¿Un cuestionario polémico?

El documento preparatorio del Sínodo sobre la familia

La Santa Sede ha dado a conocer recientemente el documento preparatorio para la próxima Asamblea General Extraordinaria del Sínodo de los Obispo, que se llevará a cabo bajo el lema “Los desafíos pastorales sobre la familia en el contexto de la evangelización”. Dicho documento incluye, como suele hacerse en estos casos, un cuestionario que se envía a las Conferencias Episcopales y organismos eclesiásticos de todos los países, buscando recoger aportes pastorales de todos los sectores del mundo.

Mucho se ha hablado en estos días sobre dicho cuestionario, especulando sobre un posible cambio de doctrina de la Iglesia sobre cuestiones vinculadas con el matrimonio, la familia y la vida. Muy poco se ha mencionado, en cambio, la introducción a esas preguntas, donde se contienen las claves para interpretar el espíritu de las mismas.

En este sentido, es importante tener en cuenta algunas precisiones, para no ceder a tendencias periodísticas que pueden sembrar confusión.

En primer lugar, la tarea del Sínodo es eminentemente pastoral, es decir, no define dogmas ni modifica doctrina, sino que intenta que el mensaje de la Iglesia, tal como viene predicándose desde los comienzos, llegue a más personas que puedan ver cambiadas sus vidas por el contacto con el Señor que es Camino, Verdad y Vida. Por eso a la Iglesia siempre le interesaron vitalmente las ideas y percepciones del hombre contemporáneo: es a ese hombre a quien va dirigido el mensaje evangélico; conocer sus claves es una ayuda invalorable para poder responder con solicitud a sus interrogantes y necesidades.

Es importante para la Iglesia tener la capacidad de contemplar los desafíos actuales de la familia en toda su crudeza. Por eso lo incisivo de las preguntas del cuestionario. El documento anterior a las preguntas ya recoge la realidad de la crisis familiar, enraizada en una “evidente crisis social y espiritual”, que se constituye en “un desafío pastoral, que interpela la misión evangelizadora de la Iglesia para la familia: hoy “se presentan problemáticas inéditas hasta hace unos pocos años, desde la difusión de parejas de hecho, que no acceden al matrimonio y a veces excluyen la idea del mismo, a las uniones entre personas del mismo sexo, a las cuales a menudo es consentida la adopción de hijos. Entre las numerosas nuevas situaciones, que exigen la atención y el compromiso pastoral de la Iglesia, bastará recordar: los matrimonios mixtos o inter-religiosos; la familia monoparental; la poligamia, difundida todavía en no pocas partes del mundo; los matrimonios concordados con la consiguiente problemática de la dote, a veces entendida como precio para adquirir la mujer; el sistema de las castas; la cultura de la falta de compromiso y de la presupuesta inestabilidad del vínculo; formas de feminismo hostil a la Iglesia; fenómenos migratorios y reformulación de la idea de familia; pluralismo relativista en la concepción del matrimonio; influencia de los medios de comunicación sobre la cultura popular en la comprensión de la celebración del casamiento y de la vida familiar; tendencias de pensamiento subyacentes en la propuestas legislativas que desprecian la estabilidad y la fidelidad del pacto matrimonial; la difusión del fenómeno de la maternidad subrogada (alquiler de úteros); nuevas interpretaciones de los derechos humanos”. La preocupación pastoral más grave, para la Iglesia sigue estando “en el ámbito más estrictamente eclesial”, y se expresa en “la debilitación o el abandono de fe en la sacramentalidad del matrimonio”.

Frente a estos elementos, el documento preparatorio refuerza la propuesta del Evangelio sobre la familia, la cual “en este contexto resulta particularmente urgente y necesaria”.

La Iglesia reconoce su déficit comunicacional y pastoral sobre estos temas, recalcando que hoy “la doctrina de la fe sobre el matrimonio ha de ser presentada de manera comunicativa y eficaz, para que sea capaz de alcanzar los corazones y de transformarlos según la voluntad de Dios manifestada en Jesucristo”. Esta manera comunicativa y eficaz de presentar la doctrina de la Iglesia sobre estos temas, necesariamente estará teñida por “la enseñanza sobre la misericordia divina y sobre la ternura en relación a las personas heridas, en las periferias geográficas y existenciales: las expectativas que se derivan de ello acerca de las decisiones pastorales sobre la familia son muchas”.

En este sentido, si bien se reconoce este déficit, se destaca la capacidad liberadora del mensaje de Cristo sobre el matrimonio y la familia, el cual debe encontrar las vías para llegar nuevamente al corazón de las personas. Esta intención está puesta de manifiesto en el recorrido que el documento preparatorio realiza a través de los textos tradicionales de la Iglesia sobre el tema, deteniéndose en la encíclica Lumen Fidei del Papa Francisco, cuando afirma que “el primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia. Pienso sobre todo en el matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada” (LF 53).

El cuestionario enviado requiere ser interpretado como expresión de la eterna preocupación de los Pastores de la Iglesia para conocer mejor a su rebaño, por encontrarse con sus preocupaciones, sus heridas, sus angustias, sus esperanzas. Para echar luz sobre sus confusiones, aportar fortaleza a sus debilidades y caminar a su lado testimoniando la plenitud que tiene su fuente en la propia respuesta incondicional al amor de Dios, sostenida por la Gracia.

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