A un año de la renuncia del Papa Benedicto XVI

Perplejos, consternados, sorprendidos. Muchos otros adjetivos podrían describir las sensaciones que atravesaron el corazón de tantos cristianos a lo largo del mundo en la mañana del 11 de febrero de 2013, cuando la inmediatez de las redes sociales y la comunicación digital difundió con masiva rapidez la conmocionante noticia de la renuncia del Papa Benedicto XVI.

Hoy, a un año de su renuncia, descubrimos detrás de aquél gesto la Providente mano de Dios que nunca deja de acompañar a su Iglesia, aunque por momentos parezca que la somete a pruebas que superan sus fuerzas, como dice San Pablo a los Corintios: “Nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios. Estamos atribulados por todas partes, pero no abatidos; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no aniquilados” (2 Cor 4, 7-9).

Por un lado, porque la figura del Papa Benedicto XVI se ha agigantado al tomarse mejor dimensión de sus notables contribuciones a la renovación que la Iglesia necesita en este inicio del nuevo milenio:

  • el testimonio de su vida de oración y entrega, llevando sobre sus hombros la enorme misión de ser Sucesor de Pedro a una edad avanzada y con plena disponibilidad a Dios y su amor.
  • sus profundas enseñanzas teológicas que dinamizaron el compromiso cristiano en terrenos tan variados como una adecuada comprensión del Concilio Vaticano II como en la importancia y centralidad del encuentro con Cristo como punto decisivo de la experiencia cristiana (Deus Caritas est, 1).
  • sus decisiones en relación a temas importantes de renovación eclesial, como la lucha contra los abusos de algunos miembros del clero, la transparencia en las finanzas del Vaticano y la búsqueda de una nueva etapa evangelizadora de la Iglesia.
  • la fortaleza para sobrellevar traiciones en el más cercano círculo de colaboradores y una hostilidad por parte de medios de comunicación sesgados ideológicamente.
  • su notable humildad y sencillez de vida, testimoniada de forma elocuente en su renuncia, resultado de un profundo discernimiento ante Dios, con plena libertad y conciencia, que lo llevó a a la certeza de que, por la edad avanzada, ya no tenía “fuerzas para ejercer adecuadamente el ministerio petrino”.

Por el otro, porque la elección del papa Francisco y su renovada vitalidad como Sucesor de Pedro para conducir a la Iglesia a una nueva etapa evangelizadora, ha abierto una nueva oportunidad para la Iglesia, que no se basa en ceder a las seducciones del mundo consumista, sino que surge del don del Espíritu que siempre la guía y que despierta en los corazones un renovado entusiasmo por la sencillez de la fe en Cristo.

Igualmente, no podemos olvidar que la renuncia del Papa Benedicto se produjo inmediatamente antes del inicio de la cuaresma, y que todo el camino de penitencia y oración que la Iglesia transitó durante 2013 estuvo marcado, en todo el mundo, por una incesante súplica a Dios por la Iglesia y por el Sucesor de Pedro.

Así, podemos hoy volver a decir: ¡Gracias, Benedicto XVI, por tu testimonio de vida entregada a Dios! ¡Gracias, Francisco, por tu entusiasmo alegre y contagioso por renovar la Iglesia para una nueva misión! ¡Gracias, Dios Trino, por tu Providente amor que nunca deja de guiar a la Iglesia peregrina hasta la consumación de los tiempos!

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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