¡Ese sos Vos, Señor!

Aire serrano, perfume a peperina, mistol y manzanilla. Un límpido cielo, cortado por la suave ondulación de la sierra cordobesa. El sonido de un arroyo cercano, y el ensordecedor silencio que se mitigaba entre cigarras y el silbido de los pájaros…

Ese es el escenario, alejado del progreso del siglo XIX, que eligió Dios para que José Gabriel del Rosario Brochero, sembrara las semillas del Reino.

Y fue su disponibilidad, su entrega generosa la que, atento a este regalo del Tata Dios, lo llevó a no quedarse en la contemplación del paisaje, que poco a poco iría fundiéndose con él, sino a buscar a aquel que estaba perdido.

Encontrándose con ignorantes, bandidos, borrachos y gente rústica, el cura buscaba al más bravo y se instalaba en su rancho unos días. Celebraba misa, y conversaba con los vecinos. De esa manera se garantizaba que el más lejano, estuviera cercano.

¿Acaso no es ésta la actitud que nos invita Jesús en el encuentro con la samaritana o la prostituta? ¿Acaso no es la misma actitud con los leprosos o con Zaqueo?

Claramente del corazón de José Brochero brotaba un ardor particular por el celo evangélico. La mirada del otro. La coherencia entre el llamado y la respuesta del cura, se fundía con sencillez pero con peso transformador, en un contagio a cambiar el mundo. Ese mundo alejado que Dios y la Iglesia le había encomendado. El curato de San Alberto de 433.600 hectáreas. Y el cura se propuso recorrerlos, reconocer a su moradores y sus necesidades. También a sus vecinos ya que recorrió zonas de La Rioja y San Luis.

En una actitud evangélica procuró el mejoramiento de las condiciones de vida de los serranos. Recorrió a lomo de burro y a huella de herradura, senderos, valles y quebradas por las que como un verdadero misionero fue en búsqueda de los que estaban allí, pero nadie veía.

Eran personas, pero de otra categoría según el pensamiento liberal de Sarmiento. O estaban como carne de cañón para los caudillos federales. Brochero los miró y se compadeció. Se puso en acción. No les tuvo lástima, ni se valió de ellos. Se encaminó junto a ellos a transformar ese pedazo de tierra que le habían encomendado.

Precursor del bien común como lo han llamado, José Gabriel del Rosario, con astucia supo valerse de su cargo para reclamar ante los conservadores; y de su espíritu progresista para conquistar a los liberales. Pero no se casó con nadie, ni vendió su corazón que ya había sido robado por Jesús; y eso en definitiva le costó su aparente fracaso estratégico.

Pero como la Buena Noticia nos manda a que el poder es un servicio, sería interesante contemplar al cura como un servidor de muchos. Como un testigo del deber ser cristiano.

Ese fracaso estratégico pasa a segundo plano, cuando la cosecha perdura, es invisible pero presente en las familias y pobladores de traslasierras. El cura conquistó su corazón cuando dentro de las primeras medidas tomadas fue retirarse con un grupo de lugareños, tras cinco días de cabalgata a la ciudad para realizar los ejercicios ignacianos.

Si bien luego construiría una casa de retiros en su curato, fueron los primeros viajes del campo a la ciudad los que tienen una fuerte impronta simbólica.

Para los serranos, el hecho de ir a la capital de la provincia, en donde “el progreso” estaba en auge. La docta con su universidad, seminario, claustros, carros y el ferrocarril que hacía poco había llegado a la ciudad. Los serranos, acostumbrados a los silencios y las soledades, cambian su perspectiva por un mundo de mirada más cercana; pero de mayor separación social. La Córdoba de finales del siglo XIX seguía distinguiendo entre los criollos europeos y los aborígenes y sus descendientes. Sus barrios estaban distinguidos y no se mezclaban. Tenían una relación de cierta interdependencia.

Para los citadinos, el hecho que este cura petizo y morocho, medio andrajoso y rodeado de un tumulto de gente tosca y mal vestida, rústica y hasta olorienta, se paseara por la ciudad hasta la casa de ejercicios que quedaba en pleno centro.

Estos contrastes entre el “aquí estamos, también somos” y el “mira como viven” hacen de este cura un gran movilizador de conciencias a veces adormecidas. Habla por tanto de un cristiano.

Al decir del cura Brochero: “Estos trapos benditos que llevo encima no son los que me hacen sacerdote; si no llevo en mi pecho la caridad, ni a cristiano llego“.

La Iglesia en Córdoba invita a realizar una catequesis durante este año. Para ello se realizarán cuatro entregas consecutivas de material.

1ra entrega:

Catequesis Brocherianas Introducción y Santidad by

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