Ni pecado ni misericordia: paradojas del relativismo

El Evangelio de los domingos IV y V de la Cuaresma en el ciclo C nos presenta en todo su esplendor el misterio del pecado y el don de la misericordia divina, a través de los conocidos pasajes de la parábola del Padre Misericordioso y el Hijo pródigo (Lc. 15) y el perdón a la mujer adúltera (Jn 8, 1-11). En este año de la Fe, es clave profundizar en torno a la grandeza de la misericordia de Dios, que quiere rescatarnos y llevarnos a la plenitud del amor trinitario y hacerlo tomando en consideración las paradojas a las que conduce la fuerte corriente cultural que es el relativismo.

En este sentido, si la nueva evangelización procurar llegar a los alejados de la fe, creo que una tarea clave para ello es el redescubrimiento de que la historia de nuestra fe “contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado” (Benedicto XVI, Porta Fidei, 13). No puede haber regreso a la Casa del Padre, si no hay conciencia del pecado y apertura a la misericordia de Dios.

Razones para no volver: Sabiendo que la conversión es un don de Dios, hay muchas razones por las que los “alejados” no vuelven a la casa del Padre. Me animo a pensar que un elemento no menor en el temor al regreso a la casa del Padre está dado por la conciencia de pecado. “Dios no me va a perdonar”, o bien, “ya pasó mucho tiempo, me alejé tanto, no hay retorno posible”.

Paradoja paralizante del relativismo: Sin embargo, el relativismo imperante conduce a una paradoja paralizante: al negar la existencia de una verdad objetiva y que trasciende al sujeto, entonces en los hechos se niega a la persona concreta la posibilidad de juzgar la propia conducta y por tanto se adormece la conciencia de pecado. Si no hay pecado, tampoco hay misericordia posible, pues estamos ante un hombre que se autoafirma en la verdad y que no se reconoce necesitado de perdón y redención.

Amor y redención: La historia de las religiones siempre estuvo marcada por la conciencia de pecado y por la necesidad de perdón, que involucra no sólo una normatividad moral, sino también una respuesta de culto y sacrificio. En el cristianismo, Cristo mismo es la ley y el sacrificio redentor, resumidos en la fórmula del amor que salva.

La farisaica hipocresía del relativismo: Pero el relativismo tiene su propia verdad absoluta, bajo la cual impone una auténtica dictadura: no se tolera a quien afirma una visión del hombre y el mundo consistente y con aspiraciones de verdad. Así, paradójicamente, nuestro tiempo relativista es un tiempo que no perdona y que por tanto, arremete con farisaica hipocresía contra los que infringen los nuevos mandamientos de la relatividad. Esta incapacidad de perdonar se nota, por ejemplo, en la forma en que muchos medios de comunicación condenan de manera inmisericorde a los que infringen las leyes que esos mismos medios quieren ensalzar.

La conciencia: Por cierto que nuestro tiempo ha adormecido la conciencia moral, pero en todo ser humano subsiste esa voz de la conciencia que señala la necesidad de hacer el bien y evitar el mal.

Pastoral del perdón: Así, en el año de la fe, es bueno volver a repensar esta historia entremezclada de santidad y pecado, y saber que hacemos un gran favor a los hombres de nuestro tiempo cuando los invitamos a reconocernos pecadores y necesitados de redención, y así descubrir el amor primero de Dios que nos ama y perdona en Cristo.

Pastoral que no ignore el pecado: En este sentido, una pastoral que ignore el tema del pecado no creo que ayude a reconstituir el tejido de fe de la Iglesia, pues impide que el encuentro con Cristo cale hasta las miserias de la propia vida, muchas veces ocultas, y las redima. Creo que detrás de muchos alejados, y más allá de los fuegos de artificio de las declaraciones altisonantes y los rechazos explícitos al Magisterio, se esconden personas heridas, anhelantes de comunión y encerradas en la incapacidad de salir hacia adelante reconciliando las historias de santidad y pecado. Para ello, hace falta reconocer con humildad el pecado y volver a buscar la Gracia, sobre todo en el sacramento de la Reconciliación.

Otra encerrona del relativismo: Al respecto, la pastoral también tiene que superar otra encerrona propia del relativismo: ¿cómo intervenir en debates públicos para que no se consagre a nivel legal como bueno lo que es malo, y al mismo tiempo ser el rostro de misericordia dispuestos a perdonar a todos? En tal sentido, es importante distinguir las cuestiones que atañen al bien común y a la justicia debida a toda convivencia humana, de la pastoral sobre cada persona en concreto.

Encuentro con Cristo: Para esta tarea no hay que inventar nuevas estrategias o tácticas, y descubrir que “no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva” (Deus Caritas est, 1).

Y como dice Benedicto, “Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación” (Porta Fidei, 13).

Entradas relacionadas

Nicolás Lafferriere

Abogado. Doctor en Ciencias Jurídicas. Profesor de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Católica Argentina.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *