Un libro en la biblioteca del Papa

En un breve apartado de una nota Carlos Pagni aparecida el jueves 21 de marzo pasado en el diario La Nación, titulado “Qué hay en la biblioteca de Francisco”, se menciona una lista de libros que supuestamente habrían sido libros de cabecera del entonces Card. Arzobispo de Buenos Aires, hoy Papa Francisco. La última obra que allí se nombra es “Tarde he llegado a amarte” (“Late have I Loved thee”), novela de la autora irlandesa Ethel Mannin.

Mucho me sorprendió ver nombrado ese libro, ya que se trata de una de las novelas que más honda impresión me produjeron en mi adolescencia, y a la que nunca vi en una librería ni oí decir de nadie que la hubiera leído. Viejo libro sepultado en la biblioteca de mi familia, me fue entregado por mi madre, que ya no sabía qué darme para satisfacer mi voraz pasión por la lectura.

La trama de la historia es apasionante, sobre todo por el profundo conocimiento del corazón y los afectos humanos que muestra la autora. Todo transcurre en la Europa de la década de 1930, alternativamente entre Inglaterra, Francia y Austria. El protagonista, un exitoso y noble escritor inglés de 30 años llamado Francis Sable, vive mundanamente su cómoda y privilegiada existencia, sin pedir de la vida más de lo que ésta actualmente le daba: una familia acomodada compuesta por una madre viuda, un hermano mayor y una hermana seis años menor a quien quiere tiernamente, amistades y relaciones humanas abundantes pero superficiales, un vínculo sin demasiada pasión ni compromiso con una hermosa artista, su pasión por el alpinismo y todos los abundantes lujos que su posición social, cultural y económica le permitían. Francis toma con displicencia lo que la vida le da, y no se plantea ulteriores cuestiones ni tiene tampoco necesidad de abrirse a lo religioso –se declara ateo-, a pesar del profundo catolicismo de su madre, conversa cuando sus hijos eran muy jóvenes. La profunda unión espiritual que experimenta con su hermana Cathryn, una joven de gran dulzura que lo ama tiernamente, pone una rara nota de hondura a su vida bohemia y superficial, plagada de éxitos mundanos.

La historia se acelera cuando Francis lleva a Cathryn a Austria para participar en los deportes de invierno. El esquí y el alpinismo constituyen pasiones para los jóvenes, sobre todo para Francis, más fuerte y avezado. Allí conocen a los hermanos Johann y Lotte Amanshauser, austríacos y católicos, con quienes traban amistad. La naturaleza sensible y abierta de Cathryn se conmueve por la fe de sus nuevos amigos y poco a poco se inicia en la lectura de las Confesiones de San Agustín y comienza a prepararse para su entrada en la Iglesia católica, de la mano de Johann Amanshauser. La particular cercanía de San Agustín para con los hombres y mujeres que buscan a Dios aún sin saberlo, domina todo el libro; las frases de sus “Confesiones” van jalonando el camino de conversión de Cathryn y lo llenan de dulzura y sensibilidad exquisitas. Imposible no sentirnos identificados con las reacciones de los protagonistas, ya sea la seria espiritualidad de Johann, la apertura fresca y agradecida de Cathryn al don de la Fe, la alegría riente de Lotte Amanshauser o el escepticismo respetuoso de Francis, que observa como espectador los acontecimientos que se van desarrollando.

Durante el siguiente invierno ambos regresan a Austria. Ocurre lo predecible, es decir, el compromiso de Cathryn con Johann. Y también lo impredecible: al regresar del pico de la montaña Drindelhorn, adonde Francis y Cathryn habían ascendido a pedido de esta última, la joven tiene un accidente mortal, y se desencadena la tragedia en la vida de Francis.

La desesperación provocada por el sentimiento de culpa inunda la persona toda del protagonista. Destrozado por la muerte de su hermana, Francis se niega a ver a su madre, que acude desde Inglaterra para enterrar a su hija y escapa a París, donde se hunde en el abismo de la tristeza y la depresión sin que ninguna de sus amistades logre siquiera ayudarlo a calmar su angustia. Sólo un día en esos meses infernales logra Francis vislumbrar la posibilidad de salir adelante: cuando Lotte Amanshauser, transida de pena por la tristeza de su amigo, acude de Austria a París para verlo y pasa un día entero con él. Allí, en su compañía, Francis se siente profundamente amado por alguien que no lo juzga, y que sólo se limita a desear que se mejore.

Poco tiempo después, el joven decide volver a escalar la montaña que costara la vida a su hermana, ya que intuye que sólo así podrá comenzar a sanarse. Lleva consigo las “Confesiones” de San Agustín y, a la vez que asciende por la ladera de la Drindelhorn, Francis va rumiando los pasajes principales y las frases más importantes del relato de la historia personal del Santo de Hipona. Al llegar a la cima, siente profundamente la presencia de Cathryn que le muestra el camino de la conversión y, presa de una gran conmoción, toma la decisión de encaminar su vida en ese sentido.

Se inicia aquí el camino de vuelta del protagonista, quien logra reunir las fuerzas suficientes para volver a Inglaterra y presentarse ante su madre. Junto con Cathryn y Lotte, su madre es una de las personalidades claves para la conversión de Francis, capaz de esperar los tiempos de su hijo y, aún en medio de su propia angustia por la muerte de su hija, dejarle el margen necesario para que el propio Francis encuentre el camino a la paz interior. Es su madre quien le presenta a un sacerdote jesuita, el P. Michael Connor, quien junto con otro jesuita, el P. Halloran, abre el alma del joven a una realidad plena de sentido, que tiene su centro en Cristo. Conmovido por este encuentro, Francis comienza a discernir el llamado de Dios y poco a poco va desprendiéndose de las cosas materiales y los afectos personales, para tomar al cabo de un año la decisión de entrar a la Compañía de Jesús. La despedida más dolorosa pero gozosa al mismo tiempo tiene lugar con Lotte Amanshauser, la riente y alegra joven austríaca que lo había ayudado a emprender el camino de vuelta a la paz.

La prosa de la autora consigue tocar fibras muy íntimas del alma de los lectores, narrando una historia de conversión apasionante por la autenticidad y la humanidad de las experiencias de los protagonistas. Me animo a decir que es un libro de una enorme profundidad, de esos que marcan la existencia del lector, quien no lo olvida fácilmente.

Esa fue al menos mi impresión, y por eso me llamó mucho la atención que el texto figurara entre los libros cercanos al Papa Francisco. No creo que sea fácil conseguirlo hoy en día pues no se trata de un best seller. Pero, a aquellos que acostumbren revolver librerías de usados en Buenos Aires o en cualquier ciudad del mundo, les recomiendo que si lo encuentran no lo dejen pasar. A pesar de que la trama general está enunciada en las líneas que preceden, cada página está llena de elementos, detalles y descripciones de procesos interiores que verdaderamente alientan y ayudan a crecer en la conversión, permitiendo entender una vez más que el encuentro con el Señor es capaz por sí mismo de llenar de alegría nuestra vida y, si es necesario, hacerla comenzar de nuevo en una existencia de gozo y plenitud.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

2 comentarios sobre “Un libro en la biblioteca del Papa

  • el 06/09/2013 a las 12:15 pm
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    Ese libro lo he leído innumerables veces, hermosamente escrito, profundo. 100% recomendable.

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  • el 10/04/2013 a las 11:35 am
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    Espero encontrarlo, es un relato que cala hondo.

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