La fe al rescate de la relacionalidad

Como toda encíclica, la recientemente publicada Lumen Fidei del Papa Francisco ofrece muchísimos aspectos para la meditación y la formación del cristiano de cara a los tiempos actuales. En este breve comentario, quisiera llamar la atención sobre un eje que recorre toda la encíclica y que me ha llamado poderosamente la atención: la fe como rescate de la relacionalidad y respuesta al individualismo.

A lo largo de toda la encíclica encontramos referencias a la tensión entre individualismo y comunión, entre encierro en el propio yo y encuentro con Dios y con los otros, entre vínculos humanos por interés y vínculos verdaderos de fraternidad. Podemos ofrecer una síntesis y luego un desarrollo de estos pasajes tan significativos:

  • La fe saca de la idolatría de las propias seguridades y nos abre al “encuentro” con un amor que nos perdona y transforma.
  • La fe nos saca de la dispersión de los ídolos y nos ofrece el camino seguro del amor de Dios.
  • Ante el desafío del individualismo, la fe supone fiarse de un mediador que ensancha la propia experiencia.
  • La salvación no viene de las propias obras, sino de la bondad de Dios que obra en nosotros.
  • La fe ensancha el yo para que sea habitado por Dios.
  • La fe no es algo privado e individual, es eclesial porque es participación en el cuerpo de Cristo.
  • La fe ofrece una verdad grande, que orienta la existencia y se comparte con otros, por sobre las pequeñas verdades individuales.
  • La fe se transmite a través de la relacionalidad y de la confianza, a través de una “memoria más grande”.
  • Es imposible creer cada uno por su cuenta.
  • El bautismo convierte nuestro yo para que pueda abrirse a un Yo más grande.
  • La confesión de la fe inserta al creyente en la comunión de la Trinidad
  • Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres.
  • La fe transforma la primera relacionalidad que es el matrimonio y la familia.
  • La fe ensancha horizontes a los jóvenes
  • La fe en Dios Padre funda la verdadera fraternidad en la sociedad

Veamos cómo se presentan estos aspectos:

La idolatría y las propias seguridades: La primera aparición del tema del individualismo la encontramos en el número 13, cuando habla de la “idolatría” como opuesta a la fe. Así nos dice Francisco: “En lugar de tener fe en Dios, se prefiere adorar al ídolo, cuyo rostro se puede mirar, cuyo origen es conocido, porque lo hemos hecho nosotros. Ante el ídolo, no hay riesgo de una llamada que haga salir de las propias seguridades, porque los ídolos « tienen boca y no hablan » (Sal 115,5). Vemos entonces que el ídolo es un pretexto para ponerse a sí mismo en el centro de la realidad, adorando la obra de las propias manos” (LF 13).

Dispersión, encuentro y salida de sí mismo: Y aparece aquí una de las categorías fundamentales que propone el Papa, la de “encuentro”, que ya podemos encontrar en el nro. 1 de la encíclica de Benedicto XVI Deus Caritas Est. Dice el Papa en Lumen Fidei: “La fe, en cuanto asociada a la conversión, es lo opuesto a la idolatría; es separación de los ídolos para volver al Dios vivo, mediante un encuentro personal”. Y sigue: “La fe consiste en la disponibilidad para dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios. He aquí la paradoja: en el continuo volverse al Señor, el hombre encuentra un camino seguro, que lo libera de la dispersión a que le someten los ídolos”.

Contra una concepción individualista del conocimiento, fiarse de un mediador: Otra nota que el Papa enfatiza es que la fe responde al desafío del individualismo: “Desde una concepción individualista y limitada del conocimiento, no se puede entender el sentido de la mediación, esa capacidad de participar en la visión del otro, ese saber compartido, que es el saber propio del amor” (LF 14). “El acto de fe individual se inserta en una comunidad, en el « nosotros » común del pueblo que, en la fe, es como un solo hombre” (LF 14). “La fe es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación”.

No ponerse a uno en el centro, sino confiar en la salvación que viene de Dios: El Papa volverá sobre el tema de “ponerse a uno mismo en el centro”, cuando comenta la “polémica de san Pablo con los fariseos, la discusión sobre la salvación mediante la fe o mediante las obras de la ley”. En el nro. 19 el Papa explica que “lo que san Pablo rechaza es la actitud de quien pretende justificarse a sí mismo ante Dios mediante sus propias obras. Éste, aunque obedezca a los mandamientos, aunque haga obras buenas, se pone a sí mismo en el centro, y no reconoce que el origen de la bondad es Dios”. Para el Papa, “quien obra así, quien quiere ser fuente de su propia justicia, ve cómo pronto se le agota y se da cuenta de que ni siquiera puede mantenerse fiel a la ley. Se cierra, aislándose del Señor y de los otros, y por eso mismo su vida se vuelve vana, sus obras estériles, como árbol lejos del agua”. En cambio, “la salvación comienza con la apertura a algo que nos precede, a un don originario que afirma la vida y protege la existencia. Sólo abriéndonos a este origen y reconociéndolo, es posible ser transformados, dejando que la salvación obre en nosotros y haga fecunda la vida, llena de buenos frutos” (LF 19).

La fe ensancha el yo para que sea habitado por Dios: a lo largo de todo el texto, el Papa remarca que la fe ensancha el yo para que sea habitado por Dios: “El creyente es transformado por el Amor, al que se abre por la fe, y al abrirse a este Amor que se le ofrece, su existencia se dilata más allá de sí mismo” (LF 21). “En la fe, el « yo » del creyente se ensancha para ser habitado por Otro, para vivir en Otro, y así su vida se hace más grande en el Amor. En esto consiste la acción propia del Espíritu Santo. El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu” (LF 21).

La fe no es algo privado e individual, sino que es eclesial porque es participación en el Cuerpo de Cristo: dice el Papa que “la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva, sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio” (LF 22). Por eso, “la imagen del cuerpo no pretende reducir al creyente a una simple parte de un todo anónimo, a mera pieza de un gran engranaje, sino que subraya más bien la unión vital de Cristo con los creyentes y de todos los creyentes entre sí (cf. Rm 12,4-5). Los cristianos son « uno » (cf. Ga 3,28), sin perder su individualidad, y en el servicio a los demás cada uno alcanza hasta el fondo su propio ser” (LF 22).

La fe ofrece una verdad grande que supera a las pequeñas verdades individuales: el Papa denuncia que en la cultura contemporánea sólo se acepta la “verdad tecnológica” y las “verdades del individuo, que consisten en la autenticidad con lo que cada uno siente dentro de sí, válidas sólo para uno mismo, y que no se pueden proponer a los demás con la pretensión de contribuir al bien común” (LF 25). Así, en esta cultura “la verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto, es vista con sospecha”. Ante esta situación, el Papa denuncia: “podemos hablar de un gran olvido en nuestro mundo contemporáneo. En efecto, la pregunta por la verdad es una cuestión de memoria, de memoria profunda, pues se dirige a algo que nos precede y, de este modo, puede conseguir unirnos más allá de nuestro « yo » pequeño y limitado. Es la pregunta sobre el origen de todo, a cuya luz se puede ver la meta y, con eso, también el sentido del camino común” (LF 25). Para responder a esa verdad grande, el Papa señala la conexión profunda que existe entre verdad y amor: “Sólo en cuanto está fundado en la verdad, el amor puede perdurar en el tiempo, superar la fugacidad del instante y permanecer firme para dar consistencia a un camino en común. Si el amor no tiene que ver con la verdad, está sujeto al vaivén de los sentimientos y no supera la prueba del tiempo. El amor verdadero, en cambio, unifica todos los elementos de la persona y se convierte en una luz nueva hacia una vida grande y plena. Sin verdad, el amor no puede ofrecer un vínculo sólido, no consigue llevar al « yo » más allá de su aislamiento, ni librarlo de la fugacidad del instante para edificar la vida y dar fruto” (LF 27).

La fe nos llega por un entramado de relaciones, por una “memoria más grande”: en el capítulo dedicado a la transmisión de la fe, el Papa vuelve sobre el tema y nos dice: “Si el hombre fuese un individuo aislado, si partiésemos solamente del « yo » individual, que busca en sí mismo la seguridad del conocimiento, esta certeza sería imposible. No puedo ver por mí mismo lo que ha sucedido en una época tan distante de la mía. Pero ésta no es la única manera que tiene el hombre de conocer. La persona vive siempre en relación. Proviene de otros, pertenece a otros, su vida se ensancha en el encuentro con otros. Incluso el conocimiento de sí, la misma autoconciencia, es relacional y está vinculada a otros que nos han precedido: en primer lugar nuestros padres, que nos han dado la vida y el nombre” (LF 38). Y agrega: “El conocimiento de uno mismo sólo es posible cuando participamos en una memoria más grande. Lo mismo sucede con la fe, que lleva a su plenitud el modo humano de comprender” (LF 38). La expresión “memoria” es otra de las claves de comprensión de la encíclica, clave que nos adentra en la relacionalidad del ser humano a través de las generaciones.

Es imposible creer cada uno por su cuenta: nuevamente vuelve el Papa contra el individualismo en la fe, cuando dice: “Es imposible creer cada uno por su cuenta. La fe no es únicamente una opción individual que se hace en la intimidad del creyente, no es una relación exclusiva entre el « yo » del fiel y el « Tú » divino, entre un sujeto autónomo y Dios. Por su misma naturaleza, se abre al « nosotros », se da siempre dentro de la comunión de la Iglesia” (LF 39). “Es posible responder en primera persona, « creo », sólo porque se forma parte de una gran comunión, porque también se dice «creemos». Esta apertura al « nosotros » eclesial refleja la apertura propia del amor de Dios, que no es sólo relación entre el Padre y el Hijo, entre el « yo » y el « tú », sino que en el Espíritu, es también un « nosotros », una comunión de personas. Por eso, quien cree nunca está solo, porque la fe tiende a difundirse, a compartir su alegría con otros” (LF 39).

El bautismo convierte nuestro yo para abrirlo a un Yo más grande: Comentando la importancia de los sacramentos en la transmisión de la fe, dirá Francisco: “Así se ve claro el sentido de la acción que se realiza en el bautismo, la inmersión en el agua: el agua es símbolo de muerte, que nos invita a pasar por la conversión del « yo », para que pueda abrirse a un « Yo » más grande; y a la vez es símbolo de vida, del seno del que renacemos para seguir a Cristo en su nueva existencia. De este modo, mediante la inmersión en el agua, el bautismo nos habla de la estructura encarnada de la fe” (LF 42).

La confesión de la fe inserta al creyente en la comunión de la Trinidad: “Quien confiesa la fe, se ve implicado en la verdad que confiesa. No puede pronunciar con verdad las palabras del Credo sin ser transformado, sin inserirse en la historia de amor que lo abraza, que dilata su ser haciéndolo parte de una comunión grande, del sujeto último que pronuncia el Credo, que es la Iglesia. Todas las verdades que se creen proclaman el misterio de la vida nueva de la fe como camino de comunión con el Dios vivo” (LF 45).

Sólo un amor fiable puede construir relaciones humanas sólidas: en el capítulo 4 sobre la fe y la ciudad, el Papa enfatiza que “la fe revela hasta qué punto pueden ser sólidos los vínculos humanos cuando Dios se hace presente en medio de ellos. No se trata sólo de una solidez interior, una convicción firme del creyente; la fe ilumina también las relaciones humanas, porque nace del amor y sigue la dinámica del amor de Dios. El Dios digno de fe construye para los hombres una ciudad fiable.” (LF 50). “Sin un amor fiable, nada podría mantener verdaderamente unidos a los hombres” (LF 51). Y sigue: “La unidad entre ellos se podría concebir sólo como fundada en la utilidad, en la suma de intereses, en el miedo, pero no en la bondad de vivir juntos, ni en la alegría que la sola presencia del otro puede suscitar. La fe permite comprender la arquitectura de las relaciones humanas, porque capta su fundamento último y su destino definitivo en Dios, en su amor, y así ilumina el arte de la edificación, contribuyendo al bien común” (LF 51).

La fe y la relacionalidad del matrimonio entre varón y mujer: el Papa señala que “el primer ámbito que la fe ilumina en la ciudad de los hombres es la familia” y se refiere sobre todo al “matrimonio, como unión estable de un hombre y una mujer: nace de su amor, signo y presencia del amor de Dios, del reconocimiento y la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual, que permite a los cónyuges unirse en una sola carne (cf. Gn 2,24) y ser capaces de engendrar una vida nueva, manifestación de la bondad del Creador, de su sabiduría y de su designio de amor. Fundados en este amor, hombre y mujer pueden prometerse amor mutuo con un gesto que compromete toda la vida y que recuerda tantos rasgos de la fe. Prometer un amor para siempre es posible cuando se descubre un plan que sobrepasa los propios proyectos, que nos sostiene y nos permite entregar totalmente nuestro futuro a la persona amada. La fe, además, ayuda a captar en toda su profundidad y riqueza la generación de los hijos, porque hace reconocer en ella el amor creador que nos da y nos confía el misterio de una nueva persona” (LF 52).

La fe ensancha los horizontes a los jóvenes: hablando sobre los jóvenes, vuelve el Papa a remarcar que “el encuentro con Cristo, el dejarse aferrar y guiar por su amor, amplía el horizonte de la existencia, le da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades” (LF 53).

La fe en Dios Padre funda la verdadera fraternidad en la sociedad: el Papa Francisco recoge el desafío de la Revolución Francesa sobre la “fraternidad” y lo lleva a sus verdaderos cauces: “En la « modernidad » se ha intentado construir la fraternidad universal entre los hombres fundándose sobre la igualdad. Poco a poco, sin embargo, hemos comprendido que esta fraternidad, sin referencia a un Padre común como fundamento último, no logra subsistir. Es necesario volver a la verdadera raíz de la fraternidad. Desde su mismo origen, la historia de la fe es una historia de fraternidad, si bien no exenta de conflictos. Dios llama a Abrahán a salir de su tierra y le promete hacer de él una sola gran nación, un gran pueblo, sobre el que desciende la bendición de Dios (cf. Gn 12,1-3)” (LF 54).

La unidad es superior al conflicto: finalmente, el Papa enfatiza la importancia del perdón para superar los conflictos, que son inevitables, pero que no tienen la última palabra: “La fe afirma también la posibilidad del perdón, que muchas veces necesita tiempo, esfuerzo, paciencia y compromiso; perdón posible cuando se descubre que el bien es siempre más originario y más fuerte que el mal, que la palabra con la que Dios afirma nuestra vida es más profunda que todas nuestras negaciones. Por lo demás, incluso desde un punto de vista simplemente antropológico, la unidad es superior al conflicto; hemos de contar también con el conflicto, pero experimentarlo debe llevarnos a resolverlo, a superarlo, transformándolo en un eslabón de una cadena, en un paso más hacia la unidad” (LF 55).

La encíclica reconoce una primera redacción del Papa Benedicto XVI, trabajo que fue asumido agradecidamente por el Papa Francisco, que hizo a su vez algunas aportes (LF, 7). En este sentido, se puede advertir una vinculación con algunos pasajes significativos de la encíclica Caritas in Veritate de Benedicto XVI que también enfatizaba la importancia de la relacionalidad ante las nuevas cuestiones sociales.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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