El consumismo y la inequidad social

Entre los nuevos desafíos sociales que se presentan en la actualidad se encuentra el consumismo. Así, junto con una tristeza individual por la insatisfacción, el consumismo genera un estilo de vida opulento que cierra el corazón ante las necesidades de los demás. De allí que la aproximación de la Iglesia al fenómeno del consumismo generalmente se centró en sus aspectos morales y en sus consecuencias para el desarrollo económico y social.

El consumo como problema moral: El consumo es un acto que debe ser controlado por la moral decía Juan Pablo II, porque sino conduce a enormes desigualdades y desequilibrios sociales. Y Benedicto XVI nos recordaba que “el consumo y todas las fases del proceso económico tienen ineludiblemente implicaciones morales” (Caritas in Veritate, 37). El consumismo conduce a encerrarse en una “conciencia aislada” como dice el Papa Francisco, y “cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien” (EG 2).

Consumismo y desigualdad social: este consumismo, que genera una tristeza individualista y que es un problema también de tipo moral, lleva a una profunda desigualdad social. Benedicto XVI denunciaba la inequidad en el desarrollo y la existencia de “un tipo de superdesarrollo derrochador y consumista, que contrasta de modo inaceptable con situaciones persistentes de miseria deshumanizadora” (Caritas in Veritate, 22).

El Papa Francisco también es muy claro al respecto: “Los mecanismos de la economía actual promueven una exacerbación del consumo, pero resulta que el consumismo desenfrenado unido a la inequidad es doblemente dañino del tejido social” (EG 60).

Consumismo y medio ambiente: Benedicto XVI también alertó sobre el impacto que el consumismo y el hedonismo tienen en el ambiente: “El modo en que el hombre trata el ambiente influye en la manera en que se trata a sí mismo, y viceversa. Esto exige que la sociedad actual revise seriamente su estilo de vida que, en muchas partes del mundo, tiende al hedonismo y al consumismo, despreocupándose de los daños que de ello se derivan. Es necesario un cambio efectivo de mentalidad que nos lleve a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un crecimiento común sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones»” (Caritas in veritate, 51).

Las asociaciones de consumidores: en este marco, Benedicto XVI llamaba la atención sobre la necesidad de educar a los consumidores: “la interrelación mundial ha hecho surgir un nuevo poder político, el de los consumidores y sus asociaciones. Es un fenómeno en el que se debe profundizar, pues contiene elementos positivos que hay que fomentar, como también excesos que se han de evitar. Es bueno que las personas se den cuenta de que comprar es siempre un acto moral, y no sólo económico. El consumidor tiene una responsabilidad social específica, que se añade a la responsabilidad social de la empresa. Los consumidores deben ser constantemente educados para el papel que ejercen diariamente y que pueden desempeñar respetando los principios morales, sin que disminuya la racionalidad económica intrínseca en el acto de comprar. También en el campo de las compras, precisamente en momentos como los que se están viviendo, en los que el poder adquisitivo puede verse reducido y se deberá consumir con mayor sobriedad, es necesario abrir otras vías como, por ejemplo, formas de cooperación para las adquisiciones, como ocurre con las cooperativas de consumo, que existen desde el s. XIX, gracias también a la iniciativa de los católicos. Además, es conveniente favorecer formas nuevas de comercialización de productos provenientes de áreas deprimidas del planeta para garantizar una retribución decente a los productores, a condición de que se trate de un mercado transparente, que los productores reciban no sólo mayores márgenes de ganancia sino también mayor formación, profesionalidad y tecnología y, finalmente, que dichas experiencias de economía para el desarrollo no estén condicionadas por visiones ideológicas partidistas. Es de desear un papel más incisivo de los consumidores como factor de democracia económica, siempre que ellos mismos no estén manipulados por asociaciones escasamente representativas” (Caritas in veritate, 66).

Esta relación entre consumismo y desarrollo económico refleja un problema más de fondo, que es la degradación de la persona que se considera creadora de sí misma: “El desarrollo de la persona se degrada cuando ésta pretende ser la única creadora de sí misma. De modo análogo, también el desarrollo de los pueblos se degrada cuando la humanidad piensa que puede recrearse utilizando los «prodigios» de la tecnología. Lo mismo ocurre con el desarrollo económico, que se manifiesta ficticio y dañino cuando se apoya en los «prodigios» de las finanzas para sostener un crecimiento antinatural y consumista. Ante esta pretensión prometeica, hemos de fortalecer el aprecio por una libertad no arbitraria, sino verdaderamente humanizada por el reconocimiento del bien que la precede. Para alcanzar este objetivo, es necesario que el hombre entre en sí mismo para descubrir las normas fundamentales de la ley moral natural que Dios ha inscrito en su corazón” (Caritas in Veritate, 68).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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