Dos formas de oración

Dos formas de oración sugeridas por el Papa Francisco

En su exhortación apostólica La alegría del Evangelio (Evangelii Gaudium –EG-), el Papa Francisco quiere lanzar a la Iglesia a una nueva etapa evangelizadora marcada por la alegría del encuentro con el amor de Dios que nos lleva a salir hacia los demás.

Este dinamismo evangelizador no se basa en nuestras propias fuerzas, sino que “en cualquier forma de evangelización el primado es siempre de Dios, que quiso llamarnos a colaborar con Él e impulsarnos con la fuerza de su Espíritu. La verdadera novedad es la que Dios mismo misteriosamente quiere producir, la que Él inspira, la que Él provoca, la que Él orienta y acompaña de mil maneras” (EG 12).

En esta exhortación, el Papa nos sugiere dos formas concretas de oración que pueden ayudarnos mucho a crecer en una vida cristiana decididamente misionera:

  • La lectio divina
  • La oración de intercesión

1. La lectio divina

En el capítulo III, al detenerse a considerar cómo preparar la predicación, el Papa dice que “hay una forma concreta de escuchar lo que el Señor nos quiere decir en su Palabra y de dejarnos transformar por el Espíritu. Es lo que llamamos «lectio divina»” (EG 152).

¿Qué es la “lectio divina”? dice el Papa: “Consiste en la lectura de la Palabra de Dios en un momento de oración para permitirle que nos ilumine y nos renueve”. Parte de una “lectura orante de la Biblia” “para tratar de descubrir qué le dice ese mismo mensaje a la propia vida” (EG 152).

¿Por dónde empezar la lectio divina? “La lectura espiritual de un texto debe partir de su sentido literal. De otra manera, uno fácilmente le hará decir a ese texto lo que le conviene, lo que le sirva para confirmar sus propias decisiones, lo que se adapta a sus propios esquemas mentales. Esto, en definitiva, será utilizar algo sagrado para el propio beneficio y trasladar esa confusión al Pueblo de Dios. Nunca hay que olvidar que a veces «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Co 11,14)” (152).

¿Qué preguntas hacer en la lectio divina? “En la presencia de Dios, en una lectura reposada del texto, es bueno preguntar, por ejemplo: «Señor, ¿qué me dice a mí este texto? ¿Qué quieres cambiar de mi vida con este mensaje? ¿Qué me molesta en este texto? ¿Por qué esto no me interesa?», o bien: «¿Qué me agrada? ¿Qué me estimula de esta Palabra? ¿Qué me atrae? ¿Por qué me atrae?»” (EG 153).

¿Qué tentaciones pueden presentarse al querer escuchar al Señor? Responde el Papa: “Una de ellas es simplemente sentirse molesto o abrumado y cerrarse; otra tentación muy común es comenzar a pensar lo que el texto dice a otros, para evitar aplicarlo a la propia vida. También sucede que uno comienza a buscar excusas que le permitan diluir el mensaje específico de un texto. Otras veces pensamos que Dios nos exige una decisión demasiado grande, que no estamos todavía en condiciones de tomar. Esto lleva a muchas personas a perder el gozo en su encuentro con la Palabra, pero sería olvidar que nadie es más paciente que el Padre Dios, que nadie comprende y espera como Él. Invita siempre a dar un paso más, pero no exige una respuesta plena si todavía no hemos recorrido el camino que la hace posible. Simplemente quiere que miremos con sinceridad la propia existencia y la presentemos sin mentiras ante sus ojos, que estemos dispuestos a seguir creciendo, y que le pidamos a Él lo que todavía no podemos lograr” (EG 153).

2. La fuerza misionera de la intercesión

En el capítulo V, al hablar de las motivaciones para la evangelización, señala el Papa que “hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión” (EG 281).

El ejemplo de San Pablo: el Papa pide que miremos “el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros […] porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7). Así descubrimos que interceder no nos aparta de la verdadera contemplación, porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño” (EG 281).

Agradecer a Dios por los demás: estar abiertos a los demás “se convierte también en agradecimiento a Dios por los demás” como en el mismo San Pablo: “«Ante todo, doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos vosotros» (Rm 1,8). Es un agradecimiento constante: «Doy gracias a Dios sin cesar por todos vosotros a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús» (1 Co 1,4); «Doy gracias a mi Dios todas las veces que me acuerdo de vosotros» (Flp 1,3). No es una mirada incrédula, negativa y desesperanzada, sino una mirada espiritual, de profunda fe, que reconoce lo que Dios mismo hace en ellos. Al mismo tiempo, es la gratitud que brota de un corazón verdaderamente atento a los demás. De esa forma, cuando un evangelizador sale de la oración, el corazón se le ha vuelto más generoso, se ha liberado de la conciencia aislada y está deseoso de hacer el bien y de compartir la vida con los demás” (282).

Dios se conmueve por la intercesión: el Papa termina recordando que “los grandes hombres y mujeres de Dios fueron grandes intercesores. La intercesión es como «levadura» en el seno de la Trinidad. Es un adentrarnos en el Padre y descubrir nuevas dimensiones que iluminan las situaciones concretas y las cambian. Podemos decir que el corazón de Dios se conmueve por la intercesión, pero en realidad Él siempre nos gana de mano, y lo que posibilitamos con nuestra intercesión es que su poder, su amor y su lealtad se manifiesten con mayor nitidez en el pueblo” (EG 283).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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