Más allá de las campañas: el Papa Francisco y la reconciliación de los argentinos

Desde hace muchos años hemos asistido en la Argentina a una campaña orquestada por algunos medios muy definidos. Se trata de una campaña de calumnia y difamación contra el Card. Bergoglio, que busca vincularlo con las violaciones a los derechos humanos llevadas a cabo por sectores militares en la década del setenta, concretamente la prisión y tortura de dos sacerdotes jesuitas.

La reciente nota oficial de la Santa Sede afirma al respecto claramente: “no ha habido nunca una acusación ni concreta, ni creíble, contra su persona. La Justicia argentina lo interrogó una vez en calidad de persona informada de los hechos, pero no le imputó nunca de nada”. Al contrario, “hay numerosas declaraciones que demuestran todo lo que hizo Bergoglio para proteger a muchas personas” en esos años.

La elección del Card. Bergoglio como Sumo Pontífice de la Iglesia católica generó, en dichos medios, un recrudecimiento de acusaciones en ese sentido contra su persona. Con la diferencia de que, esta vez, se encontraron con el resto de los medios –más serios- y con la mayoría del pueblo argentino que, cansado de tolerar agresiones gratuitas y sin fundamento a sus Pastores, halló la fortaleza y la presencia de ánimo para responder contundentemente.

Esa respuesta fue dada desde quienes, en el fondo de su corazón y su inteligencia, conocen o intuyen la verdad: lo que ocurrió en esos años fue atroz y lamentable; el desprecio por la vida humana que se vivió desde todos los sectores enfrentados generó aberraciones y heridas que perduran aún hoy en muchas personas y familias. Pero todavía estamos muy cercanos a los hechos para comprender en todos sus alcances lo que pasó realmente. Y ello no va a aclararse nunca si, en aras de una determinada ideología, se polarizan unilateralmente esos acontecimientos.

Las decisiones que tuvieron que tomar muchos dirigentes estuvieron necesariamente teñidas de esa tensión propia de las situaciones límites: la existente entre declamar lo que en el fondo se piensa a riesgo de provocar represalias dolorosísimas para muchos, o intentar otras formas de incidir en lo que sucedía para minimizar daños e incluso salvar vidas concretas. Creo que no podemos culpar a quienes eligieron uno u otro camino; hay que estar en los zapatos de esos dirigentes, sabiendo que cada gesto, cada palabra, cada mirada, cada escrito podían, o bien salvar una vida, o bien tener una virtualidad destructiva para los demás y para ellos mismos. Desde ya que aquí me refiero a la sociedad en general y no a quienes tuvieron responsabilidad criminal directa participando en homicidios, torturas y otras formas de agravio a la dignidad humana.

Una de las desgracias de las épocas de crisis es que presentan dilemas injustos y de difícil resolución a los ciudadanos comunes. Así, muchas veces el camino a seguir se presenta confuso, y la diferencia la hacen generalmente las intenciones que se tienen al tomar una u otra decisión. Condenar a alguien por “no haber hecho lo suficiente” es extremadamente ambiguo y relativo a la visión personal de quien condena. Y además, en un tema como éste, es muy poco serio. Más todavía cuando, en definitiva, los dos sacerdotes por los cuales se quiere desacreditar al Papa Francisco… ¡fueron liberados gracias a sus gestiones! Prueba más contundente de la poca seriedad de las acusaciones es imposible encontrar.

La década del setenta no fue fácil para nadie. Y cuando digo “para nadie”, quiero significar eso mismo: “para nadie”. Seguramente muchas personas e instituciones pudieron hacer mucho más para minimizar los efectos de un enfrentamiento tan destructivo y odioso. Seguro. Me pregunto, por ejemplo, si los mismos periodistas que ahora escriben, tan sueltos de cuerpo e incluso contradiciendo los testimonios de las supuestas víctimas, no podrían haber hecho algo para salvar alguna vida. Porque si hubieran podido hacer algo más, entonces también ellos son culpables. Pero no quiero entrar en esa lógica, porque no nos permite salir del odio y la sospecha entre hermanos.

Como uno de los primeros frutos del pontificado del Papa Francisco, en los últimos días el pueblo argentino y los principales medios de comunicación han hecho primar la cordura y el deseo de reconciliación y fraternidad. La calumnia y difamación de personas, más cuando se trata del máximo responsable de la Iglesia católica, no acompañan este profundo deseo de la mayor parte de la población. Y ni hablar cuando esas acusaciones se presentan como poco y nada fundadas, por un lado y, por el otro, aderezadas con llamativos condimentos sesgados e ideológicos.

Todo esto ya no nos enoja pero, sinceramente, nos cansa. Queremos mirar hacia adelante, queremos preocuparnos por los más pobres tanto material como espiritualmente; estamos cansados de ver la decadencia, no sólo económica, sino también educativa, cultural y moral de los argentinos; estamos cansados de que se distraigan energías de los problemas más importantes; no queremos ver más gente durmiendo en la calle, ni que se nos mueran nuestros ancianos en situaciones indignas; queremos que todos los niños tengan una oportunidad de vivir y crecer; no queremos ver más víctimas de la trata de personas ni de la droga ni del alcohol. Pretendemos que todas las personas sean respetadas. Basta de jóvenes que no estudian ni trabajan, porque no encuentran el sentido a sus vidas. Basta de familias destruidas e infelices. Basta de mujeres y varones explotados. Basta de dirigencias políticas que no se renuevan y que perseveran período tras período en los mismos vicios. Queremos construir de nuevo un país que aporte esperanza y solidaridad a todo el mundo. Pero para eso tenemos que dejar de herirnos y renovar el “crédito social” entre nosotros. Perdonar lo que haya que perdonar y mirar para adelante, que hay una tarea apasionante para llevar adelante juntos.

El Card. Jorge Bergoglio ha sido elegido Papa. Los católicos creemos que esta elección es siempre inspirada por el Espíritu Santo, es decir que, más allá de las propias miserias, el Papa está llamado a cumplir una función divina y en este sentido es colmado con la ayuda del Dios. El 13 de marzo pasado, los Cardenales electores de todo el mundo confiaron en nuestro entonces Arzobispo y Cardenal Primado para conducir a la Iglesia en los próximos años. Sabemos que, más que sus méritos humanos, lo asiste la gracia del Señor y la plegaria de los creyentes.

Con esta certeza, los católicos argentinos –y también los de América Latina toda, como puede comprobarse en los conmovedores testimonios de los últimos días- queremos agradecer a Dios este regalo tan especial que nos hace. Ojalá que, reconciliados y unidos en oración, sepamos ver esta predilección como una oportunidad única para renovarnos y, dejando atrás mezquindades y rencores, avanzar decididamente hacia la construcción de una Argentina más digna y auténtica.

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Inés Franck

Abogada. Licenciada en Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales. Especialista en Doctrina Social de la Iglesia. Profesora en la Universidad Católica Argentina y en la Universidad de Buenos Aires.

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