San Pablo, modelo de evangelizador para el Papa Francisco

En noviembre de 2013 el Papa Francisco presentó la exhortación apostólica Evangelii Gaudium (EG) que es una urgente llamada a cada cristiano, cada comunidad y la Iglesia toda a salir de sí para ir hacia los demás con el anuncio explícito del Evangelio de Jesucristo. En esa exhortación el Papa recurre frecuentemente a frases y ejemplos de San Pablo. Así, en la fiesta litúrgica de la conversión de San Pablo podemos ver en el Apóstol de las Gentes un gran modelo de lo que hoy necesita la Iglesia.

La urgencia por comunicar el Evangelio: el Papa Francisco quiere lanzar a la Iglesia a “comunicar” la experiencia de bien, verdad y belleza, y por eso nos recuerda que “quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien. No deberían asombrarnos entonces algunas expresiones de san Pablo: «El amor de Cristo nos apremia» (2 Co 5,14); «¡Ay de mí si no anunciara el Evangelio!» (1 Co 9,16)” (EG 9).

Conciencia de la propia debilidad y confianza en la gracia: entre las tentaciones de los agentes evangelizadores que el Papa Francisco presenta en el capítulo II se encuentra “la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados con cara de vinagre”. Ante esta tentación, el Papa contrapone el modelo de San Pablo: “Aun con la dolorosa conciencia de las propias fragilidades, hay que seguir adelante sin declararse vencidos, y recordar lo que el Señor dijo a san Pablo: «Te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad» (2 Co 12,9). El triunfo cristiano es siempre una cruz, pero una cruz que al mismo tiempo es bandera de victoria, que se lleva con una ternura combativa ante los embates del mal. El mal espíritu de la derrota es hermano de la tentación de separar antes de tiempo el trigo de la cizaña, producto de una desconfianza ansiosa y egocéntrica” (EG 85).

Un pueblo para todos: el Papa pone especial atención en el capítulo III en remarcar que “la salvación, que realiza Dios y anuncia gozosamente la Iglesia, es para todos, y Dios ha gestado un camino para unirse a cada uno de los seres humanos de todos los tiempos. Ha elegido convocarlos como pueblo y no como seres aislados. Nadie se salva solo, esto es, ni como individuo aislado ni por sus propias fuerzas. Dios nos atrae teniendo en cuenta la compleja trama de relaciones interpersonales que supone la vida en una comunidad humana. Este pueblo que Dios se ha elegido y convocado es la Iglesia” (EG 113). En este sentido, el Papa recuerda las palabras de San Pablo: en el Pueblo de Dios, en la Iglesia, «no hay ni judío ni griego […] porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús» (Ga 3,28) (EG 113).

Todo cristiano es misionero, sin excusas: así como la salvación de Dios quiere alcanzar a todos a través del pueblo que es la Iglesia, también nos dice el Papa en el capítulo III que “en virtud del Bautismo recibido, cada miembro del Pueblo de Dios se ha convertido en discípulo misionero (cf. Mt 28,19). Cada uno de los bautizados, cualquiera que sea su función en la Iglesia y el grado de ilustración de su fe, es un agente evangelizador, y sería inadecuado pensar en un esquema de evangelización llevado adelante por actores calificados donde el resto del pueblo fiel sea sólo receptivo de sus acciones” (EG 120). Nuevamente aquí el Papa pone como ejemplo a San Pablo, quien “a partir de su encuentro con Jesucristo, «enseguida se puso a predicar que Jesús era el Hijo de Dios» (Hch 9,20). ¿A qué esperamos nosotros?” (EG 120). Y luego vuelve sobre este ejemplo afirmando: “Nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo. El testimonio de fe que todo cristiano está llamado a ofrecer implica decir como san Pablo: «No es que lo tenga ya conseguido o que ya sea perfecto, sino que continúo mi carrera […] y me lanzo a lo que está por delante» (Flp 3,12-13)” (EG 121).

La importancia de predicar: al detenerse a considerar el tema de la “homilía” en el capítulo III, el Papa también recuerda la importancia que San Pablo otorgó a la predicación, “porque el Señor ha querido llegar a los demás también mediante nuestra palabra (cf. Rm 10,14-17)” (EG 136). Igualmente, hablando de la preparación de la predicación, recuerda el Papa las palabras de San Pablo: “«predicamos no buscando agradar a los hombres, sino a Dios, que examina nuestros corazones» (1 Ts 2,4)” (EG 149).

La vida cristiana como camino de crecimiento en el amor: al referirse a la necesidad de crecer y madurar en la fe en el capítulo III, el Papa otorga una centralidad a la vivir el mandamiento del amor. Recuerda a san Pablo, “para quien el precepto del amor no sólo resume la ley sino que constituye su corazón y razón de ser: «Toda la ley alcanza su plenitud en este solo precepto: Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Ga 5,14). Y presenta a sus comunidades la vida cristiana como un camino de crecimiento en el amor: «Que el Señor os haga progresar y sobreabundar en el amor de unos con otros, y en el amor para con todos» (1 Ts 3,12)” (EG 161).

Pablo, modelo de acompañamiento personal: cuando el Papa se refiere al crecimiento en la fe de los evangelizadores en el capítulo III, quiere invitar con fuerza a un acompañamiento espiritual. Pero no quiere que ese acompañamiento sea “intimista, de autorrealización aislada” (EG 173), sino que “el auténtico acompañamiento espiritual siempre se inicia y se lleva adelante en el ámbito del servicio a la misión evangelizadora. La relación de Pablo con Timoteo y Tito es ejemplo de este acompañamiento y formación en medio de la acción apostólica. Al mismo tiempo que les confía la misión de quedarse en cada ciudad para «terminar de organizarlo todo» (Tt 1,5; cf. 1 Tm 1,3-5), les da criterios para la vida personal y para la acción pastoral” (EG 173).

La opción por los pobres: en el capítulo IV sobre la dimensión social de la evangelización, para dar fundamento bíblico y apostólico a la opción preferencial por los pobres, recuerda el Papa que “cuando san Pablo se acercó a los Apóstoles de Jerusalén para discernir «si corría o había corrido en vano» (Ga 2,2), el criterio clave de autenticidad que le indicaron fue que no se olvidara de los pobres (cf. Ga 2,10). Este gran criterio, para que las comunidades paulinas no se dejaran devorar por el estilo de vida individualista de los paganos, tiene una gran actualidad en el contexto presente, donde tiende a desarrollarse un nuevo paganismo individualista. La belleza misma del Evangelio no siempre puede ser adecuadamente manifestada por nosotros, pero hay un signo que no debe faltar jamás: la opción por los últimos, por aquellos que la sociedad descarta y desecha” (EG 195).

San Pablo y la fuerza misionera de la oración de intercesión: en el capítulo V, al presentar las motivaciones para que seamos evangelizadores con espíritu, el Papa señala la importancia de la oración de intercesión y pone como ejemplo a San Pablo: “Hay una forma de oración que nos estimula particularmente a la entrega evangelizadora y nos motiva a buscar el bien de los demás: es la intercesión. Miremos por un momento el interior de un gran evangelizador como san Pablo, para percibir cómo era su oración. Esa oración estaba llena de seres humanos: «En todas mis oraciones siempre pido con alegría por todos vosotros […] porque os llevo dentro de mi corazón» (Flp 1,4.7). Así descubrimos que interceder no nos aparta de la verdadera contemplación, porque la contemplación que deja fuera a los demás es un engaño” (EG 281).

Que todos podamos renovar nuestro encuentro con Cristo a ejemplo de Pablo, pues “cada ser humano necesita más y más de Cristo, y la evangelización no debería consentir que alguien se conforme con poco, sino que pueda decir plenamente: «Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (Ga 2,20)” (EG 161).

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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