El Papa en la JMJ: “la medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata al más necesitado”

Dos de las más fuertes intervenciones del Santo Padre en Brasil se produjeron en centros donde se vive el dolor de manera especial.

 

En el centro de recuperación de adicciones. El segundo discurso del Papa Francisco en tierra brasilera resaltó la ternura que provoca el hermano necesitado en el corazón de la Iglesia. Fue pronunciado el miércoles 24 de julio en el hospital São Francisco de Assis de la Providencia, un centro dedicado a la recuperación de jóvenes drogadictos y alcohólicos y a la asistencia médico-quirúrgica gratuita para los indigentes. El lugar dio pie al Santo Padre para hacer un llamado a hacernos cargo de nuestros hermanos que caen en la esclavitud de la adicción, cada vez más frecuentemente.

Como viene siendo habitual, Francisco se refirió con dureza inusual a los “mercaderes de muerte, que siguen la lógica del poder y el dinero a toda costa”. Frente a esta estructura de pecado, remarco el Papa, se hace indispensable “un acto de valor de toda la sociedad”. No caer en la fácil e inútil medida de liberalizar el consumo de drogas, sino “afrontar los problemas que están a la base de su uso, promoviendo una mayor justicia, educando a los jóvenes en los valores que construyen la vida común, acompañando a los necesitados y dando esperanza en el futuro. Todos tenemos necesidad de mirar al otro con los ojos de amor de Cristo, aprender a abrazar a aquellos que están en necesidad, para expresar cercanía, afecto, amor”, tendiendo la mano “a quien se encuentra en dificultad, al que ha caído en el abismo de la dependencia, tal vez sin saber cómo, y decirle: ‘Puedes levantarte, puedes remontar; te costará, pero puedes conseguirlo si de verdad lo quieres…Tú eres el protagonista de la subida, ésta es la condición indispensable. Encontrarás la mano tendida de quien te quiere ayudar, pero nadie puede subir por ti’”.

También destinó unas palabras a alentar a las familias de quienes caen en las adicciones y a quienes luchan contra la dependencia, prometiéndoles la compañía y el consuelo de la Iglesia y del Señor Jesús y su Madre.

 

En la favela de Varginha. Ese mismo día, Francisco visitó la favela de Varginha, donde pronunció también unas palabras. Allí resaltó los valores de la hospitalidad, la acogida, la generosidad en dar lo que uno tiene. Siempre se puede ser generoso, aunque no se tengan muchas cosas para dar, porque “la verdadera riqueza no está en las cosas, sino en el corazón”. Sin embargo, quienes tienen más recursos económicos o detentan el poder público tienen una tarea extra que cumplir: “ofrecer su contribución para poner fin a tantas injusticias sociales (…). ¡Nadie puede permanecer indiferente ante las desigualdades que aún existen en el mundo!”. Y volvió a destacar el daño que provoca “la cultura del egoísmo, del individualismo, que muchas veces regula nuestra sociedad”. El Papa nos recordó algo evidente, pero no por eso menos olvidado: el otro, el que sufre, es un hermano, no un número, ni un competidor, ni algo desechable. Y eso debe hacernos cambiar de actitud frente al dolor y la pobreza. Mientras no se difunda por todas las capas de la sociedad esa actitud solidaria y fraterna, nos dice el Papa, “ningún esfuerzo de ‘pacificación’ será duradero, ni habrá armonía y felicidad social”.

El principio social por excelencia nos fue recordado aquí por el Santo Padre: “la medida de la grandeza de una sociedad está determinada por la forma en que trata a quien está más necesitado, a quien no tiene más que su pobreza”. Y no solamente habla el Papa de pobreza material (aunque también habla de ella), sino sobre todo de una pobreza más profunda: “el hambre de una felicidad que sólo Dios puede saciar. ¡Hambre de dignidad! No hay una verdadera promoción del bien común, ni un verdadero desarrollo del hombre, cuando se ignoran los pilares fundamentales que sostienen una nación, sus bienes inmateriales: la vida, que es un don de Dios, un valor que siempre se ha de tutelar y promover; la familia, fundamento de la convivencia y remedio contra la desintegración social; la educación integral, que no se reduce a una simple transmisión de información con el objetivo de producir ganancias; la salud, que debe buscar el bienestar integral de la persona, incluyendo la dimensión espiritual, esencial para el equilibrio humano y una sana convivencia; la seguridad, en la convicción de que la violencia sólo se puede vencer partiendo del cambio del corazón humano”.

Son los jóvenes los primeros llamados a tratar de hacer el bien, a “no habituarse al mal, sino a vencerlo con el bien”.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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