El primer discurso del Papa en Río, expresión del espíritu de la JMJ

En lo que va de la Jornada Mundial de la Juventud, el Papa Francisco ha pronunciado diversos discursos y homilías, en los cuales han aparecido actitudes y temas recurrentes y, a mi modo de ver, muy propios de su pontificado.

 El primero, al llegar al territorio brasilero. Fueron palabras de gratitud y cariño por la acogida, en un genuino gozo por estar entre el pueblo de Brasil: “Permítanme que llame suavemente a su puerta. Pido permiso para entrar y pasar esta semana con ustedes. No tengo oro ni plata, pero traigo conmigo lo más valioso que se me ha dado: Jesucristo. Vengo en su nombre para alimentar la llama de amor fraterno que arde en todo corazón; y deseo que llegue a todos y a cada uno mi saludo: ‘La paz de Cristo esté con ustedes’. Las palabras de Francisco también marcaron un tono general de comunión y confianza para la Jornada, marcada por la presencia de millones de jóvenes de todo el mundo, jóvenes que “provienen de diversos continentes, hablan idiomas diferentes, pertenecen a distintas culturas y, sin embargo, encuentran en Cristo las respuestas a sus más altas y comunes aspiraciones, y pueden saciar el hambre de una verdad clara y de un genuino amor que los una por encima de cualquier diferencia”. Ciertamente el clima que se vive en esos encuentros sólo se explica por esta unidad fuerte y auténtica que se da entre quienes confiesan al Señor Jesús.

Muchas veces en mi vida he agradecido la profunda fraternidad que se establece inmediatamente entre un creyente y otro; estoy convencida de que es la más genuina y sólida fraternidad que pueda establecerse entre dos seres humanos. Los testimonios de los jóvenes que hoy pueblan la Ciudad de Río de Janeiro y alrededores plasman esta realidad de una manera incuestionable. No se cambiarían por nadie: sólo quieren estar allí, compartir la Fe con todos, llenarse de entusiasmo, de energía, de compromiso, vivir intensamente la gran familia de la Iglesia.

Esta vivencia trae consigo un sentido de responsabilidad, que nace del sentirse llamados a algo especial, muy en el fondo de su corazón todo joven que ha vivido estos momentos de Gracia sabe que el Señor lo llama a algo particular. Está en cada uno profundizar esa intuición y dar una respuesta plena a ese llamado que el Papa Francisco pone en palabras: “Cristo tiene confianza en los jóvenes y les confía el futuro de su propia misión: ’vayan y hagan discípulos’; vayan más allá de las fronteras de lo humanamente posible, y creen un mundo de hermanos y hermanas”. Y sin sucumbir al “miedo de arriesgar la única vida que tienen, porque saben que no serán defraudados”.

Pero también el desafío es para los adultos, ya que “los hijos son la pupila de nuestros ojos, la abertura por la que entra la luz en nosotros, regalándonos el milagro de la vista (…). Nuestra generación se mostrará a la altura de la promesa que hay en cada joven cuando sepa ofrecerle espacio; tutelar las condiciones materiales y espirituales para su pleno desarrollo; darle una base sólida sobre la que pueda construir su vida”.

 

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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