmente»” .

b) “Además, el Corazón de Cristo es símbolo de la ardentísima caridad que, infundida en su alma, constituye la preciosa dote de su voluntad humana y cuyos actos son dirigidos e iluminados por una doble y perfectísima ciencia, la beatífica y la infusa”.

c) “Finalmente, y esto en modo más natural y directo, el Corazón de Jesús es símbolo de su amor sensible, pues el Cuerpo de Jesucristo, plasmado en el seno castísimo de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, supera en perfección, y, por ende, en capacidad perceptiva a todos los demás cuerpos humanos”.

El tercer capítulo trata de la contemplación del amor del Corazón de Jesús, con especial referencia a la Eucaristía, a su Madre Santísima María, y a la Cruz. También se refiere a la Iglesia y los sacramentos, a la fiesta de la Ascensión, a Pentecostés. Se refiere al Sagrado Corazón como “símbolo del amor de Cristo”, “cuando adoramos el Corazón de Jesucristo, en él y por él adoramos así el amor increado del Verbo divino como su amor humano, con todos sus demás afectos y virtudes, pues por un amor y por el otro nuestro Redentor se movió a inmolarse por nosotros y por toda la Iglesia, su Esposa” (n. 24).

El cuarto capítulo hace un recorrido por la historia del Culto del Sagrado Corazón, refiriéndose a los Santos y en especial a Santa Margarita María, quien “merece un puesto especial”, “porque su celo, iluminado y ayudado por el de su director espiritual —el beato Claudio de la Colombiere—, consiguió que este culto, ya tan difundido, haya alcanzado el desarrollo que hoy suscita la admiración de los fieles cristianos, y que, por sus características de amor y reparación, se distingue de todas las demás formas de la piedad cristiana” (n. 26).

En tal recorrido, se detiene en el decreto de Clemente XIII del año 1765 y el de Pío IX quien el 23 de agosto de 1856 “extendió a toda la Iglesia la fiesta del Corazón Sacratísimo de Jesús y prescribió la forma de su celebración litúrgica”. Se refiere también a este Culto como un “culto en espíritu y en verdad” y como “la más completa profesión de la religión cristiana”. Concluye con un capítulo V dedicado al “Sumo aprecio por el culto al Sagrado Corazón de Jeús” exhortando a que “con creciente entusiasmo cuidéis de promover esta suavísima devoción, pues de ella han de brotar grandísimos frutos también en nuestros tiempos”. Pide la difusión de este culto, especialmente ante las penas de la Iglesia, y considera a este culto como “Providencial”. En el final, señala que para que esta devoción “produzca más copiosos frutos de bien en la familia cristiana y aun en toda la humanidad, procuren los fieles unir a ella estrechamente la devoción al Inmaculado Corazón de la Madre de Dios” (n. 36).

Dice Joseph Ratzinger: “en la encíclica [Haurietis Aquas] todo se orienta hacia el misterio de la Pascua. Pero en ella se hace visible el fundamento sobre el cual se encuentra el misterio pascual, qué relaciones ontológicas y psicológicas le sirven de presupuestos: la relación de cuerpo y espíritu, de logos, espíritu y cuerpo, que el Logos encarnado transforma en una ‘escalera’ por la que nosotros podemos avanzar contemplando, sintiendo y experimentando. Todos nosotros somos Tomás, el incrédulo. Pero todos nosotros podemos tocar el corazón de Jesús abierto, expuesto, y allí tocar, sentir, contemplar al Logos mismo, y así, con los ojos y las manos puestas en ese Corazón, confesar: ‘¡Mi Señor y mi Dios!'” (Ratzinger, Joseph, Miremos al Traspasado, Fundación San Juan, Rafaela, 2007, p. 68).

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