Dos Papas, una única agenda

En estos días iniciales del Pontificado del Papa Francisco, algunos medios han exacerbado una presunta ruptura y “cambio de agenda” entre el ministerio petrino de Benedicto XVI y el de Francisco.

Más allá de las lógicas diferencias de personalidades y estilos, y reconociendo que es necesario un tiempo para poder establecer líneas de conexión con mayor firmeza, quien profundiza la mirada advierte la continuidad profunda entre ambos Pontífices. En efecto, además del notable gesto que fue el encuentro de Benedicto y Francisco y su oración en conjunto en Castel Gandolfo, si tomamos algunos de los ejes que el Papa Francisco ha esbozado en estos primeros días se pueden notar algunas continuidades importantes.

1. La misericordia: en sus primeras intervenciones, que ciertamente coincidieron con las celebraciones de la cuaresma, Francisco ha subrayado reiteradamente la centralidad de la misericordia de Dios. En su primer Angelus afirmó: “Hermanos y hermanas, el rostro de Dios es el de un padre misericordioso, que siempre tiene paciencia. ¿Habéis pensado en la paciencia de Dios, la paciencia que tiene con cada uno de nosotros? Ésa es su misericordia. Siempre tiene paciencia, paciencia con nosotros, nos comprende, nos espera, no se cansa de perdonarnos si sabemos volver a Él con el corazón contrito. «Grande es la misericordia del Señor», dice el Salmo”.

El tema de la misericordia también había sido acentuado por Benedicto XVI en la Carta Apostólica Porta Fidei en la que convocó al Año de la Fe que se inició a fines de 2012: “A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos”.

2. La pobreza material: en la elección del nombre Francisco hay una conexión con la preocupación por los más pobres. Decía el Papa Francisco a los miembros del cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede: “¡Cuántos pobres hay todavía en el mundo! Y ¡cuánto sufrimiento afrontan estas personas! Según el ejemplo de Francisco de Asís, la Iglesia ha tratado siempre de cuidar, proteger en todos los rincones de la Tierra a los que sufren por la indigencia, y creo que en muchos de vuestros Países podéis constatar la generosa obra de aquellos cristianos que se esfuerzan por ayudar a los enfermos, a los huérfanos, a quienes no tienen hogar y a todos los marginados, y que, de este modo, trabajan para construir una sociedad más humana y más justa”.

Este tema no ha sido ajeno al Papa Benedicto XVI. En su encíclica social Caritas in Veritate se refirió extensamente a las situaciones de pobreza, en toda su problemática. Y ya desde la Misa de inicio de su Pontificado se refirió al tema: “La santa inquietud de Cristo ha de animar al pastor: no es indiferente para él que muchas personas vaguen por el desierto. Y hay muchas formas de desierto: el desierto de la pobreza, el desierto del hambre y de la sed; el desierto del abandono, de la soledad, del amor quebrantado. Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre. Los desiertos exteriores se multiplican en el mundo, porque se han extendido los desiertos interiores. Por eso, los tesoros de la tierra ya no están al servicio del cultivo del jardín de Dios, en el que todos puedan vivir, sino subyugados al poder de la explotación y la destrucción” (24 de abril de 2005).

3. La pobreza espiritual: en ese mismo discurso, el Papa Francisco se refiere “a otra pobreza”: “Es la pobreza espiritual de nuestros días, que afecta gravemente también a los Países considerados más ricos. Es lo que mi Predecesor, el querido y venerado Papa Benedicto XVI, llama la «dictadura del relativismo», que deja a cada uno como medida de sí mismo y pone en peligro la convivencia entre los hombres. Llego así a una segunda razón de mi nombre. Francisco de Asís nos dice: Esforzaos en construir la paz. Pero no hay verdadera paz sin verdad. No puede haber verdadera paz si cada uno es la medida de sí mismo, si cada uno puede reclamar siempre y sólo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás, de todos, a partir ya de la naturaleza, que acomuna a todo ser humano en esta tierra”.

Aquí el Papa Francisco hay una referencia directa a su predecesor. Pero vale reiterar lo que Benedicto XVI enseñaba en su encíclica Caritas in Veritate: “Una de las pobrezas más hondas que el hombre puede experimentar es la soledad. Ciertamente, también las otras pobrezas, incluidas las materiales, nacen del aislamiento, del no ser amados o de la dificultad de amar. Con frecuencia, son provocadas por el rechazo del amor de Dios, por una tragedia original de cerrazón del hombre en sí mismo, pensando ser autosuficiente, o bien un mero hecho insignificante y pasajero, un «extranjero» en un universo que se ha formado por casualidad. El hombre está alienado cuando vive solo o se aleja de la realidad, cuando renuncia a pensar y creer en un Fundamento. Toda la humanidad está alienada cuando se entrega a proyectos exclusivamente humanos, a ideologías y utopías falsas. Hoy la humanidad aparece mucho más interactiva que antes: esa mayor vecindad debe transformarse en verdadera comunión. El desarrollo de los pueblos depende sobre todo de que se reconozcan como parte de una sola familia, que colabora con verdadera comunión y está integrada por seres que no viven simplemente uno junto al otro”.

4. La paz: la paz es una segunda razón para la elección del nombre del Papa Francisco: “Francisco de Asís nos dice: Esforzaos en construir la paz. Pero no hay verdadera paz sin verdad. No puede haber verdadera paz si cada uno es la medida de sí mismo, si cada uno puede reclamar siempre y sólo su propio derecho, sin preocuparse al mismo tiempo del bien de los demás, de todos, a partir ya de la naturaleza, que acomuna a todo ser humano en esta tierra” (Discurso al cuerpo diplomático, 22 de marzo de 2013).

Benedicto XVI también ha vinculado la paz a esta problemática antropológica: “El tema del desarrollo coincide con el de la inclusión relacional de todas las personas y de todos los pueblos en la única comunidad de la familia humana, que se construye en la solidaridad sobre la base de los valores fundamentales de la justicia y la paz. Esta perspectiva se ve iluminada de manera decisiva por la relación entre las Personas de la Trinidad en la única Sustancia divina. La Trinidad es absoluta unidad, en cuanto las tres Personas divinas son relacionalidad pura. La transparencia recíproca entre las Personas divinas es plena y el vínculo de una con otra total, porque constituyen una absoluta unidad y unicidad. Dios nos quiere también asociar a esa realidad de comunión: «para que sean uno, como nosotros somos uno» (Jn 17,22). La Iglesia es signo e instrumento de esta unidad. También las relaciones entre los hombres a lo largo de la historia se han beneficiado de la referencia a este Modelo divino. En particular, a la luz del misterio revelado de la Trinidad, se comprende que la verdadera apertura no significa dispersión centrífuga, sino compenetración profunda. Esto se manifiesta también en las experiencias humanas comunes del amor y de la verdad. Como el amor sacramental une a los esposos espiritualmente en «una sola carne» (Gn 2,24; Mt 19,5; Ef 5,31), y de dos que eran hace de ellos una unidad relacional y real, de manera análoga la verdad une los espíritus entre sí y los hace pensar al unísono, atrayéndolos y uniéndolos en ella” (Caritas in Veritate, 54).

A lo largo de los próximos meses podremos notar los acentos propios de cada Pontífice en su servicio de caridad y verdad. En todo caso, podemos asegurar que no hay ruptura ni discontinuidad, sino una misma misión, confiada por Jesucristo a toda la Iglesia: anunciar a todos los pueblos el amor de Dios Uno y Trino, que quieren que todos los hombres se salven.

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Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

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