La necesidad de compromiso

Que “los trabajadores son pocos” (Mt 9, 37) es una constatación que nos resulta evidente pero que, sin embargo, Jesús nos la recuerda al menos con tres sentidos: como para actualizarla en nuestra conciencia, para motivarnos a suscitar nuevos “trabajadores”, para saber que, aún siendo pocos, esta “situación” no nos exime de trabajar en la cosecha.

Que los “trabajadores sean pocos” nos pone en una situación de pobreza, propia de la vida evangélica. Puede resultarnos dolorosa esta “poquedad” pero nos lleva a confiar más plenamente en Dios. Los hombres caemos fácilmente en el sentimiento de “omnipotencia” cuando nos sentimos “mayoría”, cuando vemos que “dominamos” a la situación. La palabra “dominio” está vinculada con “señorío”, dominus en latín quiere decir “señor”. Pareciera que, detrás de esta poquedad, Dios quiere enseñarnos que, en toda situación, sólo Él es el Señor. Por eso el apóstol reconoce que su única riqueza es Dios, no el dinero, ni la cantidad, ni los logros. Sólo Dios es el Señor.

Ahora bien, ¿quién es trabajador? El que obra concretamente, el que trabaja. Y en este punto vale la pena recordar la carta de Santiago: “¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Acaso esa fe puede salvarlo? ¿De qué sirve si uno de ustedes, al ver a un hermano o una hermana desnudos o sin el alimento necesario, les dice: “Vayan en paz, caliéntense y coman”, y no les da lo que necesitan para su cuerpo? Lo mismo pasa con la fe: si no va acompañada de las obras, está completamente muerta[i].

El trabajo que se nos pide se constituye en una confirmación de nuestra fe. La fe sin obras está muerta. Pero eltrabajo, como ya lo decimos para otros puntos, no es el que “queda cómodo” y “tranquiliza la conciencia” del trabajador. El trabajo es, ni más ni menos, que el que Dios pide.

¿Cómo saber qué trabajo pide Dios?. Veamos este “tipo” de discernimiento sobre la misión concreta que nos manda Dios.

Si participamos de una comunidad eclesial a la cual fuimos llamados, si somos parte de una familia espiritualconcreta, es decir si no nos aislamos pretendiendo una fe “solitaria” que en el fondo no es eclesial, será el campo de trabajo de esa comunidad la que nos estará indicando el lugar donde nos manda el Señor. Hay aquí una cuestión de fe: si pertenezco a un lugar de Iglesia es porque Dios me llamó a ese lugar dentro de su Iglesia. Por lo tanto Dios me ha dotado de los talentos suficientes para trabajar y deberé buscar en la comunidad el “envío” del Señor. De lo que estamos ciertos es que no nos es lícito permanecer ociosos o hacer un trabajo que sea “marginal” al de la comunidad de pertenencia. Si esto ocurre es que estamos siguiendo nuestro propio proyecto y no el de Dios.

Pasemos ahora a considerar otra cuestión. Volvamos a unos párrafos anteriores y afirmemos que cualquiera sea la “cantidad” hay que saber que la promesa de “cosecha abundante” rige igual. Somos “pocos”, aunque todos somos “enviados”, porque falta escucha de Dios.

Este pasaje evangélico es un pasaje que suele asociárselo a las vocaciones sacerdotales y consagradas. Pero cabe preguntarse si el “envío” puede quedar limitado a una vocación o si es para todos. Entendemos que Dios nos ha pensado a cada uno con una vocación específica y que desde esa vocación, cualquiera sea, Él nos envía a trabajar. Aquí extenderemos esta misión a los laicos, a los matrimonios y las familias. Porque no es comprensible que el Señor sólo deposite en algunos la misión. Sí en algunos ha puesto la misión de pastorear, y en otros la deseguirlo casto, pobre y obediente. Pero todos, vale la pena reiterarlo, estamos llamados a trabajar en la viña del Señor.

¡Qué importante resulta hoy la labor de los laicos, insertos en el mundo, actuando en medio de cuestiones terrenales concretas como el mundo de la bioética, la política, la investigación científica y tantas cuestiones mas! ¡Qué importante es la misión de la familia cristiana como promotora de valores evangélicos, como lugar de formación, como testimonio del amor conyugal, como defensa del primer “derecho humano” que es la vida!

¡Y qué importante que es que todos, laicos, clérigos y consagrados, matrimonios y célibes, testimonien la unidaden torno a un único Señor, desde esta diversidad que Él mismo quiso!

Las “obligaciones ad intra” que entraña cada vocación específica no pueden excusarnos de salir a trabajar en la nueva evangelización. El sacerdote deberá rezar la liturgia de las horas, la madre deberá criar a sus hijos, el estudiante deberá atender sus estudios, todos deberán hacer lo propio y específico pero todos somos enviados a trabajar en la viña y seguro que Dios pone los medios para que, sin atender lo propio, nos podamos desplegar en la nueva evangelización.

Es necesario evitar los “encierros” que no nos permiten ver las necesidades a través de las cuales Dios nos está llamando concretamente. Es más: saliendo y comprometiéndonos es que fortaleceremos la propia vocación, enriqueciéndola, dándole brillo y gozándola plenamente. Es un “mito” incoherente excusarse en una supuesta “falta de tiempo” para dedicarse al apostolado asociado en una comunidad. Si el Señor nos envía y nos quiere en una comunidad, nos dará todo para poder cumplir con su voluntad: todo, tiempo, medios materiales y talentos.

Pasaje del libro “Convocados y enviados. Reflexiones sobre la misión comunitaria del laico”, Agape, Buenos Aires, 2009.

 


[i] Santiago 2, 14.

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