“Felices los que trabajan por la paz”: un documento mal interpretado

Desde que la Asamblea Plenaria del Episcopado dio a conocer su documento “Felices los que trabajan por la Paz”, los medios de comunicación han difundido interpretaciones, especulaciones y comentarios prácticamente en una sola dirección: la Iglesia estaría enfrentando al gobierno, acusándolo como culpable de los fenómenos de inseguridad y violencia que aquejan a toda la sociedad argentina.

Sin embargo, quien lea atenta y desprejuiciadamente todo el documento podrá comprobar que no es así necesariamente. Los Obispos se limitan a hacer un llamamiento general al compromiso por la paz social, y este llamamiento está dirigido a todos los argentinos, desde el lugar propio de cada uno. No se acusa a nadie, sino que se nos interpela a todos. Esto incluso se explicita en el número 4 del documento, donde se afirma que “no nos ayuda culpar a los demás”. Si es por buscar culpas, todos tenemos alguna cuota. Pero no es trata de eso, sino de ver el problema lúcidamente, en toda su gravedad. Desideologizadamente, podríamos decir.

Porque la omnipresencia de la ideología en todos nuestros análisis, es un obstáculo para contemplar objetivamente la realidad y obrar en consecuencia. Se me podrá objetar que el ser humano no es capaz de considerar de esta manera las cosas, que siempre está nublado, influido, condicionado o determinado por concepciones previas de las cuales no puede salirse, ni tampoco sería bueno que saliera. Sin embargo, la falta de un criterio objetivo sobre la realidad necesariamente nos impide dialogar entre nosotros y tomar las medidas requeridas para solucionar los problemas que hubiera. De modo que, si nos cuesta adquirir una mirada objetiva, sería bueno que hiciéramos un esfuerzo para lograrlo.

En este sentido, el documento de los Obispos constituye una llamada de atención sobre una realidad que va más allá de cualquier ideología: “la Argentina está enferma de violencia” (n° 1); esto significa que estamos en una sociedad cada vez más violenta, y es bueno que tomemos conciencia de ello.

Esta violencia puede tener múltiples causas, y de hecho las tiene. La pobreza creciente de muchos sectores es una de ellas, así como también las diferencias sociales escandalosas. También la falta de educación (y no sólo de formación académica, sino de poder todos desarrollarnos como personas humanas). La crisis por la que atraviesa la familia es otra de las razones por las cuales se incrementa la violencia, así como también lo es un egoísmo extremo que nos lleva a no querer o no poder ponernos en el lugar de los demás para tratar de entendernos y ayudarnos mutuamente.

También son muchas las formas de la violencia, como advierten los Obispos: el miedo permanente, la creciente agresividad social, la violencia que ataca, lesiona y mata, la que es producto de la droga y del descontrol, la que adopta la expresión del enojo y la indignación de la población. También está la violencia de “las situaciones de exclusión social, de privación de oportunidades, de hambre y de marginación, de precariedad laboral, de empobrecimiento estructural de muchos”, así como “la desnutrición infantil, gente durmiendo en la calle, hacinamiento y abuso, violencia doméstica, abandono del sistema educativo, peleas entre “barrabravas” a veces ligadas a dirigentes políticos y sociales, niños limpiando parabrisas de los autos, migrantes no acogidos e, incluso, la destrucción de la naturaleza” (n° 3). Esta violencia se ve agravada por la corrupción pública y privada, “verdadero cáncer social” (n° 5). Especialmente se llama la atención hacia la promoción de “una dialéctica que alienta las divisiones y la agresividad” (n° 2). Porque “todo lo que atenta contra la dignidad de la vida humana es violación al proyecto de amor de Dios” (n° 3).

El camino que los obispos nos proponen para salir de esta espiral de violencia es que cada uno sane “sus propias violencias”. Y nos llaman la atención sobre la crisis por la que atraviesa la familia y el debilitamiento de los vínculos sociales.

En cuanto a los reclamos por los derechos, se dice que “deben ser firmes pero pacíficos, sin amenazas ni restricciones injustas a los derechos de los demás”. Y se piden “jueces y fiscales que actúen con diligencia, que tengan los medios para cumplir su función, y que gocen de la independencia, la estabilidad y la tranquilidad necesarias” (n° 6).

Los obispos llaman con insistencia a no acostumbrarnos a la violencia en ninguna de sus formas y manifestaciones. Está en juego la confianza entre los hombres y el tejido de las relaciones sociales.

Como vemos, el documento es vasto, amplio, y abarca prácticamente todas las realidades sociales. Las responsabilidades son múltiples, afectando no sólo a los sectores gubernamentales y políticos, sino a todos los argentinos. Interpretarlo sesgadamente implica no reconocer la buena fe de una institución que repetidas veces ha sido garantía de la paz social en nuestro país. La situación planteada es lo suficientemente grave como para no instrumentarla en aras de un discurso político determinado. Se requiere, por el contrario, la grandeza de dejar a un lado las diferencias para encarar un problema común. ¿Sabremos hacerlo? Para ello, en palabras de los Obispos, es necesario recurrir al vínculo de amor con Jesús vivo, que “cura nuestra violencia más profunda y es el camino para avanzar en la amistad social y en la cultura del encuentro” (n° 10).

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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