“Si soy disciplinado, soy sabio”

La disciplina, lejos de convertirnos en individuos estructurados, permite organizar nuestra vida y así llenarla de sentido. Se trata, podríamos decir, de una poderosa herramienta que hace que vivamos de manera provechosa e intensa la vida y no que seamos en ella meros espectadores. Por eso, la Biblia dice “¡El que ama la disciplina, ama el conocimiento!” (Proverbios 12,1). Y, tras meditar un poco esta frase, podemos reformularla de modo tal que nos calce como un traje a medida: “Si soy disciplinado, soy sabio”.

Es que la disciplina configura nuestra vida. Es “tierra fértil” –bien vale la metáfora- para que demos frutos. Y en abundancia, como le gusta al Señor. Un breve ejemplo evidencia qué ocurre ante la presencia o ausencia de la disciplina. ¿Qué pasa cuando ponemos en funcionamiento nuestro cuerpo? Activamos los músculos, fomentamos una buena circulación de la sangre y de esta manera lo vigorizamos. ¿Pero qué ocurre cuando adoptamos una actitud sedentaria? Los músculos se atrofian, merma la intensidad en el flujo de la sangre y el cuerpo decae.

La espiritualidad cristiana, como el cuerpo, también requiere de disciplina. Y ser discípulo de Jesús implica fidelidad a ella. Fidelidad a las enseñanzas del Maestro. Y por eso no fue casual que antes de que Jesús inicie su vida pública, la Madre nos diera una clara catequesis en las Bodas de Caná sobre las exigencias que debe asumir el cristiano: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2, 5).

¿Y qué es todo lo que Él nos dice? Esto es algo que cada uno debe bucear en su interior por medio de la oración. Y ésta debe ser planificada, pautada y ejercitada. Necesita de disciplina. De espacios concretos. Cada uno descubrirá, primero, y desarrollará, luego, su propio estilo. Éste, sí o sí para crecer, requiere disciplina.

Disciplina y prácticas religiosas

También es importante que esta disciplina espiritual, a la vez, sea acompañada por prácticas religiosas concretas: misa y comunión dominical, confesión frecuente, participación en fiestas litúrgicas y un activo rol en determinadas acciones de movimientos o de parroquias. La vida espiritual, en síntesis, requiere una constante gimnasia para ser fecunda. Y es por medio de ella que alcanzamos, entonces, la sabiduría. Y ésta es tal cuando nos conduce a Jesús. Y se trata, sin dudas, de un desafío fascinante y que llena de sentido nuestra existencia. “Allí donde esté tu tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6,21).

La aplicación de una sencilla técnica puede hacer una gran contribución a la disciplina en nuestra cotidianeidad. Consiste en trazar sobre una hoja tres columnas, que bien pueden llevar estos títulos: “Debo”, “Debería”, “Importante a largo plazo”.  En la referida al “Debo”, hay que cuidar que siempre esté presente un espacio para la oración.  El resto de las actividades, independientemente de su disposición, ocuparán su debido lugar luego de dialogar con Jesús.

Vale la pena la disciplina espiritual. ¡Tonifiquemos el alma para vivir en abundancia!

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Pedro Crespi

Periodista. Posgraduado en Conducción de Recursos Humanos. Director de ONG (amplia experiencia en gerenciamiento y desarrollo de Programas de Responsabilidad Social y gestión de comunicaciones externas e internas). @pcrespi78

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