¡Apacienta mis corderos!

 

El contraste entre la vida serrana del siglo XIX y nuestra vida urbana del siglo XXI, entre lo vivido por José Gabriel y nosotros pueden distar muchas circunstancias, recursos y necesidades innecesarias.

¿Entonces cómo podemos comprender hoy su vida, su obra, su grandeza? ¿Cómo comprender que la Iglesia eleva al humilde, al que se codeaba con pecadores, al que andaba medio harapiento, y terminó ciego y enfermo por codearse con “gente enferma”?  Este interrogante puede generar en nosotros una búsqueda de respuesta que implica un pequeño ejercicio.

Les propongo comenzar por los detalles. Tal vez estés frente a tu pantalla, rodeado de virtualidad y con pocas cosas a tu alrededor no producidas por el hombre. Eso ya es una limitación. La pantalla del cura gaucho era la Creación misma, manifestada en la naturaleza de las sierras cordobesas. Allí contempló José al Creador. Pero su corazón no se quedaba en un éxtasis ensimismado. A veces nosotros estamos como “fascinados” por tanta obra humana. Tanto “bienestar” que no significa siempre “bien-existir”.

El alma del cura buscaba con gratitud acercar a Dios con humildad y santo temor, una pequeña ofrenda ante tanta maravilla. Y no por creerse digno, como diría en más de una oportunidad; sino por tener la certeza de que La Palabra de Dios se leía también en el paisaje, en el pobre, en el descarriado, en el enfermo. Pudo entonces contemplar desde el alma lo que se le había encomendado.

Sin más preámbulos, sin rodeos, a puro corazón y agradecimiento, el cura gaucho arremetía contra todo prejuicio. Y con fraternidad, humildad y mate de por medio, se acercaba al más alejado, al más rebelde, al más pobre, enfermo y abandonado. Esa fuerza radica en este espíritu generoso del padre José. Aprendió que se puede vivir con poco, feliz y generosamente, si uno pone su vida en las manos del Creador. Si su existencia la hunde en la raíz misma del Amor fiel e incondicional de Dios.

¿Qué agradecemos nosotros en el siglo XXI? ¿Cómo contemplamos la Creación? ¿Qué verdad encontramos en la Palabra? La disociación cada vez mayor entre eso que profesamos y lo que hacemos de nuestra existencia nos lleva a veces a una posición neoestoica y facilista que prefiere el pesimismo de lo inalcanzable al error de lo posible. Oscilando entre Kant y Schopenhauer.

El Venerable cura gaucho sabía por vida y por ciencia que La Palabra lleva a todo hombre y mujer a un estado de vida superador. A saberse amado en los detalles y en los regalos que Dios nos da en cada amanecer, cada rocío, lluvia, brisa y perfume serrano. Que nos brinda esperanza de un encuentro amoroso con Él, anticipado en el encuentro amoroso y fraterno con el hermano.

Nos podríamos preguntar entonces, ¿qué enseñanza nos deja este cura de campo, que se distancia tanto de nosotros a pesar de “ser nuestro”? Se distancia por vivir “tierra adentro”, lejos de la ciudad, andando con pobres y abandonados. Con los ausentes e ignorados.

¿Qué nos está diciendo, en una lectura más amplia, la Santa Madre Iglesia al beatificar en este año de la Fe, a un hombre que vivió la humildad, la austeridad y el celo evangélico, como pilares de su vida y su servicio?

¿Qué nos está diciendo el Espíritu Santo a nosotros, los argentinos, que en este mismo año, el cónclave haya soplado vientos para que por primera vez en veinte siglos, salga de estas tierras, ya más urbanas, un sucesor de Pedro? ¿Y que nos dirá que éste tenga, actualizado y en su contexto, actitudes similares al cura gaucho. La humildad, la austeridad, la cercanía con el necesitado?

Pienso que está en nuestra respuesta de gratitud al Amor de Dios, la contemplación y respeto a su Creación en donde encontraremos de manera plena y feliz de transitar nuestra existencia. Buscando como lo hacía el cura gaucho, sin prisa y sin pausa, la manera de ofrecerse a Dios y a los hermanos para compartir esta inmensa alegría y esperanza de sabernos cuidados y amados por Él.

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