“Les conviene que yo me vaya”: la Ascensión del Señor

Cuarenta días después de la Pascua, la Iglesia celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor. Así, luego de aparecerse a sus discìpulos Jesús Resucitado asciende a los cielos y vuelve al Padre. Sin embargo, en el Evangelio de Juan, Jesús nos dirá “les digo la verdad: les conviene que yo me vaya, porque si no me voy, el Paráclito no vendrá a ustedes. Pero si me voy, se lo enviaré (Jn 16, 7).

Explica este misterio el Catecismo de la Iglesia Católica:

“Con esto, el Señor Jesús, después de hablarles, fue elevado al Cielo y se sentó a la diestra de Dios” (Mc 16, 19). El Cuerpo de Cristo fue glorificado desde el instante de su Resurrección como lo prueban las propiedades nuevas y sobrenaturales, de las que desde entonces su cuerpo disfruta para siempre (cf. Lc 24, 31; Jn 20, 19. 26). Pero durante los cuarenta días en los que él come y bebe familiarmente con sus discípulos (cf. Hch 10, 41) y les instruye sobre el Reino (cf. Hch 1, 3), su gloria aún queda velada bajo los rasgos de una humanidad ordinaria (cf. Mc 16,12; Lc 24, 15; Jn 20, 14-15; 21, 4). La última aparición de Jesús termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube (cf. Hch 1, 9; cf. también Lc 9, 34-35; Ex 13, 22) y por el cielo (cf. Lc 24, 51) donde él se sienta para siempre a la derecha de Dios (cf. Mc 16, 19; Hch 2, 33; 7, 56; cf. también Sal 110, 1)” (Catecismo, n. 659).

Igualmente, nos enseña el Catecismo que la Ascensión es una fiesta de esperanza:

“Jesucristo, cabeza de la Iglesia, nos precede en el Reino glorioso del Padre para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos en la esperanza de estar un día con Él eternamente” (CATIC, 666).

Explica Joseph Ratzinger que la Ascensión, lejos de entristecer a los discípulos como podía esperarse, los colmó de alegría pues ellos sabían que Jesús permanecía con ellos “hasta el fin del mundo” (Mt 28,20): “La alegría de los discípulos después de la «ascensión» corrige nuestra imagen de este acontecimiento. La «ascensión» no es un marcharse a una zona lejana del cosmos, sino la permanente cercanía que los discípulos experimentan con tal fuerza que les produce una alegría duradera”.

Así, en la Ascensión nos dirigimos a Jesús con esperanza por llegar un día a estar junto a la Trinidad en la comunión perfecta de amor, pero también con la confianza de los hijos que saben que el Maestro sigue presente entre nosotros de un modo nuevo pero real, en su Iglesia, en los sacramentos y sobre todo en la Eucaristía. Y también es tiempo de alegría porque Jesús nos promete el Espíritu Santo. Justamente, en esta etapa final del tiempo pascual, la Iglesia nos invita a renovar nuestra petición del Espíritu Santo, para que sea el que nos guíe a la verdad completa (Jn 16,13) y para que nos llene del amor de Dios que tanto necesita el mundo.

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