¿Viviendo un momento de cruz? La Eucaristía, lugar de redención

Los momentos de cruz son muy duros de sobrellevar. Una enfermedad, una muerte, la falta de trabajo, las dificultades al interior de una familia, son algunas de las situaciones que cotidianamente nos rodean y nos conmueven.

Como cristianos, cuando vivimos estas pruebas, nos acercamos de un modo especial a Jesús y su Pascua. Y una forma privilegiada de unirnos a Jesús en estos momentos es la Eucaristía, que tiene una poderosa fuerza redentora.

En la Eucaristía, Jesús renueva su Pascua, su muerte y Resurrección. Y es esa Pascua la única victoria definitiva sobre el mal y la muerte. Entonces, cuando vamos a Misa, no sólo “rezamos” o “recibimos” a Jesús en la comunión. Cuando vamos a Misa nos ofrecemos nosotros mismos con Jesús, con nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras entregas secretas y nuestras cruces cotidianas. Y cuando nos ofrecemos así en la Misa, cuando nos asociamos a Cristo con fe, entonces la Pascua de Cristo sigue operando y todo lo que hacemos adquiere un valor salvífico.

En medio de las pruebas, cuando todo parece oscuro, la serena confianza del triunfo de Jesús, al que nos asociamos mística y realmente en cada Misa, nos ofrece una esperanza segura, nos abre un horizonte de vida. Desde ya no podemos comprender cómo o cuándo o dónde Dios hará fructificar esa “pascua” que nos toca vivir. Pero podemos estar seguros que nos hemos unido a la Pascua misma de Jesús y que en ella tenemos una victoria.

Así lo expresa con densidad y hondura teológica Juan Pablo II:

“« El Señor Jesús, la noche en que fue entregado » (1 Co 11, 23), instituyó el Sacrificio eucarístico de su cuerpo y de su sangre. Las palabras del apóstol Pablo nos llevan a las circunstancias dramáticas en que nació la Eucaristía. En ella está inscrito de forma indeleble el acontecimiento de la pasión y muerte del Señor. No sólo lo evoca sino que lo hace sacramentalmente presente. Es el sacrificio de la Cruz que se perpetúa por los siglos. Esta verdad la expresan bien las palabras con las cuales, en el rito latino, el pueblo responde a la proclamación del « misterio de la fe » que hace el sacerdote: « Anunciamos tu muerte, Señor »…

Cuando la Iglesia celebra la Eucaristía, memorial de la muerte y resurrección de su Señor, se hace realmente presente este acontecimiento central de salvación y « se realiza la obra de nuestra redención ». Este sacrificio es tan decisivo para la salvación del género humano, que Jesucristo lo ha realizado y ha vuelto al Padre sólo después de habernos dejado el medio para participar de él, como si hubiéramos estado presentes. Así, todo fiel puede tomar parte en él, obteniendo frutos inagotablemente. Ésta es la fe de la que han vivido a lo largo de los siglos las generaciones cristianas. Ésta es la fe que el Magisterio de la Iglesia ha reiterado continuamente con gozosa gratitud por tan inestimable don. Deseo, una vez más, llamar la atención sobre esta verdad, poniéndome con vosotros, mis queridos hermanos y hermanas, en adoración delante de este Misterio: Misterio grande, Misterio de misericordia. ¿Qué más podía hacer Jesús por nosotros? Verdaderamente, en la Eucaristía nos muestra un amor que llega « hasta el extremo » (Jn 13, 1), un amor que no conoce medida” (Ecclesia de Eucharistia 11).

Dios quiera que aprendamos a vivir así la Eucaristía.

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